martes, 2 de junio de 2009

Michael Jordan

En el patio del instituto, todos los viernes por la tarde. No recuerdo muy bien si antes íbamos a casa a comer y luego volvíamos. Supongo que sí. Pero, a media tarde, allí estábamos los cuatro, prácticamente sin hacer la digestión, que era algo que preocupaba sobremanera a las madres de entonces. E, B, T y yo que también tendría que llamarme T pero dos llevan a confusión. E era Larry Bird pero no se parecía en nada a él. B era Michael Jordan y sí que intentaba imitarlo. Como aquel otro tío que cuando jugaba en el equipo de Minas su padre siempre comentaba desde el banquillo como había estado practicando aquella jugada que aprendió del mismísimo Michael Jordan, como si el 23 hubiese venido en vuelo directo desde Chicago para enseñársela. T, por su parte, no tenía un modelo muy claro a seguir, lo suyo era entrar a canasta con los pasos marcados y la jugada del polvorón. Yo era Magic Johnson pero en lo único en lo que me parecía a él era en el sobrepeso que cogería tiempo después de su retirada.
E y T siempre jugaban juntos porque eran prácticamente vecinos. B y yo nos conocíamos desde pequeños, así que hacíamos equipo aunque, a veces, muy pocas veces, nos cambiábamos por aquello de repartirse al torpe que, por lo común, era yo. Horas y horas de sudor, tiros fallados y piques sin apuestas pero con el orgullo minúsculo de la corajinosa pubertad. A veces ganaban unos, otras veces otros y todos teníamos un rol y un carácter que empezaba a aflorar y se confirmó mucho tiempo después. No creo que aprendiéramos a jugar al baloncesto, pero el baloncesto nos enseñó a compartir, competir, enfadarse, perdonar, olvidar y recordar para siempre. Los pósteres ya no están en nuestras habitaciones. Los sueños nunca fueron muy tangibles. En realidad, creo que aquello solo era una metáfora. Una metáfora que ahora tiene un significado distinto, visto desde tan lejos y tan tarde.
Muchos años después, acompañado por un simpático chaval llamado Jacob, me saqué una foto junto a la estatua que erigieron en honor a Michael Jordan justo a la entrada del estadio de los Chicago Bulls. También nos fotografiamos junto a la puerta de su casa, con el 23 labrado en forja. Me acordé de los tres. T se casó con una anestesista y ya no sé nada de él. B también se casó y trabaja en algo relacionado con el deporte, pero un deporte que usa una pelota mucho más pequeña y no mueve tanto dinero. E y yo aún quedamos para tomar unas cervezas y evocar aquellos días que se han ido haciendo tan pequeños que apenas podemos verlos sin las gafas de la nostalgia. Yo escribo con ínfulas poéticas tan mediocres como esa última y no he vuelto a coger un balón de baloncesto desde que jugaba con aquel chaval tan simpático en el garaje de su casa en Ida Grove, Iowa. E sigue siendo Larry Bird, B, Michael Jordan y T no tiene ningún modelo muy claro a seguir. Yo cada día me parezco más a Magic Johnson y los cuatro volveremos algún día a jugar en el patio del Instituto, aunque sea en diferido. Y los sueños, sueños son.

Mikel Zarrabeitia


Casi me lo cargo porque D quería sacarle una foto. Tras librar el cruce de la carretera de Morga, en la entrada a Gernika, cerca de los talleres de la Renault donde tiempo después otro miembro de la cuadrilla celebraría su boda. D iba en el asiento de atrás, yo le dije: ¡mira! Es Mikel Zarrabeitia. Y me obligó a frenar y reducir velocidad porque quería sacarle una foto aunque fuera a través del cristal del coche. Zarrabeitia tuvo que frenar también, y bruscamente, e hizo un gesto justificado que mi amigó libró para sacarle la foto cuando las manos ya volvían a estar prendidas a las manetas de freno. Ahora me acuerdo de que luego perdió un dedo, o la yema del mismo, al intentar arreglar una avería mecánica sin dejar de pedalear. No sé si fue antes o después, pero igual se puede apreciar en la foto, ¿no? Preguntémosle a D.

lunes, 1 de junio de 2009

Roberto Martínez


No confundir, porque yo me confundía, con aquel delantero navarro que se hinchó a meter goles por un tubo en Palamós, Valladolid y otros equipos. El Roberto Martínez al que nos referimos aquí tampoco es el de los tikotazos, Roberto Martínez Rípodas, sobrino del gran Patxi Rípodas y que regresa este año a Lezama después de estar cedido en el Eibar aunque, según los rumores televisivos, su retirada está muy cercana. De quien hablaban hoy los periódicos es de Roberto Martínez Gutiérrez, catalán de nacimiento, jugador salido de la cantera del Zaragoza que ahora triunfa en el Spanish Swansea City, sobrenombre que ha conseguido tras sus éxitos y por una plantilla en la que cuenta con seis jugadores del estado: Jordi Gómez, cedido por el Espanyol, Andrea Orlandi, antigua estrella de la cantera del Alavés y que debutó con el FC Barcelona, Gorka Pintado, guipuzcoano de 31 años y con amplio bagaje en Segunda B y Ángel Rangel, Guillem Bauzá y Albert Serrán. Y hablan los periódicos de Roberto Martínez porque la rumorología ya desatada en cuanto se cierran las ligas y se acerca el verano lo pone en prestigiosos banquillos como el del Celtic de Glasgow o el de su ex-equipo como jugador, y actual equipo de Premier league, el Wigan.
Precisamente en el Wigan fue donde dio comienzo una bonita historia que los autóctonos titularon: The Three Amigos. Fue la exótica aventura de tres jóvenes futbolistas españoles que se aventuraron por los románticos y humildes campos de las categorías inferiores del fútbol británico. Cansados de no medrar en el fútbol español, Roberto Martínez, Jesús Seba e Isidro Díaz, que habían coincidido en la cantera del equipo aragonés, se marcharon juntos a la Pérfida Albión. Tantos años después, los devenires de cada uno son bastante distintos. Mientras Roberto Martínez permaneció en la isla y acabó triunfando en el País de Gales, Jesús Seba e Isidro Díaz siguieron viajando. El primero, del que ya hablé en este blog, volvió a Zaragoza, marchó luego a Portugal y ahora triunfa en el Principado de Andorra, donde todavía juega con 35 años y es muy querido por la afición. El tercero en discordia, también probó en el país vecino y, ya veterano, acabó aceptando la oferta del club del que soy socio, un histórico de la Segunda B en el grupo del noreste. Tras retirarse, pasó a trabajar en las oficinas del club, sin que tenga muy claro cuáles eran sus funciones, porque con la temporada empezada, se volvió a colgar las botas para ayudar a un equipo histórico en nuestra ciudad, la Unión Sport San Vicente que había firmado un acuerdo de colaboración con el club y estaba corto de efectivos. En su primer partido, marcó un hat-trick y, hace unos días, certificaron el ascenso a Preferente. En resumen, a uno se lo rifan como entrenador, otro apura en la tercera división y el que faltaba en la terna regresa al fútbol para ayudar a un equipo de barrio a subir a Preferente. Lo mejor de todo: que todo es fútbol y The Three Amigos consiguieron triunfar aunque no sean objetivos de El Follonero.

Jordi Evolé

Lo suyo es tocar las pelotas. Y las pelotas de fútbol las toca muy bien. La cara de Cristiano Ronaldo es un poema. Si va a venir a España, creo que ya vendrá escaldado. A veces, tiene gracia El Follonero. En este caso, se olvida a propósito el móvil en la sala de prensa en la que Ferdinand se aburre y Cristiano Ronaldo se divierte oteando a los periodistas. Más tarde, le pide a Durán i Lleida que le llame al móvil para que suene y así averigüe dónde se lo ha olvidado. Curiosamente, el politono de Jordi Evolé es el himno del Real Madrid. Ferguson se ríe y Cristiano arruga el morro.

Olafur Stefansson


Dicen que en Ciudad Real van a creer en los milagros a partir de ahora. Remontada increíble en los minutos finales y otra vez campeones de Europa. Se enfrentaban a uno de los mejores equipos del mundo, los alemanes del Kiel, con los que dicen son el mejor portero del mundo, Omeyer, y el mejor jugador, el francés Nikola Karabatic. Sin embargo, los Sterbik, Kallman, Jerome Fernández y Stefansson obraron el milagro. El islandés Stefansson cuenta ya con 36 años. Su hermano, Jon Stefansson, jugó en los Mavs de Nowitzki y en el Pamesa Valencia. Eggert Stefansson, otro hermano, internacional con Islandia y ex-jugador de la Premier. Olafur estudió filosofía, medicina y bioquímica, aunque estas dos últimas no las terminó. Su filosofía de vida: buscar, dormir ocho horas y leer dos o tres. Músculo y cabeza al servicio del deporte.

Denis Menchov

A la chita callando. El ruso de Pamplona gana su segunda grande, tercera victoria, y con angustia de último kilómetro y todo. Vaya rabia, nunca le había visto así. Berzin y Tonkov ya tienen substituto. Enhorabuena o... поздравление. ¿Así? Yo qué sé, me fío de los diccionarios online.

Dwight Howard


¿Y un campeonato a ver quién es más ancho de hombros? Lo de este tío es para asustarse. Siempre veo los resúmenes de su equipo porque no me lo explico: vaya brazos. ¿Qué va a hacer el pobre Gasol? Seguro que no se amedrenta. Y vaya equipo: sin calificativos para Stan Van Gundy con un vaso de coca-cola en los tiempos muertos. Rafer Alston, estrella del barrio y malabarista de las canchas de cemento; Courtney "Speedy González" Lee; el turco que nunca duerme pero siempre parece dormido; el hermano bueno de Florent; el polaco que da miedo; mi amigo Redick que desde las semifinales de conferencia ya no juega y la estrella que aún quiere serlo, Rashard Lewis. De todo un poco. Pronostico que habrá ostias, y perdón por el vocabulario, y más rebotes que en una pista de squash. Y sigo con lo mío: ¿a ese tío le tendrán que hacer las camisas a medida, no?