miércoles, 9 de diciembre de 2009

Sol Campbell


Sulzeer Jeremiah Campbell, alias Sol, puede volver al fútbol profesional, y además a lo grande. Eso es lo que se comenta en los mentideros oficiales de los que se hacen eco la prensa deportiva española. Al parecer, su fichaje por el Manchester United está cerca, ahora que el defensa de origen jamaicano se encuentra en el paro. La vida de Campbell da para un libro, o al menos, para una película dirigida por Ken Loach pero al estilo de aquella que protagonizó Geoffrey Rush sobre un pianista superdotado que tocaba a Rachmaninov. Campbell, nacido en Inglaterra pero de padres jamaicanos, creció en un barrio peligroso pero permaneció aislado en casa debido a la estricta educación de sus padres. Con tan solo 18 años, debutó con el Tottenham Hotspurs para jugar casi 300 partidos y convertirse en uno de las estrellas del equipo. Sin embargo, el revés vino cuando fichó por los rivales del Arsenal, aunque su decisión no sería un error, ya que con los de Arsene Wenger llegó a jugar una final de la Copa de Europa y ganó dos Ligas. Sorprendentemente, decidió irse al Portsmouth hace unos años y aún más sorprendente fue cuando abandonó este club para descender hasta la tercera división inglesa y firmar un contrato de cinco años con el Notts County, equipo que acababa de fichar al ex seleccionador Sven Goran Eriksson como responsable técnico. Sin embargo, el club y el jugador acordaron romper el contrato cuando tan solo había jugado un partido con su último equipo. Desde entonces, ha estado en el paro, y ha ocupado espacio en los programas televisivos por asuntos poco deportivos, como cuando desapareció durante un tiempo, preocupando a toda su familia, para aparecer tiempo después y confesar que sufría una fuerte depresión tras la muerte de su padre, la ruptura con su pareja y el nacimiento de un hijo con otra pareja anterior. Además, el pobre Campbell tuvo que sufrir durante años los cánticos de las hinchadas contrarias que, aunque bastante creativos, eran hirientes a más no poder, y se centraban con frecuencia en su supuesta homosexualidad, que llevó incluso a la cárcel a uno de sus hermanos cuando se peleó con un hombre que afirmaba que su hermano no era hetersexual, aún cuando el ex internacional inglés está prometido con la diseñadora de interiores Fiona Baratt, la que le acompaña en la foto de arriba.

martes, 8 de diciembre de 2009

Austin Ainge


El hijo de Danny Ainge es entrenador. Como su padre, fue un buen jugador para la Universidad de Brigham Young pero no fue mucho más lejos. Durante un tiempo, formó parte de la plantilla de técnicos de los Boston Celtics. Ahora, le han nombrado entrenador principal de los Maine Red Claws, uno de los 17 equipos que conforman la D-League, o NBA Development League, una liga auspiciada y organizada por la propia NBA en la que cada equipo es co-propiedad de entre 1 y 3 equipos de la NBA que los utilizan como recurso para darle minutos a los jugadores de sus plantillas que salen de lesiones o no tienen minutos en la NBA. Precisamente los Maine Red Claws fueron uno de los últimos equipos en incluirse en la liga, que antes se llamaba NBDL y empezó con un número mucho más bajo de equipos participantes. Los equipos, además, dan la posibilidad de ver baloncesto, aunque sea un poco descafeinado a ciudades que no albergan equipos NBA, ciudades como Alburquerque, Austin, Bakersfield, San Francisco, Sioux Falls o Tulsa, además de estados como Iowa o Idaho. O Maine, donde entrena Austin Ainge, y que es un equipo propiedad de los Boston Celtics y de Charlotte Bobcats.
Entre los diecisiete equipos, encontramos muchos jugadores conocidos que apuran en esta liga la última oportunidad de conseguir un mejor contrato en la NBA, regresar a las plantillas de los equipos que los han rebajado o regresar en forma a Europa. En el equipo de Ainge, por ejemplo, Alexis Ajinca, el joven talento francés o Will Blalock, que ya tuviera su oportunidad en la NBA. Pero hay más, jugadores como Yaroslav Korolev, Keith McLeod, David Noel, Mustafa Shakur, Cedric Simmons, Anthony Tolliver, Jeff Trepagnier, Cezary Trybanski, Reece Gaines, Pat Carroll o Earl Barron.
Hace poco leí algún artículo en algún sitio donde algún tío se mofaba de alguna ciudad hablando de algún equipo que jugaba en esta liga. Aprovechaba eso para describir lo triste, gris e inocua que era la ciudad. Y, sinceramente, no sé si Tulsa o Bakersfield serán ciudades tristes, grises e inocuas, pero no me extraña nada que usen esta liga como metáfora cuando quieren describir esas sensaciones.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Lance Jeter


Creo que no tiene nada que ver con Pooh Jeter, el base del ViveMenorca que empezó esta temporada con Unicaja y por ahora ha terminado en Jerusalén, jugando para el Hapoel. Lance Jeter juega de base, como Pooh, pero lo hace para los Huskers de Nebraska y consiguió 12 puntos en la derrota de su equipo ante nuestros amigos de Creighton, que se resarcieron un poco de su mala experiencia en el Old Spice Classic. El héroe de la jornada fue Kenny Lawson Jr. El pivot de los de Omaha consiguió en el derby los mejores números de su carrera, con 25 puntos y 10 rebotes. Casey Harriman colaboró con 4 puntos, 3 rebotes y 1 robo en 11 minutos para que los de Altman vencieran por 67 a 61 a sus vecinos del estado.
Y eso es todo. Por lo demás, os recomiendo la novela que estoy leyendo ahora, "Winter in Blood" de James Welch, un escritor de la tribu de los Pies Negros que suele (o más bien solía) escribir sobre la situación de los nativos americanos en el estado de Montana. Me la recomendó Willy Vlautin, cantante de Richmond Fontaine, y ha merecido la pena. Eso es todo lo que puedo decir, y algo más, últimamente no tengo muchas fuerzas para seguir escribiendo en el blog, ¿necesitaré unas vacaciones? Seguro que es solo que últimamente he dormido mal y me siento cansado. Seguro. Por cierto, el de la foto es Lance Jeter, claro, no James Welch.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Periko Alonso


Mi madre ha entrado al eroski a comprar carne picada y yo he pasado, así que la he dicho, voy a bajar a longplay y te espero fuera y quien no lo sepa que sepa que longplay es una tienda de discos en la misma acera que el eroski donde mi madre ha entrado a comprar la carne picada y cuando yo estaba mirando el escaparate del longplay he visto como subían por la calle dos de los muchos heroinómanos que suelen reunirse en el parque de los hermanos en la esquina del frontón bajo la atenta mirada de la policía municipal, cuando han pasado a mi altura y mientras yo miraba el escaparate los dos se han parado un momento y uno de ellos le ha gritado al otro: ¡y esto, puta mierda de escaparate ni una puta peli como dios manda, tío! ha dicho apuntando a las carátulas de los dvds en oferta entre los que se encontraban el acorazado potemkin, la trilogía del padrino y una colección con las mejores películas de Lumet, Pollack y Newman, yo me he hecho el sueco y el otro le ha contestado: ¡ya tío! y el otro ha seguido el otro día me compré una y era un puto documental, chaval, y han vuelto a ponerse en marcha calle arriba mientras su compañero le decía ayer estuve viendo yo la de un hombre llamado caballo, ¡bah, tío! y ya no he podido seguir escuchando, pero me ha parecido poesía pura.
Y me ha recordado a otra conversación que un día mantenían dos yonkies en un bar afterhour que solíamos frecuentar cuando con veinte años las siete de la mañana nunca nos parecía una buena hora para volver a casa el sábado:
¡El puto mejor era Maradona, tío!
¡El puto mejor para pillar buena coca, no te jode!
¡Que no joder, que era el puto amo!
¡El puto amo era Periko Alonso chaval!
¿Periko Alonso?
Sí, tío, el puto Periko Alonso era el mejor.
Periko Alonso, Periko Alonso, Periko... el de los palotes, cabrón, que a tí te pone palote hasta tu puto padre, maricón.
¡Subnormal!
Pura poesía. Y perdón por los múltiples insultos que, con toda probabilidad, fueron otros aunque hicieran el mismo ruido.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

John Brickenhorff Jackson



Diría que no me gusta volar, pero el placer de mirar desde allí arriba es demasiado subyugante. No tengo miedo a las alturas, pero siempre siento cierta atracción ambigua cuando me asomo al vacío. Algo me repele al mismo tiempo que siento el comienzo de un pánico tan atractivo que parece una fuerza inevitable. No sé si a John Brickenhorff Jackson le gustaba volar, pero dedicó toda su vida a estudiar el paisaje como expresión de la presencia humana, y de su cultura. Hoy estaba leyendo un libro de Neil Campbell en el que usaba una de sus fotos para explicar una aplicación teórica basada en el modelo que los americanos llaman "the grid", la parcelación cartográfica del oeste americano (que tan bien se ve en el mapa del país y no tan bien en la foto de arriba, pero es lo mejor que he encontrado) y que no atiende a ningún razonamiento geográfico y, por lo tanto, para Campbell y otros expertos, es una manifestación física de la jerarquización y el poder ejercido sobre el espacio. No me gusta volar, creo, pero jamás podré olvidar cuando vi esto, aunque no fue esto lo que vi, porque ésta es una foto sacada de internet, pero sirve de evocación para recordar una imagen que en mi memoria permanece vívida como el fuego, y precisamente eso es lo que parece Chicago en esta foto, fuego, un traje de faralaes en llamas:

Pero todo esto me ha hecho recordar la última vez que volé en avión, que no fue hace mucho. Hace como un par de fines de semanas, me tocó regresar de un viaje a Cádiz del que ya he hablado en este blog desde el aeropuerto de San Pablo en Sevilla. Para cuando llegábamos al País Vasco, ya había oscurecido. Las montañas empezaban a aparecer como sombras inquietantes. El avión volaba ajeno a mi propia apreciación de la velocidad y la distancia, sin saber que me estaba jugando una mala pasada: llevaba varios minutos pensando que ya habíamos sobrevolado Vitoria y probablemente aquello fuera Burgos o vete tú a saber qué otra ciudad. Pero me quedé con un detalle, con dos: todos los paisajes son muy parecidos desde el cielo y por la noche. Y segundo: siempre que veía a lo lejos un foco de luz que alumbraba más que otros dentro del dibujo, las líneas, las extrañas armonías que se cruzaban, siempre que veía un foco de luz más brillante que otros, al acercarme, descubría siempre lo mismo: aquellos focos de luz eran campos de fútbol. Cada pocos metros, otro campo de fútbol, otra porción de tierra iluminada que desde lejos parecían los centros de perezosas vías lácteas. Campos de fútbol. ¿Será una metáfora aérea de nuestra cultura? ¿Qué pensaría J.B. Jackson?

martes, 1 de diciembre de 2009

Yosi Domínguez


Estaba de resaca y me tocaba jugar de portero. Quizás ya no sigue en el mismo sitio, pero antes, al menos, había un campo de futbito junto a la estación de trenes de Olabeaga. Todo el mundo lo cruzaba para subir luego por la calle de la Ventosa hasta San Mamés.
Era domingo. Las siete de la tarde. Aún no había oscurecido pero estaba de resaca y me tocaba jugar de portero. Por suerte, me tocaba jugar de portero. No había ido a casa en todo el fin de semana. Mis padres estaban en el pueblo, mi hermano con ellos, y yo tenía que disfrutar a la fuerza de las fiestas de Bilbao. El viernes acabamos rodando por la ladera de la Plaza del Gas, después de tomar la última con unos barraqueros en un bar con la persiana bajada y un camarero que no dijo ni una sola palabra. El sábado fue el concierto de Los Suaves. También rodamos por la ladera de la Plaza del Gas y A ayudó a V a echar la pota metiéndole los dedos junto al muro donde una punkie dormía cómoda y gozosa sobre el lodo de los meados. También meamos en una botella de dos litros de kalimotxo y la dejamos caer hasta que llegó al camino y otros dos pies negros la recogieron, la abrieron, le metieron un trago y gritaron: ¡gracias, está calentorra pero gracias! Yosi se puso de pie y empezó a gritar que viviera dolores y la madre que la parió. Así que todos botamos hasta rodar hacia abajo como había rodado antes la botella calentorra. A las cuatro me separé de mi cuadrilla y me junté con otros, y así siguió la vida dando vueltas hasta llegar de resaca al campo de futbito de Olabeaga, con resaca y me tocaba de portero.
Y no hablo con nadie porque se afanan por quitarse la pelota en el medio del campo. Todos están tan resacosos como yo así que aún no me ha llegado el balón. Y me entretengo con el eco de Yosi, y no me quito la canción de la cabeza: fuiste la chica de azul, en el colegio de monjas. Incluso me enciendo un trujas mientras mi equipo saca un córner en el otro lado del campo. El día es maravilloso. Ayer llovió, pero hoy el cielo se mantiene despejado. No hay nadie por el barrio y miro más allá de los tejados de las fábricas. Me siento bien, con resaca, pero bien: un fin de semana intenso, sin ningún recuerdo que memorizar pero con la sensación de que has puesto al límite tus pocas convenciones adolescentes. Estos tíos son gente guay, pienso con juvenil trascendencia, mientras les veo discutir por un balón que probablemente huyó por voluntad propia hacia la banda. Esto está bien, sigo pensando, mientras me cuelgo del travesaño y hago el mono: la amistad, las experiencias, esas cosas, murmuro, sin saber de qué coño estoy hablando: calcetines y coletas y estabas loca por Paco... Vuelvo a mirar al infinito que es el cielo y el tejado de la estación y se oye el murmullo de un tren que viene. El murmullo se vuelve más fuerte cuando el tren llega a la estación pero justo ahora les dio por atacar y el balón, gracias a dios que hace trampas al barajar, me llega manso hasta las manos. Me río. Hago que sé qué hago y busco a alguien a quien pasarle al balón: B me dice a mí con la mano, R bosteza, S se desmarca y lanzo el balón a J que era el único que no estaba mirando, pero me da igual. La gente ha empezado a salir por la puerta de la estación. Con esa agilidad mental de un adolescente a flor de piel me fijo en una chica rubia, delgada, que agacha la cabeza y camina sin mirar hacia la cancha. Me apoyo en el póster y la miro, la miro atento para ver si me mira, si me mira la sonrío, digo, no sé de qué valdría pero sería como ponerle la ginda al fin de semana. Mírame, murmuro, mírame. No mira. Mírame, no mira, lleva las manos en los bolsillos y no mira, ¿en qué estás pensando? ¿dónde vas? Míram... digo cuando oigo gritar mi nombre, muy fuerte, y vuelvo la mirada para ver como el balón ya ha salido disparado del pie de uno de mis amigos y sin poder reaccionar, no puedo más que dejarle que se estampe en mi cara, que me lance hacia atrás, que mi cabeza rebote contra el poster y que de ahí, ya puestos, acabe acompañada por todo mi cuerpo sobre el frío cemento de la cancha. No pierdo el conocimiento, pero sí la noción del tiempo, no sé si son segundos, un mundo, pero recuerdo los fragmentos del movimiento, gente a mi alrededor, me incorporo o me incorporan, veo el balón dentro de la portería, me preguntan algo que suena como una piedra al final de un pozo y al final miro a la derecha y la veo, me está mirando, me está mirando fijamente, con esa cara de quien está haciendo un gran esfuerzo por no partirse la caja. Se gira y sigue su camino con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha y una sonrisa que estoy seguro de que ya no esconde. La ginda del fin de semana y entre el zumbido del golpe solo alcanzo a escuchar a Yosi: las vueltas que da la vida, el destino se burla de ti, donde vas bala perdida... Alguien me pregunta: ¿estás bien? Y le contesto: ¿dónde vas triste de ti?

Zvi Sherf


Hoy termino de currar a las seis y me queda una hora de viaje por la ap-68 para intentar llegar a tiempo a mi cita. Me han invitado al partido de competición europea que el Bilbao Basket disputará ante el Spartak San Petersburgo, y no me lo puedo perder. Hoy tengo la oportunidad de ver en directo a uno de los mejores entrenadores de la historia (y esto suena a mucho, y quizás no sea tanto, pero prefiero ser exagerado). El israelí Zvi Sherf cuenta ya con 58 años. Sherf no se convirtió en entrenador principal del Maccabi de Tel Aviv hasta la temporada 83/84, hace ya la friolera (bonita expresión, ¿verdad?, que el paso del tiempo dé frío) de 26 años, pero antes fue ayudante de Rudi d'Amico en aquel equipo que ganó la Liga, la Copa Israelí y la por entonces Copa de Europa en 1980/81. También en el 84, con 33 años, le nombraron por primera vez seleccionador nacional, consiguiendo como mejor éxito un séptimo puesto en los campeonatos del Mundo de 1987. Después regresaría a la selección nacional del 91 al 97 y creo que ahora ha vuelto a ser seleccionador. En su trabajo como entrenador, además sus primeros años en Maccabi y hasta otras cinco ocasiones en las que regresó al equipo más famoso del baloncesto judío, que ya he comentado, Zvi Sherf ha entrenado a media liga israelí (Maccabi Elitzur Netanya, Maccabi Rishon LeZion, Hapoel Jerusalem, Hapoel Tel Aviv, Hapoel Galil-Elyon) y en otros países como Grecia (Aris de Salónica, Makedonikos y PAOK), Polonia (Slask Wroclaw), Francia (Limoges) y Rusia (antes Dynamo de Moscú y ahora el Spartak de San Petersburgo). Ha ganado unos dieciséis campeonatos en Israel (entre ligas y copas), dos (o tres, no tengo claros los datos) Ligas Europeas y 1 Copa Saporta.
Así que hoy le veré dirigir a su nuevo equipo, que ganó por los pelos su primer partido de competición europea, pero en la Liga rusa llevan un registro muy malo. Además de a él, tendré oportunidad de ver a un ilustre veterano como Zakhar Pashoutin, al mejor reboteador de la pasada Lega, Sharron Ford, al ex de los Rockets James White pero sobre todo a Goran Suton, del que ya hablé aquí largo y tendido durante las crónicas de la pasada NCAA. El pívot de la universidad de Michigan State acabó entrando en el draft por decisión de Jerry Sloan, pero, al final, el entrenador de los Utah Jazz prefirió quedarse con Fesenko y Koufos como pivots reservas y dejó a Suton libre. De vuelta en Europa, con la guerra ya olvidada, veremos si Suton es tan bueno como pintaba cuando llevó a Michigan State hasta las últimas rondas de la fase final de la NCAA.
Pero todo eso será sobre las ocho, hasta las seis hay curro, y me estoy escaqueando, así que... punto y final, ya sabéis mis planes para un martes cualquiera.