Tonya Maxine Harding es probablemente una desconocida para la mayoría de la gente hoy en día, más aún en países como el nuestro, donde el patinaje artístico sobre hielo no es precisamente un deporte que arrastre masas. Sin embargo, a principios de los noventa, Harding fue una estrella mediática en los Estados Unidos. Primero, por ser una de las mejores patinadoras del mundo. Después, por convertirse en uno de los ejemplos más duros de cómo se puede caer de forma estrepitosa desde lo más alto de la cima. Harding tiene ahora casi 38 años, entre otras cosas, participa en un programa de televisión y es una luchadora de "vale tudo". A ver si me sale bien, voy a hacer una pseudo crónica periodístico-literaria de su carrera:
Tonya nación en Portland, Oregón y desde muy joven se dedicó al patinaje artístico. Su hermanastro, Chris Davison, murió muy joven y Tonya acusó a su madre de abusar físicamente de ella tras la muerte de su hermanastro. Dejó el colegio para dedicarse al patinaje y con 19 años se casó con Jeff Gillooly, que se convertiría poco después en su guardaespaldas y en el protagonista principal del lado oscuro de la biografía de la patinadora. Tonya despuntó en 1991 durante el campeonato de patinaje artístico sobre hielo de los Estados Unidos. Allí, consiguió la victoria final y se convirtió en la primera patinadora americana y segunda del mundo en realizar un salto conocido como el triple axel, al parecer todo un logro internacional. En el campeonato del Mundo de ese mismo año, Tonya se alzó con la medalla de plata. Repitió el triple axel en este campeonato. Poco después, empezó su declive y al mismo tiempo su hazarosa rivalidad con Nancy Kerrigan. Tonya era de origen humilde y tumultoso, poco agraciada y contaba con un sinfín de anécodotas torpes durante sus participaciones en distintos campeonatos. Nancy Kerrigan, por su lado, tenía una bonita sonrisa y era una niña prodigio. En 1992, Tonya solo consiguió ser tercera en el campeonato de los Estados Unidos porque se torció el tobillo en un entrenamiento. Ya por entonces, se empezaron a agravar sus problemas de astma, principalmente porque fumaba, y tenía continuos problemas para encontrar entrenador, incluso lo intentó ella misma, pero no funcionó. En los Juegos Olímpicos de 1992 llegó tan tarde que se vio afectada por el jetlag. Sin embargo, su declive llegó durante la preparación para los juegos de invierno que se disputaron en Lillenhammer, Noruega, en 1994. Antes de que llegara el acontecimiento, Nancy Kerrigan, su rival y compatriota, fue asaltada mientras entrenaba por un desconocido que la golpeó con una barra de hierro en la rodilla. Pronto, se descubrió toda la conspiración. Jeff Gillooly, ex-marido ya por entonces de Tonya Harding, y Shawn Eckhardt, su compinche, fueron acusados de contratar a Shane Stant para que llevara a cabo el asalto. Intentaron expulsar a Harding del equipo olímpico, pero los abogados de la patinadora consiguieron convencer a la federación amenazándoles con exigir una indemnización millonaria si era expulsada de la selección. Gillooly llegó a un acuerdo con los abogados de la acusación para señalar a Harding como la culpable de todo el asunto y Harding admitió estar informada de todo y haber colaborado para esconderlo y así evitó una condena más grave. Sin embargo, Tonya siguió diciendo que ella era inocente y se tatuó un ángel en su espalda para expresarlo artísticamente. De hecho, en una autobiografía que publicaría más tarde bajo el título de The Tonya Tapes, Harding confesó haber estado tentada de llamar al F.B.I. para informarles de todo pero que Gillooly la amenazó de muerte. El caso es que Nancy se recuperó a tiempo de participar en los Juegos de Invierno y, como buena protagonista del sueño americano, se alzó con la medalla de plata, mientras que Tonya, que ya se había convertido en la mala de la película, solo pudo hacerse con el octavo puesto. La campaña mediática, antes, durante y después de Lilliehammer, fue exagerada. Tonya apareció en las portadas del Time y de Newsweek, los periodistas vivían acampados fuera de la casa de Nancy Kerrigan y la CBS envió a Connie Chung a Noruega para que siguiera cada paso que diera Harding. La historia de una y de otra, el éxito de la heroína Nancy y el fracaso de la malvada Harding pasaron a ser parte de la memoria sentimental del americano medio. Desde aquella fecha fatídica de 1994, Tonya Harding comenzó un descenso a los infiernos que aún no ha tenido freno. Se convirtió en una estrella del desnudo en Internet después de que su marido se encargara de difundir un video íntimo de la pareja teniendo relaciones sexuales, fue manager de Art Barr en el USA Pro Wrestling Show y empezó a ampliar su larga ficha policial: en 1995, tuvo un accidente de tráfico, en 1997, denunció que había sido secuestrada a punta de cuchillo pero no se encontraron indicios, también ese año denunció el robo de su camioneta, y en 2000 la estrelló en un río cuando conducía, probablemente ebria, junto con su novio, el mismo que la acusó y la condenaron por violencia doméstica en el mismo año. Dos más tarde fue expulsada de su casa en alquiler. En 2005, un juzgado la obligó a dejar el alcohol tras una riña con su nuevo novio y ya, por último, el año pasado, llamó a la policía denunciando que había hombres armados intentando robar su camioneta y esconder armas en su casa, pero un amigo de Tonya confesó a la policía que en los últimos tiempos la joven había admitido ver animales y personas que nadie más veía. Y su carrera deportiva, continuó con el boxeo, al que se dedicó por un corto espacio de tiempo y sin mucho éxito. De ahí, pasó, como decía al principio, al "vale tudo", una especie de lucha extrema donde recibe palizas y se fotografía a cambio de cinco dólares con los aficionados que la esperan a la salida de los combates. A parte de eso, se ha hecho habitual en un programa de la Fox que se titula The Smoking Gun Presents: World's Dumbest, donde comenta los videos más extravagantes capturados por cámaras de videos y servicios de 911. Hace poco, volvió a aparecer en televisión cuando se presentó al estreno de la ópera basada en la historia de aquella famosa barra de hierro: "Tonya and Nancy: The Rock Opera" y, para terminar, en una reciente entrevista al Kansas City Star, la antaño estrella del patinaje, Tonya Harding, se describió a sí misma con las siguientes palabras: "Soy una paleta del sur. Vivo en medio de la nada. Corto madera, bebo cerveza, arreglo coches, esas cosas. Ésa soy yo." Yo no me dedicaré nunca al periodismo deportivo, ya se ve que no tengo mucho talento, pero de lo que estoy seguro es de que, más tarde o más temprano, algún director oportunista llevará la vida de Tonya al cine. No sé si la película será buena ni quien hará su papel, pero espero que lo que le quede por vivir a Tonya, sea o no sea culpable de aquel incidente, tenga un final feliz.
Fanzine deportivo literario. Crónicas caprichosas sobre héroes y villanos del mundo del deporte
miércoles, 26 de noviembre de 2008
martes, 25 de noviembre de 2008
Casey Harriman
¡Empezó la NCAA! Y no pudo empezar mejor para los Bluejays de Creighton: tres partidos, tres visitas en casa, tres victorias. La primera, apretada, ante New Mexico, por 82-75, después de un parcial de 17-0 en los 3 últimos minutos; la segunda, sin sobresaltos, 82-50, ante Arkansas-Pine Bluff; y la última, también fácil, ante Oral Roberts, una universidad cristiana de Tulsa, Arizona, por 22 puntos, 87-65. En el primero, ante New Mexico, brilló Tony Dandrige para los del suroeste con 23 puntos. Por Creighton, llevaron el liderazgo P'Allen Stirrett con 30 puntos, mejor marca de lo que va de temporada y Booker Woodfox con 26. Nuestro amigo Casey Harriman no tuvo mucha suerte, jugó 10 minutos, no anotó ningún punto, perdió un balón, cogió un rebote e hizo una falta personal. Pues sí, pobre bagaje para un sophomore, digamos que duro trabajo de un hombre de equipo, sin más. En la segunda victoria, paliza sin paliativos ante los de Arkansas, donde solo se salvó Terrance Calvin, con quince puntos. En el equipo de Omaha, 15 puntos para Cavel Witter y 13 para Justin Carter, que aprovechó los muchos minutos que repartió Dana Altman. Nuestro amigo Harriman jugó hasta 18 minutos, pero solo consiguió anotar una canasta de dos puntos. Cogió también un rebote y robó un balón, pero cometió tres faltas personales y perdió el mismo número de balones. Subió los minutos en cancha, pero no aprovechó la oportunidad. Y, finalmente, el 3-0 lo consiguieron con otra victoria fácil ante Oral Roberts, supongo que una universidad amiga, por aquello de que comparten fe. Por los de Arizona, solo jugó bien Dominique Morrison, que anotó hasta 20 puntos. Por Creighton, Cavel Witter una vez más, con 25, y de nuevo Booker Woodfox con 12 puntos en quince minutos. Y, por fin, nuestro querido Casey Harriman aprovechó los minutos que tuvo, y bastante bien, por cierto. Casey anotó hasta diez puntos, cogió seis rebotes y robó dos balones, sin faltas ni pérdidas, y todo ello en tan solo catorce minutos. Esperemos que Harriman pueda seguir en esta línea. El próximo partido será la primera salida de una temporada que no podía haber empezado mejor. A ver si hay suerte, que en baloncesto es simplemente buen trabajo y un poco de talento, y los de Creighton llegan al March Madness y, ya puestos a pedir, con Casey Harriman cerca del quinteto titular.
lunes, 24 de noviembre de 2008
Gene Hackman
¿Quién no se acuerda de los Hickory Huskers? Paso de analizarla críticamente porque no puedo, solo puedo hacer un encomio sentimental. La última vez que la vi vivía en Estados Unidos y tenía tan poco que hacer que me enganché al viejo canal de reposiciones, la vi tres veces en el mismo día, y al día siguiente hice lo mismo con El Club de los Cinco. Así que, me da igual si solventa bien o no los tópicos sobre los que sustenta parte de la energía narrativa, si el ritmo fílmico es o no es el adecuado, si los personajes están bien desarrollados, si el final es decepcionante o no, parece que siempre que algo termina bien es exagerado y poco creíble. A mí me gusta como empieza, como sigue y como termina, y como termina me gusta dos veces, porque ganan y me gusta que ganen, me gusta tragarme de vez en cuando una de esas películas sobre el sempiterno sueño americano que, en realidad, tiene más de universal que de americano. Hay frases que tengo en la memoria, o escenas, como cuando llegan al estadio de la final y miden la canasta, cuando los hombres de la comunidad visitan al entrenador, cuando el tirador se entrena en una vieja canasta en la granja o cuando Gene Hackman y Barbara Hershey hablan en medio de la meseta del medio oeste. Dennis Hopper borracho, Gene Hackman cabreado, el chaval que tiraba los tiros libres "a la cuchara." Para mí es la mejor película sobre baloncesto, aunque tampoco recuerdo muchas, la de los blancos que no saben meterla, la de un chaval joven y enclenque que se enamoraba de una chica que le ayudaba a leer Moby Dick, la de Whoopi Goldberg entrenando a los Knicks, una en la que Nick Nolte se iba a buscar a Shaquille O'Neal para ficharlo para su universidad, la de Michael Jordan y el demonio de Tasmania, la de Forrester y el trasunto de Salinger interpretado por Sean Connery, la del perro que vuela, la de Leo di Caprio que dirán lo que dirán, y tendría música de PJ Harvey, de Pearl Jam, de Soundgarden y de lo que sea pero a mí me pareció un bodrio... No conozco muchas más, y la mejor, de manera caprichosa y personal, me sigue pareciendo Hoosiers. Aquella última vez que la vi, mientras vivía en Estados Unidos, me entraron ganas de jugar al baloncesto. Al día siguiente por la tarde, le pedí permiso al bedel de infantil para coger un balón y tirar unos tiros en la cancha del colegio. A los cinco minutos, se me acercó un muchacho de una de mis clases, tendría diez años, no me acuerdo como se llamaba, Conor, Gable, Bayley, algo así. Empezamos pasándonos la pelota para tirar, después vacilamos con el uno a uno, y cuando jugábamos a imaginarnos la última canasta, empezó a regatearme mientras gritaba, Hickory pierde por uno, Jimmy tiene la pelotaaa, dribla a izquierda, dribla a derecha, lanzaaa, y, claro, no es una peli, aunque me aparté falló, pero yo cogí el rebote, lanzé la bola a tablero, y grité: ¡Y Jimmy encesta para Hickory! y los dos empezamos a correr por la cancha celebrándolo, hasta que nos dimos cuenta de que, aunque fuera con una sonrisa, la señora Winchel nos estaba mirando desde la puerta.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Holden Caulfield
Supongo que los que lo leyeron en su día recordarán que Holden Caulfield era el protagonista de la novela de JD Salinger El guardián entre el centeno. Podría buscar argumentos deportivos para justificar que Holden Caulfield encabece esta entrada. Al fin y al cabo, la novela empieza cuando regresa con sus compañeros del equipo de esgrima de un duelo en el que no pudieron participar porque Holden extravió los floretes en el metro. Y, cuando llegan al colegio, todo el mundo está en el estadio de fútbol porque se juega un partido de máxima rivalidad contra otro colegio, pero él prefiere ir a visitar a su resfriado profesor de historia. En realidad, lo que quería hacer en esta entrada es recapitular, y como para recapitular no se me ocurría ningún nombre para encabezar la entrada, lo he hecho utilizando el que yo habitualmente uso para firmar las entradas. Quería recapitular, ahora que, creo, alcanzo las 37 entradas con esta, un número de lo más caprichoso, sin ningún significado. En las 36 anteriores, he encabezado las entradas con: 15 jugadores de baloncesto, 7 jugadores de fútbol (en realidad seis, uno de ellos mi amigo Diego y otro personaje que fue presidente de un equipo de barrio), 3 ciclistas, 2 tenistas y 1 piloto de fórmula 1, 1 skater, 1 atleta y 1 jugador de rugby. Las otras cinco entradas fueron encabezadas por dos músicos, un escritor y un político, además de la primera que llevaba el título del blog y servía de presentación. Por lo tanto, se ve de qué pie cojeo y cuáles son los deportes que más me gustan y de los que, por decir algo, más entiendo (a los que he dedicado más tiempo, en realidad). La selección, como ya se dice en el subtítulo del blog, ha sido siempre caprichosa, a menudo, excesivamente personal. Siempre, dentro de mis posibilidades y de mi talento, he intentado cuidar la redacción. Solo me pongo un pero, pero en realidad no deja de ser, igualmente, un juicio personal y caprichoso: aún no he encabezado ninguna entrada con una mujer. Un día pensé hacerlo con Blanca Ares, y tengo guardada la historia de aquella famosa patinadora norteamericana que cayó en la más absoluta de las desgracias, pero, por una razón o por otra, aún no lo he hecho, y el dato es el dato. En fin, tampoco es que quisiera reflexionar mucho sobre lo que vengo haciendo. Simplemente, tenía la sospecha de que me estaba cebando con tanto jugador de baloncesto, y quería cerciorarme para confirmarlo. Ni tan siquiera voy a hacer promesas, este blog, a tenor de los nulos comentarios que recibo, sigue siendo un proyecto íntimo y sin ambiciones, del que disfruto a titulo personal y del que abuso para rellenar los huecos que aprovecho para descansar durante mis horas de trabajo frente al ordenador. No creía que iba a llegar tan lejos, eso también es verdad. Así que, nada, el próximo, si tengo ganas y cumplo lo que he pensado, lo encabezará Gene Hackman y, las chicas llegarán en breve, seguro.
Darral Imhoff
O bien podía haber puesto a Mark Pope o a Scott Hastings. Los tres eran pivots. Los tres son grandes leyendas para mí. Imhoff era el pivot titular de los Knicks cuando Wilt Chamberlain consiguió cien puntos. Su frase célebre fue algo así como: en la NBA hay pivots titulares, suplentes de esos titulares y suplentes de los suplentes, yo soy uno de esos últimos. Hastings, era un pivot blanco que jugó para los Hawks, los Knicks, los Heat, los Pistons y los Nuggets en algo más de diez años de carrera. Con los Pistons llegó a ser campeón de la NBA. Su frase célebre la dijo cuando fue fichado por los Heat, fue algo como así: estoy aterrorizado. Creo que soy el mejor jugador de este equipo. Y, por último, el gran Mark Pope. Jugó en los Pacers, en los Bucks, en los Knicks y en los Nuggets y en su mejor temporada promedió 2.1 puntos por partido. Sus frases célebres son un par de joyas: siendo tan malo como soy, para mí es un honor ser el 12º jugador de este equipo y esta vez esperaba que se les hubiera ocurrido algo original para ponerme en la lista de lesionados, algo así como caspa crónica, en sus dos primeros años estuvo prácticamente toda la temporada lesionado, solo jugó 32 partidos. Imhoff, hoy en día, es vicepresidente de ventas y márketing de la Academia de Baloncesto de los Estados Unidos, Hastings tiene un programa en la radio y Pope no sé muy bien a qué se dedica, pero se apuntó a una escuela de medicina y está casado con una antigua colaboradora del show de Letterman. Sus frases célebres, además de ser ocurrentes, son muy significativas. Creo que es saludable y meritorio encarar con esa sinceridad tus defectos. Seguro que así encararán también sus virtudes, que, a veces, suele ser la raíz del problema, pregúntenle si no a Cristiano Ronaldo por sí mismo. Estos tres, por cierto, los tres eran pivots y blancos, son para mí auténtica historia del baloncesto y del deporte en general. Otro día ya, hablo de Wilt Chamberlain, Shaquille O'Neal y Tim Duncan, seguro que es más aburrido.
jueves, 20 de noviembre de 2008
David Wood
Siempre me han gustado los falsos ala-pivots blancos norteamericanos con buena mano. Me refiero a los que han jugado en España: Joe Kopicki, Russell Larsson, Josh Asselin, Joe Arlauckas, Dylan Page... y David Wood. También Europeos o españoles con las mismas características: Ricardo Peral, Pep Cargol, Santi Abad, Andrés Jiménez, Carlos Jiménez, Andrés Nocioni, Walter Hermann, Jan-Hendrik Jagla, Mirza Teletovic, Ersan Ilyasova, Marcelo Nicola... Esos se me ocurren ahora, muchos fueron buenos, otros pasaron desapercibidos, pero es mi debilidad. También me gustan los de color, eso sí, no voy a justificarme, me parece estúpido, jugadores como Marcus Haislip también me gustan, pero son más físicos, van más de fuera a dentro para buscar el mate, a mí lo que me gustaba era lo contrario, tíos altos, algunos hasta torpes, que salían fuera para lanzar de tres con efectividad. Hoy leía en un periódico deportivo de tirada nacional un reportaje muy pintoresco sobre el Fuenlabrada y me quedaba con el detalle de que el presidente era el alcalde socialista de Fuenlabrada y como el periodista señalaba que, a pesar de sus ideas políticas, había tenido muy buena relación con David Wood, evangelista y republicano, probablemente, decía el periodista, el jugador más conservador que haya pasado por España. Así que me he puesto a rebuscar en Internet para ver si encontraba algún otro comentario sobre el tema, y no he encontrado nada, pero he enredado rebuscando sobre su biografía y palmarés. Me he quedado con estos datos: veinte años de profesional y veinte equipos distintos y fue medalla de bronce con los Estados Unidos en el campeonato del Mundo de 1998. Veinte equipos, entre ellos, Universidad de Nevada, Spurs, Suns, Mavs, Bucks, Bulls, Warriors, Rockets, Limoges, Taugrés, Barça, Canarias, Fuenlabrada... y no están ordenados cronológicamente. Creo que también jugó en Filipinas. Por lo que respecta al bronce, formó parte de una selección que dirigía Tomjanovich, ¿dónde estará éste?, ¿en la barra de algún bar?, con compañeros como Trajan Langdon, Michael Hawkins, Wendell Alexis, Brad Miller, Jimmy Oliver, Bill Edwards o Ashraf Amaya, vaya selección, probablemente el metal más logrado de la historia del baloncesto norteamericano. Y eso es lo que he hecho este mediodía, antes de ponerme con lo mío, ya ves tú, cualquiera pensará que vaya peñazo de tío. Y no le faltará razón. Pero me gustaba como jugaba David Wood, sobre todo cuando estuvo en aquel Taugrés, que ya empezaba a crecer de la mano de Kerejeta y que llegó a semifinales de la ACB, con Santi Abad, Carlos Dicenta, Laso, Joe Arlauckas, Ramón Rivas... y entrenados por Herb Brown, que llegaron a ser conocidos, sobre todo entre la prensa de Madrid, con el apodo que ya se utilizó para los Detroit Pistons campeones de la NBA. David Wood era todo temperamento y lucha, pero aparte era un buen jugador, con buena mano y rebote en ataque. De todos esos que he dicho al principio, no es el que más me gustaba, pero siendo evangelista y republicano, puede que ahora me guste menos, eso sí, la gente más cariñosa y desprendida que conocí en Estados Unidos, era evangelista y republicana, así que, sea como sea, siempre guardaré un buen recuerdo del pelirrojo David Wood, era pelirrojo, ¿no?
martes, 18 de noviembre de 2008
Alberto Berasategi
Creo que podría decir que es el tenista vasco más famoso de la historia, a pesar de que perdió Roland Garros contra Bruguera y a pesar de que deportivamente se formara en Cataluña. A pesar de todo, es el tenista vasco más famoso porque no ha habido muchos más. Mi padre trabajó hasta poco antes de su fallecimiento en una de esas industrias sidrometalúrgicas que en la segunda mitad del siglo XX ayudaron a medrar a esta tierra. Era soldador en la Babcock Wilcox de Sestao, un complejo de talleres y hangares en el valle que se abre entre los montes de Ansio, el Serantes y el mar al fondo y las zonas urbanas de Barakaldo y Sestao. En los buenos tiempos, cuando la fábrica facturaba grandes proyectos para todo el mundo y los trabajadores obedecían la sirena de los turnos para salir en tropel, con algarabía, sucios, y las tarteras en la mano y sus buzos azules, la compañía se empeñó en desarrollar una política social para con las familias de la plantilla. Construyeron una biblioteca, un gimnasio, piscinas, y daban cursos en pequeñas habitaciones con pupitres con pala. Yo asistí a uno sobre técnicas de estudio. Me pareció una soberana gilipollez, pero desde entonces, me puse a hacer esquemas con rotuladores multicolores que, aunque me siguiera pareciendo una gilipollez, me ayudó a terminar la carrera con salud y tiempo libre. En una esquina del gimnasio, levantaron dos o tres pistas de tenis al aire libre. Una tarde de verano, fui a jugar allí con el hijo de uno de los compañeros de mi padre. Recorrimos los kilómetros que separaban la fábrica de la ciudad en bici, nos cambiamos en los vestidores, hicimos un poco el tonto en las cintas de correr y fuimos a la pista. Me ganó 6-0 y 6-0 y en mi vida me he aburrido tanto. Hasta me alegraba de tener que saltar al riachuelo que seguía el borde del cemento de la pista para recoger las pelotas que, en una proporción de 9 de cada 10 veces, perdía yo. Aquello era más divertido que darle a la pelota. No era capaz de subir la pelota sobre la red, y cuando lo hacía, se me iba más allá de las líneas. Corría detrás de las que me devolvía mi amigo sin sentido y sin interés ninguno. Fue una auténtica condena. Ni tan siquiera las bromas al principio, cuando él "se pedía" Mónica Seles y yo Steffi Graff y jugábamos a subirnos los pantalones cortos y estirarnos las camisetas para aparentar que llevábamos falda corta duraron lo suficiente cuando empezó el partido. Supongo que el tenis es un deporte divertido pero no para neófitos. Me he acordado de todo esto, y luego de Alberto Berasategi y de toda la familia junta frente al televisor para ver a Arantxa Sánchez Vicario o de la imagen ya vulgar y manida de Rafa Nadal sacándose la goma de la braguilla de donde le incomoda, porque hace unos días conducía un domingo de mañana, sin más aspiración que pasarla cuanto antes y, al recorrer la larga recta de los polígonos industriales, pasé por el viejo gimnasio, di media vuelta, aparqué junto al complejo donde ahora se acumulan los burdeles y los autolavados y caminé por detrás, siguiendo el arroyo, hasta acercarme a lo que fueron las pistas de tenis. Ya no queda nada. El gimnasio está abandonado, las marquesinas de los aparcamientos las desmontaron hace unos meses, la hierba mala crece por las grietas de la pista de tenis, ya no se oye el eco de la gente al saludarse alegre cuando venían en Navidades a recoger las cestas de Navidad. Tampoco está mi padre ya. En cierta manera, me alegra que no haya sido capaz de ver todo esto. Aunque hubiera preferido que lo viera. Mi amigo si está, aunque ahora puede que esté en Oriente Medio, y creo que sigue jugando al tenis y hace mucho que no le veo ni tan siquiera para devolvernos sin raquetazos unos saludos convencionales. Sin embargo, todo sigue estando allí. Supongo que es lo que aprendemos según vamos creciendo, a ver lo que se ve cuando no se ve nada. Supongo que a Alberto Berasategi le pasará la mismo si se acerca de visitante a la pista central de Roland Garros, se pone de pie y olvida a la gente y se deja llevar por la memoria. El tiempo, aunque se escriba en los libros y se guarde en la memoria, al final nos pone a todos en el mismo sitio. Deuce.
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