jueves, 4 de agosto de 2011

Paul Caligiuri


Buscando información para la anterior entrada dedicada al St. Pauli, me encontré con esta curiosidad: Paul Caligiuri, uno de los líderes de aquella selección estadounidense que hizo vibrar a su afición con la participación en los mundiales de los 90, jugó en el St. Pauli, pero también en los dos máximos rivales del equipo del barrio portuario, el Hansa Rostock y el Hamburgo. No creo que haya muchos jugadores, si es que hay alguno más, que haya coincidido en estos tres equipos.
Paul Caligiuri jugó en el St. Pauli cedido por Los Angeles Salsa y llegó a jugar solo 15 partidos. Antes, había jugado en el Hamburgo y el Hansa Rostock, además de en los Galaxy, Columbus Crew, San Diego Nomads, SV Meppen, Freiburg. Fue 110 veces internacional y forma parte del Salón de la Fama del fútbol de su país.
Además, Caligiuri forma parte de una generación de futbolistas norteamericanos que empezó a darle lustre a este deporte en un país dominado por el jockey, el béisbol, el baloncesto y el otro fútbol, el suyo. Una generación, la de finales de los noventa, que protagonizó momentos muy importantes en la historia de este deporte para un país que, hasta entonces, no se había caracterizado por surtir de futbolistas al deporte profesional. Muchos de aquellos jugadores, además, consiguieron cruzar Río Grande, e incluso, el océano Atlántico, para ganar una reputación internacional desconocida hasta entonces. Valga solo mirar a este listado improvisado:


Cobi Jones (Vasco de Gama o Coventry City), Brad Friedel (Brondby, Galatasaray, Liverpool, Tottenham, Aston Villa o Blackburn), Tony Meola (Brighton & Hove Albion o Watford), Tab Ramos (Figueres y Betis), Marcelo Balboa (Club León de México), Kasey Keller (Rayo, Leicester, Southampton, Borussia Moenchedgladbach, Fulham, Tottenham, Millwall…), Eric Wynalda (Saarbrucken o Bochum), Claudio Reyna (Bayern Leverkusen, Manchester City, Sunderland, Wolfsburg o Glasgow Rangers), Jeff Agoos (West Bromwich Albion o SV Wehen), Joe-Max Moore (Nürenberg, Everton…), Earnie Stewart (Willem II, NAC Breda, Venlo…), Brian McBride (Wolfsburg, Everton, Fulham…), Peter Vermes (Voledam y Figueres), Alexi Lalas (Padova o Emelec de Ecuador), John Harkes (Derby County, Sheffield Wednesday, West Ham o Nottingham Forest), Thomas Dooley (Kairselautern, Bayern Leverkusen o Schalke 04) Hugo Pérez (Örgryte sueco, Red Star, Al-Ittihad, Club Deportivo FAS de El Salvador).


Pero si por algo pasó a la historia del fútbol estadounidense Paul Caligiuri fue por ser el autor del que aún se denomina como el disparo que se oyó por todo el mundo (the "Shot heard 'round the world"). La frase no es original, ya que se ha usado para denominar distintos hitos históricos y ha acabado por convertirse en un recurso para calificar momentos estratégicos en diferentes campos. Originalmente es la línea que abre el poema “Concord Hymn” de Ralph Waldo Emerson y se refería al comienzo de la Revolución Norteamericana. Sin embargo, en 1989, a alguien se le ocurrió reutilizarla, como ya se había hecho antes con otros acontecimientos, para definir el gol que Paul Caligiuri le marcó a Trinidad y Tobago en la fase clasificatoria para el Mundial de fútbol. Aquel gol supuso la clasificación del equipo norteamericano para el acontecimiento internacional más importante en su deporte. Un detalle que no es banal porque algunos apuntan que fue el lanzamiento de este deporte en los Estados Unidos, que organizaría el siguiente Mundial y vería como en poco tiempo se organizaba la primera liga profesional.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Gerald Asamoah

No pretendo volver a aburriros con mis vacaciones, pero había una última cosa que contar. Voy al grano. El último día que estuvimos en Berlín, nuestro avión no salía de Tegel hasta las siete de la tarde. Así que a eso del mediodía, hicimos las maletas, pedimos que nos las guardaran en recepción y nos fuimos a dar un último paseo. Elegimos lo que los vecinos llaman el pequeño Estambul, la zona turca, en el barrio de Kreuzberg. Por supuesto que no éramos los únicos turistas merodeando por las calles, pero todos parecíamos compartir cierta desorientación. Aquel no es el barrio más turístico, aunque cuentan que es uno de los mejores para vivir la noche berlinesa.


Paseábamos con los ojos bien abiertos, el andar cansado y atentos a cada detalle. El barrio tenía el mismo hipnótico atractivo que ya habíamos visto en otras partes de la ciudad: cierto aire desaliñado, por usar una palabra amable, que no daba sensación de inquietud. Todo lo contrario. Íbamos mirando los escaparates: pescaderías con rótulos en musulmán, viejas librerías llenas de encanto, tiendas de discos que reverberaban con los watios a toda potencia... En una esquina, una tienda de ropa resumía el carácter del barrio: camisetas oscuras, últimas tendencias góticas, pulseras de pinchos y en la última ventana del escaparate, todo un museo del merchandising: el rincón del aficionado del Sankt Pauli.


Espera, para, le dije, ¿tienes la cámara? ¿Qué quieres fotografiar?, me contestó con cara de extrañeza. Sácale una foto al escaparate. ¿Al escaparate? Sí, por favor, es para luego enseñárselo a M.


Y es que, y aquí damos un salto al vacío en el tiempo, ver aquel escaparate me retrotrajo al último partido de liga de segunda B en Lasesarre. M y yo, que aguantamos hasta el final, decidimos bajar con media hora de antelación para tomarnos unas cervezas y despedir la categoría con respeto. Al entrar a la sede del club social del club, que está en una esquina del campo de fútbol, nos quedamos asombrados con el cambio. No nos habíamos enterado de que habían cambiado de dueños, y ahora la sede del club era una suerte de refugio proto-punk. La estética no nos sorprendió, porque ambos crecimos en la margen izquierda cuando los noventa guardaban los últimos rescoldos de una época, la de los años ochenta, que nos llegó en sordina pero aún con cierta potencia. Nos sorprendió verlo allí. Mientras compartíamos un katxi, le dije a M, ¿a que vamos a convertirnos en el equipo más punk de Europa? Y M me contestó muy seguro: ¿ésos no son los del Sankt Pauli? Así que, y saltamos otra vez hacia delante, delante de aquel escaparate en Berlín, me acordé de M y le obligué a I a sacar las dos fotos que cuelgo al final de la entrada.


Y es verdad, no somos el equipo más punk de Europa.


El Sankt Pauli es un equipo con sede en uno de los barrios rojos más famosos de Europa. Un barrio cercano al puerto de Hamburgo, donde aún se recuerdan los tiempos de gloria cuando, en el Star-Club, tocaron The Beatles o The Who. Además, de, entre otros, Jerry Lee Lewis, Bill Haley, Little Richard, Eric Burton, Frank Zappa, Jimi Hendrix, Chuck Berry… En 1987 se demolió el edificio. Pero Sankt Pauli sigue siendo un barrio multicultural, con una gran actividad teatral, arte en pequeñas galerías, mucho squatter, prostitutas y un alto índice de inmigración. Allí está el Millerntor Stadion, donde juega sus partidos domésticos el Sankt Pauli.
El club tiene secciones de rugby, fútbol americano, béisbol, bolos, ajedrez, ciclismo, balonmano, futbolín y tenis de mesa. Pero la más famosa es la de fútbol, aunque la más gloriosa sea la sección femenina de rugby. El equipo fue fundado en 1899, pero no jugaron un partido hasta 1907 y oficialmente se señala 1910 como fecha de fundación. Cuando se fundó la actual Bundesliga, en 1963, ellos no accedieron, pero lograron entrar en 1977. Desde entonces, se repiten los ciclos deportivos del equip: ascensos, descensos, problemas económicos...


En los ochenta, el club comenzó a forjar una leyenda extradeportiva que le he convertido en un club especial y distinto. Tomaron ideales anarquistas, comunistas y socialistas, después de que la hinchada, con el cambio de sede al barrio rojo, empezara a cambiar el aspecto de los graderíos. Se prohibieron, primer equipo, los símbolos fascistas y las actividades nacionalistas. Los hinchas, que empezaron a componer el mosáico tan original que ahora se relaciona con el Sankt Pauli, adoptaron el cráneo con huesos cruzados como emblema no oficial del equipo hasta convertirlo en lo que es ahora, un símbolo que supera la frontera del fútbol alemán. De 1.600 espectadores de media en 1981, pasaron a 20.000 en los 90.


El equipo, en lo deportivo, siguió con sus tendencias: volvieron a ascender y descender. A principios de los 90 sufrieron una nueva crisis económica, y la hinchada organizó una venta de camisetas que fue todo un éxito: 140.000 camisetas vendidas en seis semanas. Además de poner en marcha varias actividades benéficas, algunas en las que asomaba las ideas políticas de izquierdas preponderantes entre la hinchada.
El año pasado jugaron en la Bundesliga tras lograr un ascenso meritorio, pero no consiguieron mantener la categoría y la próxima temporada volverán a intentar ascender.
Como ya ha quedado claro, uno de los atributos que hace a este club tan especial es su hinchada, que se declara, bajo estatutos, como antirracista, antifascista y antisexista, por lo que han tenido varios conflictos con neonazis y hooligans. Un dato a tener en cuenta, dicen que es el club con mayor número de admiradoras por sus posturas feministas. En 2002, se retiró del estadio la publicidad de la revista para hombres Maxim tras las quejas de la afición por su utilización de la figura femenina. Un estudi reciente concluyó que el club posee más de once millones de fans por todo el mundo. De hecho, en Arrasate, hay una peña del club, llamada Beste Bat!, y en Valladolid, se encuentra una de las peñas no alemanas más grandes, la Peña El Grano. En resumen, el club se ha convertido, en un símbolo mundial del punk y otras subculturas.


Y aquí llegamos a la música. Para empezar, he leído que los partidos de casa se abre con "Hells Bells" de AC/DC y que después de cada gol se pone la "Song 2" de Blur. Además, los artistas internacionales que han confesado su afinidad con el club son varios: Asian Dub Foundation ha vestido, en directo, los jerseys típicos de la afición. Bad Religion jugó un partido amistoso contra el tercer equipo. Turbonegro hizo una versión especial de una de sus canciones más famosas con la letra cambiada para dedicársela al Sankt Pauli. Sascha Konietzko, el líder de la banda de rock industrial KMFDM, es un fan, igual que Andrew Eldritch, líder de Sisters of Mercy, grupo de rock gótico. Art Brut tiene una canción titulada como el club. Igual que Talco, el grupo de ska combat y folk-punk italiano. El bajista de Sigur Ros también sale en los conciertos con la camiseta. Igual que el guitarrista de The Gaslight Anthem o el guitarrista de Editors, al que se le ha visto en directo con la calavera. El cantante de Swearing At Motorists la tiene en su guitarra.


Hoy en día, el presidente del club es Steffen Orth, que ha substituido a todo un personaje del barrio portuario de Hamburgo, Corny Littmann, quien actuó como presidente del club hasta hace bien poco, después de salvarlo de una última crisis económica a base de estrategias limitadas de márketing y merchandising, porque los aficionados del club, con quien se consulta la gran mayoría de decisiones institucionales, rechaza las posturas capitalistas más habituales dentro del mundo del fútbol. De hecho, se evitó que el estadio cambiara su nombre por el de una empresa para así recaudar más dinero. Cuentan que los aficionados prefieren jugar en tercera a seguir las posturas económicas de otros clubes más poderosos. Littmann, por cierto, un exitoso artista de teatro y empresario (posee teatros en el barrio de Sankt Pauli) declaró abiertamente su homosexualidad.


Por último, es bien conocida la afinidad de este club alemán con la hinchada del Celtic de Glasgow, así como con el equipo argentino Club Atlético Platense, esta última, basada en que son dos de los poquísimos equipos en el panorama mundial que comparten colores: franjas marrones y blancas. Al contrario, la rivalidad más enconada se mantiene con sus vecinos ricos, el Hamburgo, y con otro equipo de la primera división alemana, el Hansa Rostock, ya que, históricamente, este club a contado con una amplia hinchada de tendencias fascistas y racistas, según he podido leer.


De hecho, y ya vamos terminando, sí, que la entrada, como siempre, amenaza con ser demasiado larga, si no lo es ya, Gerald Asamoah, primer jugador de raza negra en debutar con la selección alemana, vivió una de sus peores experiencias futbolísticas, cuando su equipo, el Schalke 04, goleó al Hansa Rostock, incluyendo dos goles suyos, y tuvo que escuchar los insultos racistas que recibía desde la grada. Era el año 2006. Ahora, Asamoah, a sus 32 años, y después de una larga carrera en Hannover 96, Schalke 04, y la temporada pasada en nuestro equipo protagonista, el Sankt Pauli, con quien no consiguió evitar el descenso, está en el paro y participará en uno de esos campamentos para jugadores profesionales sin contrato que también se han puesto de moda en la liga española.


Por cierto, la temporada pasada, con el regreso del Sankt Pauli a la Bundesliga, uno de los alicientes era volver a vivir el derby contra el Hamburgo, pero, otro, era ver si la rivalidad, un poco perdida tras años de no coincidir, con el Hansa Rostock seguía en pie. La estrella del ascenso del año anterior, Deniz Naki, un joven de origen turco, celebró uno de los goles del Sankt Pauli dirigiéndose a la hinchada del Hansa Rostock con un gesto que le costó cuatro partidos de sanción: se llevó una mano al cuello y con uno de sus dedos, imitó el filo de una navaja recorriéndole la garganta.


Ahora, van las fotos, y, probablemente a la tarde, escribiré otra entrada que me apareció por sorpresa mientras buscaba información del Sankt Pauli por internet.




miércoles, 27 de julio de 2011

Abel Kirui

Ya no sé si fue ayer o antes de ayer cuando después de escuchar un buen rato a una pareja de adolescentes imitando a Herman Düne, cruzamos la Parisier Platz y nos detuvimos debajo de la puerta de Brandenburgo. Estábamos cansados y nos sentamos en la acera, a escasos metros de las columnas que sustentan el arco y la cuádriga. Mientras fumábamos un cigarrillo, observábamos a la gente que se paraba a fotografiarse con dos actores disfrazados de soldados. Por un momento, yo le presté atención al monumento, tan ajeno al movimiento que lo penetra y lo venera por vocación de inercia. Franco y magnánimo, me lo imaginé abandonado en medio de la franja de la muerte, cuando los muros dividieron la ciudad en dos y a él lo dejaron en el limbo. Apenas han transcurrido 20 años, y parece que fue hace una vida. No sentí lo mismo cuando paseé por el Karl Marx Allé y llegué al café Moscú, y al darme la vuelta frente al cine Kino, la calle parecía desierta y el tiempo detenido. Intenté imaginarme qué pensó Abel Kirui cuando pasó por aquí en 2009, venciendo la maratón de los mundiales de atletismo de Berlín. Probablemente, en nada. Tras más de dos horas de carrera, al keniata solo le quedarían ganas de pensar en una buena ducha y una camilla de masaje. Pero, al fin y al cabo, fue el primer campeón del mundo de maratón que no lo celebró en un estadio.
Berlín es una ciudad para arquitectos, pero también para atletas. Acoge, para empezar, una de las cinco maratones que forman el grupo de majors. Es la más rápida de todas, dicen los expertos, más rápida que las tres americanas, Chicago, New York y Boston, y que la carrera londinense. Quizás, para confirmarlo, batió el récord mundial en 2008 Haile Gebrselassie con 2h 03m y 59s. La carrera comienza en la calle del 17 de Junio, una línea recta que divide el parque de Tiergarten, pero une el barrio de Charlottenburg con el centro. Cuarenta y dos kilómetros que recorren todos los rincones turísticos de la ciudad, desde el Reichstag que dejan a la izquierda en el kilómetro siete hasta la Puerta de Brandenburgo que anuncia el kilómetro 42, pasando cerca de Alexanderplatz, con el pirulí berlinés dándole sombra a los corredores, recorriendo la memoria comunista de la Karl Marx Allee y girando al sur por el pequeño Estambul de Kreuzberg. Un recorrido espléndido, plano por definición, que sirve de resumen para re-correr lo que ha sido y es esta ciudad donde se mezclan extremos en un caos maravilloso.
Por si no le servía con su historia política, cultural y social, Berlín también tiene historia atlética, y no solo por el maratón donde han ganado, entre muchos otros, Gebrselassie, Paul Tergat o Abel Antón, si no también por el reciente mundial de 2009, el mundial de Usain Bolt, con sus dos títulos y sus plusmarcas. El de Marta Domínguez y el rey del mediofondo, Kenenisa Bekele. El del oso pardo Berlino, que hizo de mascota, y ahora tiene a un monton de colegas coloridos por todo el Ku'Damm, con los brazos en alto y representando a todos los países del mundo. Y si volvemos a los años del blanco y negro, 1936 aparece en fosforito dentro de la historia del atletismo. El año de las Olimpiadas de Berlín, con el dirigible Hindenburg sobrevolando el estadio olímpico antes de la entrada triunfal de Adolf Hitler, Jesse Owens corrió tanto como para convertirse en mito. Mito que se convirtió en leyenda y que luego el propio Jesse Owens se encargó de apostillar.
Yo no he podido correr por Berlín, pero lo he andado. He andado Mitte de arriba a abajo, y Scheneunviertel obnuvilado, sin poder dejar de buscar a Bansky, perdido por Tachelles e hipnotizado por el olor picante de los restaurantes indios. He cruzado el Spree, he pasado de una bahnhof a la otra sin descansar, he subido en ocho segundos los veinticuatro pisos del Panoramapunkt, he paseado por Tiergarten, por Kreuzberg, por Ku'Damm, por Friedrichshain, Postdamer Platz. Estoy cansado de andar, de ver piedras, de hablar inglés, de leer menús que no entiendo, de soñar con que vivo aquí y con que vuelvo a donde vivo, estoy tan cansado como Abel Kirui o quizás más. Pero igual que él, estoy ansioso por volver a correr. Correr por Berlín queda, ahora, como una cuenta pendiente: plantar un libro, escribir un niño, tener un árbol y correr por Berlín.
Mañana nos vamos, ahora que había llegado el Real Madrid. Me enteré ayer, y hoy he visto a los aficionados del Hertha de Berlín celebrando la derrota en los locales eróticos de Zoologischer Garten. Ayer vi una pintada en honor de Ryan Giggs en el antiguo muro de Bernauer y tengo otro par de fotos para ilustrar lo poco deportivo que ha tenido este viaje: un mural de graffiti impresionante delante de Mauerpark donde pasé un mediodía inolvidable en un domingo de mercado y un par de corredores cerca del Café Am Neuer See donde cayó una pizza y su correspondiente cerveza aunque fuera de Múnich.
Mañana, el X9, el aeropuerto, Frankfurt a la carrera y vuelta a casa. El viernes, zapatillas, muchas ganas y a preparar la Hiri Krosa de la Aste Nagusia. ¡Nos vemos allí!

domingo, 24 de julio de 2011

Jim Ochowicz


El BMC Racing es su proyecto, y acaba de llevarlo a lo más alto con la victoria de Cadel Evans en el Tour de Francia. Pero Ochowicz no acaba de llegar a esto del ciclismo. En los ochenta se inventó el histórico 7-Eleven y lo llevó desde el amateurismo hasta la victoria final en el Giro de Italia con Andrew Hampsten. Kevin Costner los inmortalizó en una película, y luego vino el Motorola, pero Ochowicz no llegó al final. Sin embargo, ya había hecho bastante como para entrar en el salón de la fama del ciclismo norteamericano.
Hace poco más de tres años, volvió por lo grande, con un proyecto ambicioso, de capital suizo y con un marcado carácter internacional. Codo con codo con gente veterana y preparada como Andy Rihs, Noel Dejonckheere o John Lelangue, Ochowicz sumó al proyecto a otros cuatro directores deportivos que aún tenían muy cerca sus tiempos de ciclista profesional: Fabio Baldato, Michael Sayers, Max Sciandri y Rik Verbrugghe. Con todo eso, y con Cadel Evans a la cabeza, este año el Tour se presentaba, de manera silenciosa, como una aspiración obligada.
Se presentaron en la salida del Tour de Francia, con un buen puñado de rodadores para defender a Evans en el llano, trotones como Burghardt, Quinziato o Santaromita escoltaron a Evans cuando las piezas del dominó caían en el llano. Morabito y Moinard quedaban para las alturas y, para todo, hasta para las reuniones en el hotel, quedaba un veterano que ya sabía lo que era ayudar a ganar Tours, George Hincapie.
Buenas piezas que no funcionarían si no funcionaba el jefe del proyecto, Cadel Evans. Un australiano que tuvo que abandonar muy pronto su país para pasar prueba tras prueba en su empeño por emular a Miguel Indurain. Un contrarrelojista de piernas cortas, que pasaba desapercibido en el pelotón y que asomaba por sorpresa para esprintar con velocidad. Empezó en Italia, Saeco y Mapei, para luego emigrar a Alemania (Telekom), despuntar en Bélgica (Lotto) y encabezar el proyecto definitivo de Jim Ochowicz.
Hasta llegar a ganar el Tour de Francia de 2011, el que estaba destinado a los hermanos Schleck, Evans se había dedicado a labrarse una carrera de más de diez años repleta de triunfos, decepciones y desfallecimientos varios. Ganó la Copa del Mundo de 2007 (ya había ganado la de Mountain Bike), fue Campeón del Mundo en Ruta en 2009, dos veces pódium en el Tour (segundo) y una en la Vuelta (tercero). Además de todo eso, muchas otras victorias de relumbrón: el Brixia Tour, el Tour de Romandía, la Flecha Valona, la Tirreno-Adriático... Y muchos, muchos segundos y terceros puestos. Muchos tiros al palo. Pero, al final, con 34 años, le llegó su gran día.
Esperó agazapado, bregó hasta la extenuación cuando las cosas le iban mal, nunca perdió la fe y aceptó su posición como outsider, como el malo de la película, cuando Andy Schleck y Alberto Contador buscaban la épica, él era el contrapeso, el antagonista, el que, en realidad, le ponía el acento a la épica. Tiraba por detrás, solo, tumbado sobre su bicicleta, en una irreal camara lenta. Y así espero su momento, y no falló. Esperó y esperó hasta que el destino le propuso un pulso y no lo dejó pasar.
Jim Ochowicz lo celebrará por todo lo alto, a otros, les vuelve a tocar recapacitar y, quizás, les vuelve a tocar seguir el ejemplo de Evans y perseverar, perseverar, perseverar.

sábado, 23 de julio de 2011

Jens Heppner


Estoy camino de Berlín, carretera y speed, como dicen los navarros de El Columpio Asesino. No. En serio, si no he actualizado el blog últimamente ha sido porque he estado en Baviera primero, en Munich, donde, no me he encontrado con Jupp Heynckes al torcer la esquina, como era de esperar, pero sí he visto hacer surf en un río que cruza un parque del centro. Como lo oyes. Por lo demás, tener, tenía conexión a internet, y ver, he visto el Tour de Francia cada día, pero no tenía muchas ganas de escribir entradas entre cerveza y cerveza, entre salchicha y salchicha.

Deberíamos hablar del Tour, ¿no? De las dos espectaculares, casi diría legendarias, etapas de los Alpes. Primero, la exhibición de Andy Schleck (y Maxime Monfort), la enconada lucha desesperada de Cadel Evans, la épica histriónica de Thomas Voeckler y la humanidad de Alberto Contador. Después, el arrebato de dignidad del madrileño que por fin, aunque probablemente él ya lo sabía y no le hacía falta demostrarlo, nos dejó ver su aspecto más humano, más vulnerable, más afín con el carácter de este blog, para luego darle la vuelta con un empeño digno de los mejores campeones. En la misma línea, un Samuel Sánchez que sigue dándole lustre a su carrera de ciclista profesional y sufridor.

Pero, en lugar de hablar de hoy, me da por hablar de ayer, porque cuando volvíamos en tren de Dachau, al pasar junto a un polígono industrial, me fijé en una empresa de transportes que se llamaba Heppner. ¿Y? Pues que, durante el resto del viaje, mientras ella dormitaba y yo miraba el paisaje, me acordé de la generación de ciclistas alemanes que brilló en los 90, aquellos que nacieron en la década de los sesenta y que precedieron a la generación más brillante de principios del siglo XXI. Y no recordé a Erik Zabel y Jan Ulrich, que también deslumbraron, y más que ninguno, en la última década del siglo XX, si no de los que menos palmarés redondearon. Empezando por, Jens Heppner, que se llevó, al final, una vuelta a Alemania, una etapa del Tour (donde hizo décimo en su primer año) y un campeonato de Alemania en ruta. Además de vestir la maglia rosa durante diez días. Me acordé de Jan Schur, aunque éste brilló más en la pista que en la ruta. También recordé a los Uwe, con ese nombre tan glorioso que todo el mundo recordaba. Primero, Uwe Ampler, que llegó a ser medalla olímpica, se retiró y tuvo un triste regreso manchado por el dopaje. Un buen aventurero que también fue pistard. El otro, Uwe Raab, corredor rápido, con varias victorias en la Vuelta a España, donde consiguió el jersey verde, además de ser campeón del mundo en ruta amateur. Udo Bolts, varias veces campeón de Alemania, ganador de la Dauphinè, etapas en Giro, la Clásica de San Sebastián… Un lujo de corredor que completó diez participaciones en el Tour, donde llego a ser 9º en una ocasión. Más, Rolf Aldag, quien ahora corre maratones y ironmans. Fue campeón de Alemania, un buen preparador de esprints y un buscador de etapas, consiguiéndolas en pruebas tan prestigiosas como la Vuelta a Baviera, Alemania, Limousin, DuPont, Romandia o Suiza. Otro corredor rápido y de vistosa estética, un tal Olaf Ludwig. Maillot verde en el Tour donde ganó varias etapas. Después se especializó en la Copa del Mundo, cuya clasificación final llegó a ganar. Además, se hizo con la Amstel Gold Race, la Kuurne-Bruselas-Kuurne, el Gran Premio E3 Harelbeke, GP Frankfurt o Veneendaal-Veneendaal. Un gregario de lujo como Steffen Wesemann que, al final de su carrera, se llevó el premio gordo del Tour de Flandes de 2004. Otro esprinter de lujo como Marcel Wust, que, cuando aún tenía punch, se llevó un buen puñado de etapas en Giro, Vuelta y Tour. Christian Henn, campeón de Alemania y una etapa en la Vuelta, aunque, por supuesto, y para terminar, si hablamos de etapas en la Vuelta, todo el mundo se acuerda del agónico Bert Dietz llegando sin resuello hasta lo alto de los Lagos de Covadonga, aunque, lo que todo el mundo recuerda, por supuesto, es el gesto de Laurent Jalabert apretando la maneta del freno.

Si les quitas a Greipel, los alemanes se habrían encontrado con un Tour un poco triste, no como los Noruegos, ahora que, desgraciadamente, Oslo ocupa los informativos de la CNN y nosotros esperamos a que pase el tiempo sin quitar la vista del televisor. No sé cuando publicaré la entrada, pero termino de escribirla ahora mismo, puerta A11, aeropuerto Flughafen de Munich, cuando faltan poco más de treinta minutos para que embarquemos con dirección a Berlín, así que ya estarán rodando contra el reloj, y para cuando me conecte a internet en el hotel, ya se habrá quedado obsoleta la entrada. Pero estamos de vacaciones, así que me da igual. Nos vamos a Berlín, toda la noche. ¡Toro!

sábado, 16 de julio de 2011

Eduardo Hernández Sonseca


Tiene que ser jodido ser tan alto, ¿que no? ¿Cómo se pasa desapercibido? Si estás en una cancha de baloncesto es cojonudo, más cerca del aro. Pero, ¿en el recinto de txoznas? ¡Se tenía que agachar para pedir! No sé lo que pidió, por cierto, pero me acordé de fiestas de Bilbao cuando Fred Weis parecía un rascacielos en medio de un bosque de cabezas. Tiene que ser jodido despuntar en un mar estándar.
Sí, ayer fuimos hasta Santurtzi para ver a Los Planetas que nos tocaron, al final, la canción de Gaizka Mendieta, como decía el otro, adornada con imágenes de los goles que le han servido al Granada de Fabri y Quique Pina para subir a primera división.
Y nos tomamos nuestros katxis en la Sotera, donde los remeros de Santurtzi se visten de morado.
Y, sí, por allí apareció un Eduardo Hernández Sonseca que no podía, ni podrá nunca, pasar desapercibido. 2'12 de presencia arancetana para ponerle gloria a las fiestas patronales. Quien no miraba, apuntaba, quien no, hacía chistes fáciles, pero Sonseca, a lo suyo, se agachaba para hablar con sus amigas.
La temporada que viene no estará en Bilbao, pero se ve que ha hecho amistades en la provincia. Me alegro. Y me alegro de irme antes que los demás y disfrutar de un apasionante viaje en el taxi del sociólogo del ocio juvenil, mejor que quedarme a ver como seguían saliendo los katxis de cerveza de dos en dos.
Si no, me parecé que hoy Plateau de Beille lo iba a ver en braille. Toma chiste y rima fácil y mala.

jueves, 14 de julio de 2011

Borut Bozic


El esloveno ha llegado hoy último a la meta de Luz Ardiden, decimo segunda etapa del Tour de Francia 2011, a más de media hora del vencedor.
Un vencedor que se ha emocionado tras cruzar la línea de meta. Mientras la cruzaba, ha estallado de rabia. A sus 33 años, Samuel Sánchez ha culminado su sueño y una carrera deportiva brillante a la que, probablemente, aún le queda tiempo y espacio para el lucimiento. No le ha valido con ser pódium en la Vuelta, ganar etapas en la misma prueba, ser campeón olímpico o disputar la Vuelta al País Vasco. Le faltaba rubricar su historia de superación con una victoria que rememora la que su compañero Roberto Laiseka, con su historia de las cámaras, los yogures y sus colegas, consiguió en la misma cima hace ya diez años. Entonces, ambos formaban parte de un equipo humilde que empezaba ya a despuntar y a mover a una afición coloreada, que siempre existió pero comenzaba a ser vistosa, y que teñía de naranja las rampas pirenáicas. Pocos años después, otro compañero, Iban Mayo, daba un espectáculo abrumador en las rampas de Alpe d'Huez. Aquel mismo día, Samuel Sánchez llegaba fuera de control. Durante años, repudió la prueba francesa. Superó su tendencia al segundo puesto, mejoró en contrarreloj, se reconvirtió en un corredor de tres semanas, pulió su calidad en el descenso para ampliarla al ascenso. Se superó. Se sigue superando. Diez años siendo un profesional en constante ascenso. Ascendiendo hasta las cimas más altas, esta vez, la de Luz Ardiden.
El de las asics y un servidor hemos seguido la prueba en un bar, como si se tratara de un partido de fútbol, y desde los últimos kilómetros de ascensión al Tourmalet. Cuando hemos visto llegar a Samuel Sánchez a la altura de Phillippe Gilbert, dudábamos. Muy pronto, muy arriesgado. El ritmo de Pierre Rolland (inconmesurable) no parecía ser suficiente. Cogían y dejaban a Thomas y Roy. Basso nos hacía dudar aún más cuando ponía a su hombre a currar. Contador agazapado, escondiendo. Andy Schleck de los nervios. Franck Schleck disfrutando. Samuel Sánchez haciendo muecas que nunca le habíamos visto. Vanendert pidiéndole la etapa. Samu negándosela. Menos kilómetros a meta. Ataque definitivo de Franck Schleck. Las motos están cerca. El último kilómetro. Conocemos ese último kilómetro. Estuvimos ahí, en esa misma curva, viendo a Armstrong volar como un fantasma. Sabemos que es duro. Llega Schleck. Ataca Vanendert. Le coje la rueda Samuel. ¡Se sienta! ¡No, no se sienta! ¡Sí, sí se sienta! Y después la rabia, y los ojos rojos, y los pelos de punta de Gorka Verdugo.
A Borut Bozic aún le quedaba media hora. Pero él sabe lo que es disfrutar de una gran victoria. Lo hizo en la Vuelta a España, es rápido, inconsciente, se sienta y sube las montañas mirando el paisaje de las cunetas. Samuel Sánchez, no. No puede. Se supera, se sacrifica, se triunfa cuando se puede, cuando se persigue y cuando se logra, se disfruta. Más aún si es en Luz Ardiden, con el naranja a franjas sobre el verde. Otro día para la memoria selectiva y sentimental.