Fanzine deportivo literario. Crónicas caprichosas sobre héroes y villanos del mundo del deporte
viernes, 31 de octubre de 2008
Markel Irizar
Hace ya casi un par de años pasé mis vacaciones de Pascua en Bélgica. Aprovechando que nuestra amiga Corinne había regresado a su tierra, nos aventuramos hasta la vieja tierra de Flandes. Amberes, Brujas, Bruselas, Oostende pero especialmente Gante donde tuvimos la oportunidad de pagar doce euros por una cerveza exclusiva, ser testigos de un accidente de tranvía o ver a los corredores del Quick Step desayunando a lo grande en la terraza de una cafetería. Coincidió con la temporada de clásicas. A los pocos días de nuestra llegada, Markus Burghardt ganó la Gante-Wevelgem. El día antes del Tour de Flandes estábamos en Brujas. Intenté convencer a las chicas de que fuéramos a verlo a la mañana siguiente. La gente en Flandes se lo tomaba como un día de fiesta, para estar con la familia y los amigos, algunos se reunían para verlo por televisión, otros, como nuestro amigo Dries, cogía la bicicleta y daba un paseo con su madre hasta que se apostaban en una cuneta para verlos pasar un momento. No fuimos, claro. Pude verlo por televisión en un bar, mientras probábamos cervezas con saber a fresa y el mismo Alessandro Ballan que demarró en Varese hace un par de meses se llevó la edición de 2007. Eddy Merckx estaba en todas las tiendas de recordatorios, había pósters y postales. Tom Boonen hacía anuncios de colchones. Pero el día en que descubrí del todo que para los belgas el ciclismo es algo más que un deporte, estábamos cenando en un wok, en la terraza de la calle, y Corinne había invitado a unas antiguas amigas suyas del instituto. Discutíamos, y no por incitación nuestra, olvidemos los tópicos, sobre lo conocido que era Bilbao o el País Vasco en Bélgica. Corinne decía que nadie en Bélgica sabía dónde estaba Bilbao o el País Vasco. Sus amigas decían que no con la cabeza, que no que sí que sabían dónde estaba, claro. Corinne les replicaba: eso es porque yo me he ido a vivir allí. Sus amigas le contestaban: no, Corinne, lo conocíamos antes de que tú te fueras, por supuesto. Nosotros, combidados de piedra pero muy orgullosos. Y una de sus amigas empezó a decir por qué lo conocían: San Sebastián, playa, pintxos, dijo, Guggenheim Museum y ciclismo, dijo, David Etxeberria, Abraham Olano... y ¡Markel Irizar! Con todos mis respetos para Markel, que conocieran a David Etxeberria que estuvo apunto de ganar la Lieja-Bastogne-Lieja o a Olano que fue campeón del Mundo, bien, pero, ¿a Markel Irizar? No tiene victorias en su palmarés, es un corredor de equipo, ¿por qué iban a conocerlo? Pues quién sabe, pero dijo Markel Irizar. Alguien me explicó en su día que los belgas aman las carreras de primavera y que recuerdan los nombres de los corredores que se escapan, de los que sufren al final del pelotón, de los que pinchan y se caen tanto o más que los nombres de los que ganan y se llevan los titulares de prensa. Supongo que en algún momento de las varias veces ya en las que Markel Irizar ha disputado alguna de las clásicas belgas, su nombre se escuchó por los altavoces o se vio su maillot en televisión. En fin, que, en Gante, por lo menos para aquella chica con la que cenamos en un wok, Euskadi es conocida en Bélgica por los pintxos, el Guggenheim y Markel Irizar, no está mal.
miércoles, 29 de octubre de 2008
Jon Solaun
Jon Solaun. ¿Por qué? A propósito, ¿Jon Solaun es familia de César Solaun? Me acuerdo muy bien de César Solaun, elegante sobre la bicicleta, creo que en toda su carrera solo consiguió una victoria, en los Valles Mineros o en Asturias o algo así, pero Jon Solaun. El sábado nos enfrentamos al frío y bajamos a Lasesarre. Nos visitaba la Ponferradina, con los De Paula, Jonathan Valle, Christian Portilla y compañía, y un par de ellos que no conocíamos y que bien se apuntaron a la fiesta para aguárnosla, Esteban Gómez (¿Esteban o Ernesto? Ya no me acuerdo) y Rubén Vega que marcó el segundo prácticamente nada más salir. De la fila de arriba faltaron todos, solo aparecimos mi hermano y yo. En la fila de abajo estaba Iñaki, pero hasta el descanso no se dió cuenta de que estábamos arriba. Alberto Iglesias es el entrenador del Barakaldo. No sé si fue cosa suya o de alguno de esos contertulios tan resabidillos que afloran ahora en todos los canales de televisión, pero alguien dijo que el Barakaldo esta temporada iba a jugar al toque, iba a hacer un fútbol moderno y vistoso. El sábado jugaron con tres o cuatro mediocentros y dos o tres centrales, ya no sabíamos ni llevar la cuenta. El dibujo táctico era a veces evidente y otras veces un mejunje. Al menos nos divertimos persiguiendo a Jon Solaun que perseguía a Jonathan Valle que perseguía a la pelota y ésta intentaba huir de todo el mundo. Ya no es muy acostumbrado utilizar a un hombre de marcador privado-twenty-four-hours, o, en este caso, ninety-minutes, y a Solaun le tocó. No lo dejó ni cuando el balón estaba parado. Casi se confunde hasta de dirección para volver a vestuarios. Cuando cambiaron a Jonathan Valle, se volvía loco y preguntaba qué hago ahora.
Recuerdo que hace tiempo, cuando tenía unos 18 años o menos y pocas cosas que hacer a parte de aburrirme los domingos, me fui a Las Llanas a ver jugar al Sestao. Fue un buen año en Las Llanas. Les entrenaba Blas Ziarreta y tenían en la plantilla al gran Aitor Bouzo, a Ibarrondo, a Juan Luis Fuentes, a Antonio Karmona, a Jorge Azkoitia y a dos jóvenes que estaban despuntando y por los que el Athletic había anunciado su interés, Ibon Begoña y Jon Solaun. Tenía un amigo en Sestao con carné del club. Le llamé, como apenas hacía nada distinto el sábado que el domingo, tenía dinero para la entrada. Nos sentamos en una grada alta, de piedra, al aire libre. No recuerdo el partido. No sé si jugaron Ibon Begoña o Jon Solaun. Pero recuerdo lo bonito que era Las Llanas, lo verde que estaba el césped y lo maduro que me sentí en aquel instante, porque mi amigo y yo andábamos hablando de amores no correspondidos mientras los jugadores se rifaban la pelota. Y hablar de amores no correspondidos con dieciocho años no es asunto de broma. Esas cosas se guardan en secreto, se sufren en silencio y se magnifican cuanto puedas para sentirte más trágico y desdichado. Cuando lo cuentas y lo analizas y sale por tu boca y te sientes tan ridículo, ya no puedes ser un personaje trágico y desdichado y tienes que volverte a casa andando, con el sabor del tabaco en la boca y el recuerdo de un estadio que se venía abajo y aún hoy, catorce años después, se sigue viniendo. Repiqueteando en la cabeza una conversación que si ahora la recordara palabra por palabra sonaría ñoña, manida e infantil, pero que nos sentó muy bien a los dos, seguro. No fue el primer día de ninguna historia y se necesitaron muchos otros momentos como ese o mejores (incluso peores) para que madurara lo suficiente para no ser un imbécil (aún se necesitan). Pero... desde entonces no he vuelto a Las Llanas. Y no he vuelto a ver a aquel amigo. Hablamos un par de veces por teléfono, prometimos vernos, si ahora le viera por la calle no le reconocería y, por alguna extraña razón, sé que sí lo haría. Así que mientras Jon Solaun corría detrás de Jonathan Valle me acordé de él y de mí y de Las Llanas y del Sestao y de la línea del tiempo que vamos dejando detrás como la estela gaseosa de los aviones. Y vale, dejémoslo aquí, antes de que me ponga ñoño, manido e infantil sin que venga a cuento.
Recuerdo que hace tiempo, cuando tenía unos 18 años o menos y pocas cosas que hacer a parte de aburrirme los domingos, me fui a Las Llanas a ver jugar al Sestao. Fue un buen año en Las Llanas. Les entrenaba Blas Ziarreta y tenían en la plantilla al gran Aitor Bouzo, a Ibarrondo, a Juan Luis Fuentes, a Antonio Karmona, a Jorge Azkoitia y a dos jóvenes que estaban despuntando y por los que el Athletic había anunciado su interés, Ibon Begoña y Jon Solaun. Tenía un amigo en Sestao con carné del club. Le llamé, como apenas hacía nada distinto el sábado que el domingo, tenía dinero para la entrada. Nos sentamos en una grada alta, de piedra, al aire libre. No recuerdo el partido. No sé si jugaron Ibon Begoña o Jon Solaun. Pero recuerdo lo bonito que era Las Llanas, lo verde que estaba el césped y lo maduro que me sentí en aquel instante, porque mi amigo y yo andábamos hablando de amores no correspondidos mientras los jugadores se rifaban la pelota. Y hablar de amores no correspondidos con dieciocho años no es asunto de broma. Esas cosas se guardan en secreto, se sufren en silencio y se magnifican cuanto puedas para sentirte más trágico y desdichado. Cuando lo cuentas y lo analizas y sale por tu boca y te sientes tan ridículo, ya no puedes ser un personaje trágico y desdichado y tienes que volverte a casa andando, con el sabor del tabaco en la boca y el recuerdo de un estadio que se venía abajo y aún hoy, catorce años después, se sigue viniendo. Repiqueteando en la cabeza una conversación que si ahora la recordara palabra por palabra sonaría ñoña, manida e infantil, pero que nos sentó muy bien a los dos, seguro. No fue el primer día de ninguna historia y se necesitaron muchos otros momentos como ese o mejores (incluso peores) para que madurara lo suficiente para no ser un imbécil (aún se necesitan). Pero... desde entonces no he vuelto a Las Llanas. Y no he vuelto a ver a aquel amigo. Hablamos un par de veces por teléfono, prometimos vernos, si ahora le viera por la calle no le reconocería y, por alguna extraña razón, sé que sí lo haría. Así que mientras Jon Solaun corría detrás de Jonathan Valle me acordé de él y de mí y de Las Llanas y del Sestao y de la línea del tiempo que vamos dejando detrás como la estela gaseosa de los aviones. Y vale, dejémoslo aquí, antes de que me ponga ñoño, manido e infantil sin que venga a cuento.
Sergio Rodríguez
Empezó la NBA. Todavía no lo ha hecho la NCAA, cuando empiece, daré noticia de las andanzas de Casey Harriman y la Universidad de Creighton. Ayer perdieron los Portland Trail Blazers contra Los Ángeles Lakers y Nate McMillan volvió a utilizar a El Chacho como tercer base. No entro a discutir si tiene que jugar él, o Blake o Bayless, pero, ¿tres bases? ¿Cómo se juega con tres bases todos los partidos? ¿Qué sentido tiene que un tercer base juegue cinco minutos? Yo no lo pillo. Creo que en Europa no es bastante habitual a no ser que uno de ellos juegue de escolta, como hacía la temporada pasada el Real Madrid con Sergio Llull. Sin embargo, lo que quería contar aquí, es que al hablar de El Chacho mientras veníamos a Vitoria bajo una lluvia torrencial, granizo y hasta una ligera nieve a la altura del Aiurdin, me he acordado de aquel proyecto de escuela de baloncesto, de centro de alto rendimiento que hubo durante unos cuantos años en el Polideportivo de Fadura. Van los nombres: Sergio Rodríguez, Jan Orfila, Dani López, Alberto Ruiz de Galarreta, Alex y Txemi Urtasun, Jon Kortaberria, Fran Vázquez. Me olvido de alguno seguro, tengo a otro en la punta de la lengua, pero solo me quedan cinco minutos antes de que me vaya a clase, así que al grano: todos juegan en la LEB o más alto. Fran Vázquez en el Barça y con los Magic detrás. Los Urtasun ya han jugado varios partidos en la ACB. Galarreta probó en el Vive Menorca, Dani López anda por la LEB, creo, Jan Orfila dejó Granada por las pocas oportunidades que le daban, Kortaberria disfruta ahora de un contrato temporal con Aíto, Sergio Rodríguez vive en Oregón. Saúl Blanco en el Fuenlabrada era el que me quedaba en la punta de la lengua. Vaya trabajo el de la gente del Siglo XXI, ¿no merecía la pena seguir con él? Espero que algún día se retome esa cantera. Nunca hemos tenido grandes jugadores en Vizcaya, lo digo más por número que por calidad, y aunque ninguno de los que he dicho era vizcaíno, fue bonito mientras duró ver aquel proyecto en la provincia. Ojalá todos lleguen más alto de lo que ya han llegado y ojalá alguien apueste dentro de poco por retomar un proyecto de cantera que, con éxitos o no, nunca está de más. Y ya jugará más tarde o más temprano el Chacho.
domingo, 26 de octubre de 2008
Rafael Talaverón
No hay nada mejor que una mañana soleada de domingo y buena música en el estéreo. Llevo diez minutos escuchando la misma canción, silbándola, tarareándola, destrozándola. La recomiendo: In 5 Years Time de Noah and The Whale. Y, en realidad, eso es todo lo que quería decir, pero como tengo que decir algo relacionado con el deporte, voy a ponerme en evidencia, mientras escucho otra canción de Noah and The Whale, esta vez, the Shape of My Heart: en mi primer año en la universidad me compré una camiseta del Taugrés en la tienda oficial que el club tenía en Dendaraba. Con el ocho, que se supone que era mi número preferido y, por aquel entonces, llevaba un jugador español con el pelo cortado al cepillo, Rafael Talaverón. Estaba tan gordo, que mi madre tuvo que hacerle unas incisiones en las axilas para que pudiera mover los brazos mientras estaba embutido en la camiseta. En realidad, no estaba tan gordo ni me quedaba tan prieta, pero la camiseta tenía un diseño extraño y me costaba mover los brazos con agilidad. A mis amigos les conté que la primera vez que la estrené, en Vitoria, claro, que quedaba lo suficientemente lejos, alguien intentó detener mi fulgurosa entrada a canasta agarrándome de la camiseta y que me jodió el tiro de los brazos. ¡Claro! ¡Fulgurante! ¿Cuándo he sido yo capaz de correr de manera fulgurante? Todavía tengo la camiseta por ahí y tiene el olor añejo de mis particulares hazañas jugando al baloncesto, en el playground del barrio, de lo más triste, pero, ¿sabes qué? Es domingo, hace sol y estoy escuchando por décima vez a Noah and The Whale y silbo y casi hasta que me voy a poner a bailar, a mover los pies como James Worthy, así que, prometo volverme a vestir la camiseta con el ocho de Talaverón y reverdecer viejos laureles: In 5 years Time, de verdad, love, love, love, wherever you go.
viernes, 24 de octubre de 2008
Colin Meloy
Colin Meloy no está gordo. Eso viene de una discusión que tuve hace tiempo. Quizás es porque tiene la cara muy redonda. Tampoco es uno de esos cantantes modernos y cools que quieren ser como Joey Ramone pero con una piel tersa y limpia. Colin Meloy es el cantante y compositor de las canciones del grupo The Decemberists. Y, entre las muchas que ha escrito, hay una que habla de fútbol americano. Muchos grupos han tratado de algún tipo de deporte en sus canciones. the Wedding Present le dedicó todo un disco a George Best y hace unas entradas hablé de la canción en la que The Beastie Boys declaraban su amor confeso a Billy Laimbeer. Muchas más, pero yo me quedo con The Sporting Life de Colin Meloy y The Decemberists. Ahí va:
"The Sporting Life"
I fell on the playing field
The work of an errant heel
The din of the crowd and the loud commotion
Went deafening silence and stopped emotion
The season was almost done We managed it 12 to 1
So far I had known no humiliation
In front of my friends and close relations
There's my father looking on
And there's my girlfriend arm in arm
With the captain of the other team
And all of this is clear to me
They condescend and fix on me a frown
How they love the sporting life
And father had had such hopes
For a son who would take the ropes
And fulfill all his old athletic aspirations
But apparently now there's some complications
But while I am lying here
Trying to fight the tears
I'll prove to the crowd that I come out stronger
Though I think I might lie here a little longer
There's my coach he's looking down
The disappointment in his knitted brow
I should've known
He thinks again
I never should have put him in
He turns and loads the lemonade away
And breathes in deep
The sporting life
The sporting life
The sporting life
How he loves...
There's my father looking on
And there's my girlfriend arm in arm
With the captain of the other team
And all of this is clear to me
They condescend and fix on me a frown
How they love the sporting life
No voy a traducirla, así que bien por los que sepan inglés. Para los que no sepan, si Fernando Savater se leyó en inglés El Señor de los Anillos con la ayuda de un diccionario, bien podéis intentarlo y de ahí al Planeta ya no queda nada. Venga, va, un pequeño resumen: la canción cuenta con ironía la historia de un chaval que yace en el suelo se supone que después de haberla cagado en un momento trascendental del partido. Era su oportunidad, y, ahora, humillado, ve como su padre arruga el morro, como su entrenador le mira con decepción y como su novia se agarra del brazo del capitán del equipo contrario. Y, el estribillo, con mucho sarcasmo, dice, oh, joder (sin el joder), mira que quieren a la vida deportiva, o algo así, seguro que se puede traducir con más estilo. Padres que quieren que sus hijos lleguen donde no tienen ni puta gana de llegar. Novias que se quedan con el guapo de la clase y luego tú te dedicas a trabajar para la empresa familiar de tu padre y un día la ves en la tele hablando con Christopher Walken y no has salido del pueblo pero le escribes una canción para decirla que aún la sigues queriendo. Pero, esto, y me he ido por la tangente, es de otra canción, Hackensack, de Fountains of Wayne, quienes también hablaban de fútbol americano en All Kinds of Time. En fin, que Colin Meloy no tiene pintas de haber sido un buen deportista, pero The Sporting Life es una canción cojonuda sobre el deporte y, a ver quién es capaz de con un banjo y una guitarra acústica conseguir que sientas como palpita el corazón de un deportista cuando acaba de darse cuenta de que competir, ganar, perder, y hasta participar, le importan una soberana mierda.
Nota: iba a colgar directos de The Decemberists en el youtube, pero aún no he aprendido como colgar aquí los videos, así que...
"The Sporting Life"
I fell on the playing field
The work of an errant heel
The din of the crowd and the loud commotion
Went deafening silence and stopped emotion
The season was almost done We managed it 12 to 1
So far I had known no humiliation
In front of my friends and close relations
There's my father looking on
And there's my girlfriend arm in arm
With the captain of the other team
And all of this is clear to me
They condescend and fix on me a frown
How they love the sporting life
And father had had such hopes
For a son who would take the ropes
And fulfill all his old athletic aspirations
But apparently now there's some complications
But while I am lying here
Trying to fight the tears
I'll prove to the crowd that I come out stronger
Though I think I might lie here a little longer
There's my coach he's looking down
The disappointment in his knitted brow
I should've known
He thinks again
I never should have put him in
He turns and loads the lemonade away
And breathes in deep
The sporting life
The sporting life
The sporting life
How he loves...
There's my father looking on
And there's my girlfriend arm in arm
With the captain of the other team
And all of this is clear to me
They condescend and fix on me a frown
How they love the sporting life
No voy a traducirla, así que bien por los que sepan inglés. Para los que no sepan, si Fernando Savater se leyó en inglés El Señor de los Anillos con la ayuda de un diccionario, bien podéis intentarlo y de ahí al Planeta ya no queda nada. Venga, va, un pequeño resumen: la canción cuenta con ironía la historia de un chaval que yace en el suelo se supone que después de haberla cagado en un momento trascendental del partido. Era su oportunidad, y, ahora, humillado, ve como su padre arruga el morro, como su entrenador le mira con decepción y como su novia se agarra del brazo del capitán del equipo contrario. Y, el estribillo, con mucho sarcasmo, dice, oh, joder (sin el joder), mira que quieren a la vida deportiva, o algo así, seguro que se puede traducir con más estilo. Padres que quieren que sus hijos lleguen donde no tienen ni puta gana de llegar. Novias que se quedan con el guapo de la clase y luego tú te dedicas a trabajar para la empresa familiar de tu padre y un día la ves en la tele hablando con Christopher Walken y no has salido del pueblo pero le escribes una canción para decirla que aún la sigues queriendo. Pero, esto, y me he ido por la tangente, es de otra canción, Hackensack, de Fountains of Wayne, quienes también hablaban de fútbol americano en All Kinds of Time. En fin, que Colin Meloy no tiene pintas de haber sido un buen deportista, pero The Sporting Life es una canción cojonuda sobre el deporte y, a ver quién es capaz de con un banjo y una guitarra acústica conseguir que sientas como palpita el corazón de un deportista cuando acaba de darse cuenta de que competir, ganar, perder, y hasta participar, le importan una soberana mierda.
Nota: iba a colgar directos de The Decemberists en el youtube, pero aún no he aprendido como colgar aquí los videos, así que...
lunes, 20 de octubre de 2008
Nigel Mansell
Esto no es educativo: el que conducía estaba borracho. Nosotros, detrás, también. Niños: no debeís conducir cuando estáis borrachos. Primero, porque no tenéis edad para conducir. Segundo: porque no tenéis edad para beber. Tercero: no es para tomárselo a broma, aunque tuvierais edad, no debéis hacerlo. Primero: porque es peligroso para vosotros mismos. Segundo: podeís joderle la vida a cualquiera y, de paso, jodérosla a vosotros mismos por el mismo precio. No le hagáis caso al señor ex-presidente, sí que hay gente que es quien para decirle a él cuando debe o no debe beber vino. Pero, yo no me caracterizo por haber tenido una vida muy sana y correcta, aunque tampoco es cosa ahora de dar la impresión de que he sido un rebelde con una vida repleta de situaciones arriesgadas. Es un término medio, una medianía igual de mediocre y equivocada. A lo que iba: el que conducía estaba borracho. Nosotros, en el asiento de atrás, también. Y en su descargo diré que conducía a veinte por hora aunque iba agasajándonos con un tour interminable por las calles de Bilbao a fin de no encontrarse con la policía en la salida de la autopista. Ya sabemos que, aunque luego no las recordemos de resaca, las conversaciones entre borrachos suelen ser muy cómicas, sobre todo para el que está sobrio y ejerce de testigo. El tipo que iba de copiloto no había bebido más que cocacolas, así que él fue el que guardó todo esto en la memoria para convertirlo en comedia melancólica mejor que en la potencial tragedia que le parecía cuando se montó en el coche a pesar de sus reticencias. Ya podías haber aprendido a conducir, le decía mi amigo al volante. Él nos contó unas semanas después como la gente miraba pasar el coche a paso de burra y asistían complacidos a la bulla que se podía ver a través de la ventana abierta. No era el ruido típico de música bum-bum y jóvenes chumba-chumba atemorizando con sus onomatopeyas incongruentes. Era el rifirafe dialéctico de una banda de treintañeros cabezones discutiendo sobre quién era más rápido si Nigel Mansell, Alain Prost, Ayrton Senna o los que todo el mundo conoce ahora. Alguien gritaba que Mansell era el mejor, y el otro le discutía que no, que Senna fíjate si iba rápido que no pudo tomar aquella curva. Yo decía que Prost, que Prost siempre fue el mejor y el más rápido. Mientras tanto, deambulábamos a veinte por hora por las calles de un Bilbao que amanecía sin más prisa que la justa en un domingo pasado por agua. Seguía la discusión y yo seguro que porfiaba para defender a Prost porque me gustaba su pelo rizado y su mono lleno de pegatinas y como decía tacos en francés. Senna era demasiado educado, demasiado normal. De Mansell no me gustaba el bigote aunque me recordaba a Tom Selleck conduciendo un deportivo rojo. El copiloto debía estar gritando que nos calláramos y que dejáramos conducir tranquilo a nuestro amigo que a veinte por hora, y eso si lo recuerdo, soplaba los morros y hacía burrum-burrum porque creía que el mejor era Sito Pons aunque fuera en moto. No tengo nostalgia de aquellos días, ni tan siquiera de aquellos pilotos, porque la formula uno siempre me ha parecido un coñazo y estoy cansado del bombardeo mediático desde que el asturiano le ganó la partida al alemán. Las motos, por mucho burrum-burrum que hagan, tampoco me llaman nada. Solo he disfrutado dos veces como dios manda de la emoción de una carrera y, en la primera y para variar, aunque no borracho, estaba de resaca, éramos monitores de tiempo libre y la noche había sido larga, muy larga, de hecho, porque mi amigo Diego y yo nos habíamos empeñado en ver amanecer desde la playa. A la mañana, obligados a preparar el desayuno, apenas nos levantamos recién nos acostamos y después de cumplir, nos sentamos en el comedor vacío, encendimos el televisor, Diego se hizo un porro, yo mezclé kalimotxo y una de las monitoras nos trajo dos bocadillos recién hechos de chorizo frito. Gritábamos hacia el televisor ¡dale gas Crivi! como si nos importara una mierda que ganara Crivillé, que no se si lo hizo porque nos fuimos antes de que la carrera terminara, pero estuvo emocionante mientras duró el bocadillo. La segunda, fue la misma mañana de domingo en la que conducíamos bajo el sirimiri a veinte por hora. Dos horas más tarde estábamos en el barrio, aun cuando se tardan veinte minutos sin tráfico. Nadie quería irse a casa, ni tan siquiera el copiloto sobrio, y a falta de otro sitio, nos metimos en el viejo café de la estación a desayunar. Dos de nosotros aún se emperraban en decidir si Nigel Mansell era mejor que Alain Prost. Nadie terció. Al poco, la dueña del bar encendió el televisor y nos pusimos a berrearle a la tele, ¡ Vamos Simoncelli!, Limoncello o como fuera, fue divertido que cada uno eligiera el suyo y brindáramos al final porque todos, cada uno de los pilotos que habíamos elegido se fue al suelo. Esa fue la segunda vez y última. Y eso es todo. Ah, no, dos cosas: solo recordar, niños, que no debéis conducir si habéis bebido y que ni tan siquiera debéis propasaros con la bebida, hablo en serio. Y, segundo, el mejor y el más rápido, sin duda, sin duda, fue Juan Carlos Delgado, "El Pera."
sábado, 18 de octubre de 2008
Oskar Jakue
Empecé este blog con mi amigo Diego y precisamente con él he tenido la oportunidad de estar este viernes. Entre salchipapas y mahous en la bodeguilla de su barrio hablamos de muchas cosas y, entre ellas, del blog del que fue protagonista al empezar. Nos dejamos llevar por la memoria y en un momento dado, nos acordamos de Oskar Jakue. Para incluirle en este blog podría esgrimir razones tan contundentes como que fue campeón del mundo de lanzamiento de boina y presidente del club de fútbol de su barrio, el Retuerto, durante años una prolífica cantera de jugadores como el ya mencionado Diego, los Bugallo, Roberto Rodríguez o Iñaki Lafuente. Y muchos muchos más, supongo, pero yo solo me acuerdo de esos porque a algunos los conocí y a otros, una vez más, los conoció Diego. Lo de ser campeón del mundo de lanzamiento de boina no es gratuito. Él, según creo, organizó el primer campeonato aprovechando las fiestas del barrio del que hablábamos antes y él mismo consiguió el trofeo. Hace mucho que no veo a Oskar Jakue. Si he de ser sincero, en mi memoria, Jakue no quedará grabado por sus logros deportivos, sino por sus logros etílicos. Verle volcar cubatas en su garganta era un espectáculo olímpico. Ver como en las fiestas del pueblo las vaquillas le sorteaban a él en lugar de al revés era más apasionante que una final de la Copa de Europa. Recordar cómo se cabreó con el de la seguridad de un pub, arrancó el baño de pared de un arreón y lo sacó a la calle para ponerse a mear en medio de la carretera fue una hazaña no sé si deportiva pero de mucho riesgo físico. Sería más fácil que hiciera una crónica deportivo-etílica. Ahí si que conocería sujetos a resaltar, pero, en fin, nunca hay que olvidar que Jakue es recordado con cariño por aquellos que le tuvieron como presidente y que, al fin y al cabo, ha sido campeón del mundo. No muchos pueden decir eso.
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