lunes, 13 de septiembre de 2010

Mikel Nieve


Que se me estan viendo demasiado los colores en esta Vuelta, lo sé. Parezco un poco forofo, pero ya hablé en su día de que el ciclismo, para lo bueno en este caso, aplaca un poco esas pasiones. Si el domingo, aún afectado por el tronco de Peña Cabarga, dije que la Vuelta terminaba para mí, mentí. No le hice tanto caso como le habría hecho si Igor no hubiera estado a pocos kilómetros de mi casa en el Hospital de Cruces, pero la vi. Y hoy también he escuchado a Joaquim Rodríguez y he disfrutado de la honrosa desesperación de Carlos Sastre, y sé que los colombianos dominaron el Tour del Porvenir y por no hablar de la operación de aorta del padre de Barredo y su emotivo abrazo en los Lagos de Enol. El ciclismo es así, pero las emociones de este último fin de semana me han superado. Todo fue extraño. Exagerado. Por las circunstancias, quizás, no lo sé.
Siempre he sido aficionado de este equipo. Desde que Sagasti llegó sin un gramo de fuerza a aquella meta, de quien, por cierto, casualidades de la vida, me acordé este fin de semana pero por otro motivo, hasta los tiempos de las victorias ilusionantes de Mikel Artetxe en Portugal, de Beloki, de Iban Mayo y Zubeldia, de Unai Etxebarria, de Roberto Laiseka... Esta edición de la Vuelta parecía que iba a ser la culminación de muchos años de trabajo. Pero no pudo ser. Y aún así lo es. Porque la demostración de equipo, de grupo, de solidaridad y buen ejemplo que los corredores y los miembros del equipo han dado hasta ahora es digna de elogio. Lo que hicieron mientras todo iba bien, y lo que siguen haciendo ahora. La entereza de Igor Antón ante las cámaras, la charla de Igor González de Galdeano en el desayuno, el silencio de Miguel Madariaga, la fuerza de Juanjo Oroz, la rabia de Egoi Martínez, la camiseta de Koikili, la carta abierta escrita por Pablo Urtasun y, sobre todo, el festival de ciclismo que han dado hoy en la etapa reina de Cotobello. Primero, Oroz esperando en San Lorenzo para formar un trío que cogía el descenso a tumba abierta. Cuando han llegado a los escapados, el bueno de Oroz parecía Chente en sus mejores tiempos. Después, Txurruka llevando en fila a todo el grupo, seleccionando en la cobertoria, y dejando a Nieve al pie de Cotobello. Y, por último, un navarro de Leitza dando un recital de escalador, con su manera de pedalear atropellada, sin mirar para atrás, con el gesto serio de concentración, impasible ante la sombra de gigantes como Luis León Sánchez, Franck Schleck o las rampas del puerto asturiano. Y lo mejor: ver la emoción de alguien que ama este deporte. Observar como contiene las lágrimas mientras dedica la victoria a su compañero, mientras resalta la labor de equipo, mientras habla y repite que todo consiste en luchar hasta el final. Más: le felicita Joseba Beloki y se emociona. Le dicen que le tienen guardado un autógrafo de Miguel Indurain y resopla. Todo le supera. No se lo cree. Ciclismo.
Yo no he podido evitar que en este fin de semana me superen las emociones. Todo es extraño. Exagerado. Quizás por las circunstancias, no lo sé.
Con más frialdad, me reitero en que el trabajo del equipo es excepcional, y la imagen dada a lo largo de la temporada, impecable. No sé qué tanto por cierto se debe a la responsabilidad tomada por Igor González de Galdeano, pero pocos peros se le pueden poner a los corredores este año. Creo que los aficionados, ni tan siquiera pedimos victorias. Solo queremos ver ciclismo. Ciclismo del bueno, del que a veces te deja ser primero y otras veces, no. La victoria no es lo más importante. Enhorabuena a todos.
Además, y con esto termino, no creo en los agoreros que anuncian la eterna crisis de este deporte tanto aquí como fuera. Si Antón ha demostrado que puede ganar una vuelta grande, Nieve demuestra ahora que los escaladores nunca desapareceran. Y Sicard nos da la ilusión internacional. Y Castroviejo e Izagirre nos pueden dar victorias en carreteras que generalmente se nos daban mal. Y Landa viene justo detrás de los colombianos. E Intxausti quizás algún día le de la vuelta a su horrorosa Vuelta de 2010. Y Pello Bilbao, Aritz Bagües, Ion Izaguirre, Víctor de la Parte, Arkaitz Durán... Nunca van a faltar ciclistas aquí. Solo hay que coger un día el coche e irte a comer a una cervecera de Maruri. Y, fuera de aquí, ocurre lo mismo, Rafael Valls, Peter Sagan, los Velits, Jens Keukeleire, Hutarovich, Bole, Oss, Gesink, Kreder, Van Emden, Van Garderen, Boom, Taaramae, Tony Martin, Vantomme, Porte, Roche, Konovalovas, Hagen, Phinney, Thomas, Roux, Quintana, Atapuma, Hoogerland, Pantano, Duarte, Madrazo, Herrada, Higinio Fernández, Malacarne, Degenkolb, Matthews, Kump, Capecchi, Kwiatkowski, Daniel Díaz o Alexander Ryabkin. Alguien dirá que no ve ahí a ningún Miguel Indurain, a ningún Lance Armstrong. Y qué más da. Ahí hay Bruseghines, y Barredos, y Flechas, y Horrillos, y Cancellaras, y Rosciolis, y Coppolillos, y Chiappuccis, y Laisekas, y corredores que se caerán y otros ganarán dos días después para dedicarles la victoria, para aparecer de entre la niebla haciendo un gesto que te parte el pecho en dos y que solo conoce tu padre. No es celebrar la mediocridad. En mi humilde opinión, es celebrar lo mejor de este deporte.
(Me doy grima cuando me pongo tan ñoño, no puedo evitarlo, mañana escribo sobre los videos de Shaquille O'Neal y Glen Davis y se me pasa)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Igor Antón


Creo que estaba intentando guardar su nombre para titular una entrada mucho más feliz. La fatalidad siempre nos acompaña. Hay que aprender a convivir con el infortunio. No seamos dramáticos: todo el mundo sufre varapalos a lo largo de su vida. Lo de ayer fue cruel, muy cruel. Podemos flagelarnos con maldiciones por lo que queda de temporada. Yo lo hice ayer, durante unos instantes. Después, el txakoli y los cubatas ayudaron, el día más feliz de M y A y la discoteca privada del restaurante, ayudaron. Aunque, aunque a alguien le pueda resultar patético, sabía, en el fondo, que había algo de lo que no quería acordarme. Aunque. Recibí un mensaje cuando aún estaba en la mesa y no había acabo de salir el rape. Cinco minutos antes, había estado hablando de ciclismo con el invitado de al lado, un zaragozano que colgó la bicicleta en cadetes. No lo creía. L salió corriendo al bar. Yo tardé en reaccionar. Cuando llegué, Antón, con gesto sereno y convincente, saludaba a la camara, magullado y ensangrentado. El bar estaba repleto de rh negativo. Tipos orondos con la cara recubierta de angustia. Un grito ahogado. En el ambiente, se palpaba un asombro contenido, como si todo fuera a terminarse de golpe, y nada fuera cierto, y todos volveríamos a la mesa para comernos el rape felices. Alguien gritó: ¡eres el puto amo chaval! Y entonces creo que todos nos dimos cuenta de que era verdad, que nos íbamos a comer el rape con cierto estúpido amargor. Contesté al mensaje de móvil. Me contestaron. Volví a contestar. Me lo propuse: olvídalo, olvídalo, olvídalo. Lo conseguí. Aunque. Encima, perdió el Athletic.
Esta mañana me he levantado de resaca, con miedo, con un aunque clavado en la garganta. Es que fumé mucho. No he leído los periódicos, pero he abierto internet con miedo, con resaca, con un aunque. No quería leerlo. Quería que fuera mentira. No he pasado de los titulares. Mañana empiezo a trabajar de nuevo. Tengo muchas cosas que hacer. Y, además, estoy de resaca. Solo quiero pensar en eso.
Lo confieso: para mí ha terminado la Vuelta. Lo siento. Con todo el respeto a los demás participantes. Ahora digo que se ha terminado, mañana puede que vuelva a estar delante del televisor. Pero ya no volveré a pasarme dos horas escuchando a Perico Delgado y a Carlos de Andrés. No. Me duele el aunque. No puedo. Lo siento.
Y lo dejo ya.
Igor pasará de esto como tiene que pasar y empezará ya a soñar y a prepararse para ganar la edición de 2011. M y A saldrán de viaje a los Estados Unidos. Yo me levantaré a las seis de la mañana para conducir durante dos horas hasta llegar a mi nuevo trabajo. El Athletic perderá más partidos. Y Nadal los seguirá ganando. Otro corredor de naranja ganará en la Vuelta. El mundo girará y girará, y todos seremos más maduros y más solventes con nuestros aunques guardados en el bolsillo. Conviviremos con el infortunio y la fatalidad. Pero no podremos dejar de beber txakoli y vodka con naranja para evitar el dolor de la crueldad. Y eso sale muy caro. Por lo menos, el rape estaba bien rico. Felicidades A y M. Eutsi gogor Igor hurrengoan izango da!

viernes, 10 de septiembre de 2010

Alexandru Buligan


Yo jugué de portero de balonmano. Un año. En el colegio. Era jugador de campo y me ponían de pivote. ¿Se llama así? El más corpulento, el que juega incrustado en la defensa rival. ¿Ese es el pivote? Aitor Etxaburu, Xavier Mikel Rekondo, Andrei Chepkin, o como se escriba, incluso conozco a Borja Fernández porque lo conocí como jugador de baloncesto. Yo era uno de esos en los primeros entrenamientos. Era corpulento, pero era un "puto acojonado", como me dijo una vez el entrenador. Su mayor cualidad era la pedagogía. Temía el contacto físico, no sabía usar mi cuerpo. Así que empecé a jugar de estorbo, de cualquier cosa, del que pasaba la pelota y desaparecía. No sabíamos las reglas del juego, no sabíamos qué era el balonmano, era la primera vez que había un equipo en el colegio. Ni tan siquiera estábamos federados. La idea era formar un equipo ese año y, al próximo, tomárselo más en serio. Ésa era la idea. No sé cómo acabó.
El caso es que, a veces, terminábamos los entrenamientos jugando al futbito. Sí, no me preguntes por qué. Y como con el balón en los pies era aún peor que con el balón en las manos, me ponía de portero. Y resulta que era bueno. Sobre todo porque en los córners salía bien por alto a recoger todos los balones. Se ve que me daba menos miedo el contacto cuando tenía a los contrarios de espaldas. Así que mi entrenador pedagogo tuvo una brillante idea: tú, de portero. Porque nadie quería ser portero. Solo JL, quien, ahora, regenta una tienda de cannabis y tiene un perro de esos de moda a los que les cuesta respirar y siempre se tumban con las patas estiradas. Yo me sentí orgulloso de mí mismo. Nunca me elegían en los equipos que se hacían en el recreo. Por fin, alguien parecía que había descubierto un puesto en el que podía destacar deportivamente.
En el primer entrenamiento, hice una parada memorable, y ya no hubo discusión. Yo, portero. Lo único que sabía era cubrir el palo cuando alguien saltaba desde un lateral. Eso era fácil, incluso cuando mi elasticidad no me dejaba alargar la pierna más allá de lo patéticamente risible. Un compañero se lanzó al aire y lanzó la pelota una centésima de segundo antes de pisar el suelo. El balón fue directamente a mi cabeza. Mi cabeza al palo y del palo al suelo. Me levanté como si no hubiera pasado nada. ¡Encima tenía la cabeza dura! Estaba claro. Tú, portero.
Los entrenamientos fueron endureciéndose. Un día nos hicieron entrenar bajo la nieve. Acabé amoratado de los resbalones. En el interior del gimnasio, nos colocaban junto a la pared, con una colchoneta debajo, y nuestro entrenador pedagogo se ponía a escasos metros. Después, tiraba con todas sus fuerzas a dar. JL acabó de titular porque parecía gustarle que el cuero del balón le enrojeciera los brazos. Yo intentaba disimular que aquello me estaba pareciendo una puta masacre. ¡Tenía que ser un hombre! Aunque todavía no habría aprobado la EGB.
Solo jugamos un partido. Un amistoso. En la plaza del pueblo, repleto de gente, ante un equipo que sabía jugar a aquello. No sé qué hicimos porque yo escurrí el bulto, me excusé, no fui. Perdimos de paliza pero el entrenador estaba orgulloso de la dignidad con la que se habían enfrentado los pocos que se presentaron. Yo agaché la cabeza y callé. Ésa fue toda mi experiencia como portero de balonmano. Al poco tiempo, dejé de ir a entrenar. Dejé el balonmano, que nunca comprendí, por el baloncesto, y me fue igual de mal. No era de extrañar. Ya me lo decía mi padre, que estudiara, que ése era el único deporte que se me daba bien. Y tenía razón.
Con los años, el balonmano dejó de interesarme hasta como espectador. Los años gloriosos del Elgorriaga Bidasoa aún te empujaban hacia el televisor. Los nombres de Juantxo Villarreal, Jovanovic, Wenta, Gislasson, Svensson... aún se guardan en la memoria. Incluso los de aquel Barakaldo, humilde y abnegado, que soñó con ser más de lo que podía ser. A los tiempos de Zupo y el San Antonio, llegué ya desnortado. Pero me quedé con el nombre de Alexandru Buligan. Quién sabe por qué, quizás porque me imaginaba que yo podía haber sido él si hubiera sido capaz de aguantar los balonazos con más hombría.
Pero no fue así.
JL tiene una tienda de cannabis. Yo seguí estudiando y apunto estoy de cerrar con un título rimbobante lo máximo que alguien puede alcanzar en la jerarquía académica. El entrenador pedagogo no sé donde anda, pero seguro que el balonmano lo sigue por televisión. Y eso fue todo. El año pasado tuve un par de alumnos que se dedican a esto. Uno juega en el Barakaldo, el otro andaba en el Trapaga, si no me equivoco, les veía de reojo dibujar tácticas en un papel, y me acordé de mis tiempos como portero en el patio del Colegio Bagaza.
No era nostalgia. No sé lo que era.
Y esta mañana, tomaba un café tardío en una cafetería del barrio mientras hojeaba el periódico. Venían todas las plantillas de esta temporada para la liga ASOBAL. Mientras repasaba nombres que me sonaban a chino, y recordaba la voz de aquel locutor de la televisión pública que gritaba lo de ¡adentro!, me he puesto a mirar la altura de los jugadores. Prácticamente todos los equipos tienen a uno o más jugadores que sobrepasan los dos metros. Yo mido 1'76. Sigo teniéndole cierto miedo al contacto físico. He aprendido mejores lecciones que las que aprendí aquel año, pero, aún así, me sigo preguntando: ¿habría sido un buen portero de balonmano? No lo creo, pero, al menos, hice una parada memorable, aunque me costara un buen dolor de cabeza que supe esconder con talento. Quizás eso era lo mío: el teatro. Como hago en este blog. Por cierto, ¿Buligan está de segundo entrenador en el San Antonio, no? Que le vaya bonito, sí.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Milos Teodosic


Estaba fácil hoy, ¿verdad? Lo que dice Scariolo: estaba delante de un tío más alto que él, a ocho metros, y se ha cascado el triple. Solo queda felicitarle.
Había algo extraño en los ojos de los jugadores serbios. Un hambre inquietante, cercano a la locura. Krstic tenía la misma mirada que le causó un chichón a Boroussis. Velickovic tenía la furia recogida en el colorete de las mejillas. Keselj había ganado tres centímetros de musculatura en el brazo solo con saltar a la cancha.
Y ninguno de ellos ha ganado el partido: lo han ganado Savanovic y Teodosic. Precisamente, los dos que también lo podían haber perdido. Los dos que no compartían gesto con sus compañeros. Savanovic, con un extraño parecido al actor Michael Cera recién levantado de la cama, parecía divertirse jugando el solo a imitar a Billy Elliott. Teodosic, con su aspecto desaliñado, de resacón, imbuido en un mundo propio y narcótico, se ha despertado un solo segundo, un solo salto, un solo giro de muñeca que ha mandado a España de vuelta a casa.
No se puede decir nada, tú. Podían haber ganado cualquiera de los dos equipos, así que el que lo ha hecho se lo merece. El abuelo Ivkovic ha sabido volver a sacar magia de la chistera. Dijimos en el europeo que volveríamos a hablar de ellos, y ya está, Teodosic, Velickovic, Keselj, Rasic, Markovic, Krstic, Savanovic, Perovic... y los que no han participado, Pekovic, Macvan, Marjanovic... Los IC están de vuelta si es que alguna vez se fueron.
Pero lo bueno ha estado al otro lado del Mediterráneo, en la península, en un país sin salida al mar. El principado de Andorra ha asistido a la victoria de Igor Antón en la estación de esquí de Pal. Mosquera va a acabar por odiar al Euskaltel. Pero, aquí también, el que ha ganado se lo ha merecido tanto como el que ha quedado segundo. Antón, siempre inquieto pero prudente, ha dado una lección de serenidad, que sumada a la fuerza de sus piernas, nos hacen templar la euforia a los aficionados vascos al ciclismo.
Y me quedo aquí, tú, que se me está acabando la batería. Menos del cinco por cierto, a ver si me da tiempo a colgar una foto de Teodosic con esa barba descuidada y esa mirada ausente.

lunes, 6 de septiembre de 2010

David López


Ha sido un fin de semana de sonrisas y lágrimas. Decían que David López lloraba en la salida porque recordaba a Txema González, masajista del Sky, y ex-masajista de Euskaltel y los equipos de Matxin, que falleció repentinamente en un hospital de Sevilla. El pelotón internacional se conmovió. Primero fue Fignon, después Txema, de quien todos coincidían en decir que era una bellísima persona. Solo queda arropar a su familia. Igual que habrá que arropar a la familia del joven japonés Shoya Tomizawa. Su muerte, esta vez, conmovió al paddock. Ha sido un fin de semana de lágrimas.
A mí, todo esto, me pilló en la carretera. Casi quince horas de viaje para bajar el sábado hasta la frontera con Portugal y regresar al día siguiente. La victoria de España ante Grecia me pilló en un humilde apartamento de la urbanización Los Amigos de Olivenza. La muerte de Tomizawa me pilló en la carretera, en una gasolinera a medio camino de Valladolid. Antes, cerca de Zarza de Granadilla, nos pilló el anuncio de alto el fuego de ETA. Poco después, la victoria de David López en Alcoy. Fue un viaje sin tráfico, con calor, y con un aluvión de noticias radiofónicas.
Fue también el fin de semana del deporte vizcaíno. Si los periódicos ocupaban espacio hablando del bilbaíno Ibai Gómez y sus últimos cuatro goles, también hoy había espacio para la victoria balsámica del Barakaldo ante el Spórting B y, sobre todo, para la Bandera de Donosti más vizcaína de los últimos años, con los bermeanos de Urdaibai y los sestaotarras de Kaiku dejándolo todo en unos segundos para el fin de semana que viene. Y luego quedaba la Vuelta a España, con un chaval de Galdakao luciendo el nuevo maillot rojo de líder, y un barakaldés trabajador y silencioso, levantando los brazos en la línea de meta de Alcoy.
Empezó llorando, y terminó levantando los brazos en meta. David López se inscribió en el palmarés de la Vuelta para gloria del ciclismo de la margen izquierda. Desde la salida de cadena en los Lagos de Covadonga del sentimentalmente mítico Juan Tomás Martínez, "Volcán de Barakaldo" hasta el arrojo de David López han pasado muchos años sin que nuestra tierra de mineral y humo diera frutos. Ahora que ni nos reconocemos al mirarnos al espejo, un ciclista del pueblo, con el mismo perfil y las mismas características de los ciclistas de antaño, se ha dejado fotografiar en lo más alto. Y es que nadie duda del talento de un David López que ha puesto su carrera al servicio de los demás. Desde que debutara con Cafés Baqué, asomara con Euskaltel y se asentara con el equipo de Unzué, David López ayudó a ganar a Valverde una Vuelta y para él solo dejó la etapa reina de la Vuelta a Alemania. Ayer, en la última rampa, cuando Caruso, Kreuzinger, Moncoutié y Egoi amenazaban por detrás, David López tuvo tiempo para disfrutar de todos los esfuerzos que fue, generosamente, ofreciendo a otros en años anteriores. Era su día. Un día de sonrisas que ponían el contrapunto a las lágrimas.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Beñat Etxebarria


Buenas noticias para el fútbol vizcaíno fuera del círculo vicioso del Athletic Club de Bilbao. Lo del círculo vicioso es una figura retórica vacía de significado. Podía haber encabezado la entrada con cualquiera de los dos, pero he elegido a Beñat Etxebarria por el golazo que marcó ayer con el Betis en la victoria del equipo sevillano por 2-1 ante el Salamanca durante el partido clasificatorio de Copa del Rey. Beñat es un centrocampista menudo y trabajador que ya debutó hace la friolera de 4 años (es del 87, así que no tiene ni 24 años) con el Athletic de Bilbao en primera división. Desde entonces, dejó de contar para el primer equipo. Regresó al Bilbao Athletic, después marchó al Conquense cedido, y finalmente apostó por otro filial, el del Betis, y parece que le ha salido bien. Pepe Mel le hizo debutar el fin de semana pasado ante el Granada y ayer en la Copa marcó un auténtico golazo. Es bonito ver como jugadores vizcaínos tienen éxito en el fútbol sin cumplir las etapas patrocinadas por Lezama. Todo tiene que funcionar. Nunca debe haber un solo camino. Y otro que ha tenido que abrirse camino solo es Mikel Rico, el centrocampista y lateral vizcaíno que tras comenzar en el Baskonia, luchó lo indecible por hacerse carrera en los campos de Segunda B y fuera de Bizkaia. Conquense, Poli Ejido y Huesca le tuvieron en sus filas. Con los últimos, subió a Segunda A, y ahora, el Granada, con la intervención, supongo, del Udinese, le ha fichado por 600.000 euros, una cifra muy alta para tratarse del Huesca y de un jugador humilde. A punto de cumplir los 26 años, su trayectoria ha merecido un reconocimiento finalmente. Igual que lo está teniendo Ander Lafuente en el Cartagena, que marcó en la primera jornada de Segunda A y que también tuvo que salir de Lezama para buscarse un futuro.
La última gran noticia del fútbol vizcaíno la dio el Portugalete en la misma clasificatoria de Copa al dar un recital en Castalia y eliminar a un histórico del fútbol, el Castellón, remontando un 2-0 adverso. Los de Javi Luaces son un equipo potentísimo a los que la tercera se les quedará grande muy pronto, pero siempre, siempre es muy difícil ascender en estas categorías.
Por último, las malas noticias llegan de casa, de la vuelta de la esquina, del club con el que tengo carné. Ayer, por sorpresa, el presidente anunciaba en la Junta su dimisión en el cargo. Miguel Acero ha estado cinco años como presidente del club. Cinco años en los que ha saneado parcialmente la economía del club. Cinco años en los que el bagaje deportivo no ha sido muy positivo, por hablar con diplomacia en unos momentos que para él no serán agradables. Soy socio del club pero no conozco sus entresijos. Si tuviera que hacer un juicio de valor tanto sobre su mandato como sobre su salida, pecaría de superficial e incoherente. Tan solo espero que la junta directiva que ahora se hace cargo del club consiga sobrellevar la situación hasta que se ejerzan elecciones. También espero que la parcela deportiva no sufra. Ya lo veremos.
Cuelgo el vídeo del gol de Beñat y ya seguiremos hablando de todo esto. La foto para Mikel Rico, por compensar. ¡Hoy he cocinado marmitako!, que no viene a cuento, pero me hace ilusión.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

María Angustias Velasco


Primero fue la hija del carpintero, Juani, la que mandó una carta a Unipublic para hablarles de La Pandera. Jaén quería que la Vuelta conociera aquellas montañas. Y lo hicieron: cuatro ascensiones y cuatro ganadores, Roberto Heras, Alejandro Valverde, Andrey Kashechkin y Damiano Cunego. Pero el pueblo de Valdepeñas aún seguía escorado. Así que el siguiente paso lo dio María Angustias Velasco, la hija del boticario y diputada de deportes de Jaén. Ella volvió a escribir a Unipublic, esta vez para hablarles de la cuesta de las Farjas.
Y también la hicieron caso. Para regocijo finalmente del pueblo de Valdepeñas y de todos los aficionados al ciclismo.
Reconozco que me perdí la etapa. Cuando faltaban 25 kilómetros, y aún no habían empezado a subir el puerto de segunda, me tuve que marchar a la capital. Mientras Joaquim Rodríguez abusaba de su musculatura, yo debía estar en la fnac bostezando y evitando mirar las baldas con atención porque no está el presupuesto para caprichos.
No sabía nada hasta que tomando un zurito en el barrio pregunté, "por cierto, ¿quién ha ganado en la Vuelta?" Y me puse nervioso con la noticia. No fue un subidón como en otras ocasiones. Aún recuerdo la cara de asombro de algunos cuando me tenían al lado mientras Roberto Laiseka daba bandazos en Abantos, por no hablar de aquel bar de Sopelana donde debieron darnos por locos cuando el mismo protagonista adelantaba corredores sin parar camino de la cima de Luz Ardiden. Hasta en el bar del barrio, cuando acaba de mudarme, acabaron por reírse al oírme gritar viendo a Mikel Astarloza boquear de asombro en la cima de Bourg St. Maurice. No fue lo mismo, quizás porque fue en diferido, pero me puse nervioso. Mensaje a Francia y me lo confirman, y me pinchan: más vale que veas la etapa por internet cuando llegues a casa.
Y lo hice. Igor Antón es un corredor especial. A camino entre el viejo y el nuevo ciclismo, sea lo que sea eso. Sonriente, frágil, de ojos inquietos y nerviosos. Siempre ha dado la sensación de que tenía piernas de ciclista himalayista. Sus victorias son de relumbrón, y con un poco de suerte, todavía le queda sacar lustre a unas pocas más. Es la esperanza presente de un ciclismo vasco que sigue necesitando redescubrir a sus viejas glorias con nuevas que las superen.
Gómez Peña en el Correo y sobre todo un J.A. Gutiérrez emocionado en el As (Valdepeñas, como confiesa, es un rincón sentimental de su vida personal) se han hecho eco de esas historias escondidas que encierran tanto el ciclismo como los escenarios donde se escriben las hazañas. Ellos han contado en sus crónicas las historias de Juani y de María Angustias. A los aficionados, solo nos queda agradecérles a los valdepeñeros que mantengan una cuesta donde será jodido subir todos los días con las bolsas de la compra, pero nosotros, hemos descubierto una clásica belga, como decía Gutiérrez, en plena Sierra de la Pandera. Y es para celebrarlo. La Vuelta, por ahora, promete.