No pretendo crear morbo, ni tampoco dar lecciones de ética. No sé lo que hizo antes Leonardo Medina ni a dónde creía que iba Axel Witsel. Creo que son dos jugadas que deberían quedar en la retina. Ninguna de las dos deberían repetirse. No creo que la competitividad del deporte profesional deba servir como disculpa para justificar, aunque sea tan solo parcialmente, este tipo de jugadas. Hoy le toca a las ligas boliviana y belga, pero ejemplos ha habido por doquier en distintas ligas.
Fanzine deportivo literario. Crónicas caprichosas sobre héroes y villanos del mundo del deporte
lunes, 31 de agosto de 2009
domingo, 30 de agosto de 2009
Ricardo Páez

Ya se sabe que me gustan estas chorradas. Y lo leí hace unas semanas en algún periódico, pero no recuerdo muy bien el nombre. Así que igual hay otro jugador en la Segunda División (me resisto a llamarla como se debe de llamar ahora) más trotamundos que él, pero el caso de Ricardo Páez, centrocampista ofensivo venezolano que ha fichado por el Castellón es bastante mareante, si eres de los que necesitas la biodramina cuando viajas.
El hijo del ex-seleccionador de Venezuela, Richard Páez, ha jugado, a sus treinta años, en 11 países diferentes: Venezuela, Bélgica, Perú, Colombia, Grecia, México, Argentina, Emiratos Árabes Unidos, Ecuador, Rumania y el último, España. Y lo que es más sorprendente, en 22 equipos distintos. Solo en Venezuela, ha jugado en 7 equipos distintos: ULA Mérida, Estudiantes de Mérida, Deportivo Tachira, Nacional Tachira, UA Maracaibo, Deportivo Italmaracaibo y Mineros de Guayana. Además de todos esos, ha jugado en el Standard de Lieja, en la Boca Juniors y Lanús, en los equipos mexicanos de San Luis y América, en el Beni Yas Club de EAU, en el Barcelona ecuatoriense, en el América de Cali y el Deportivo Pereira, ambos de Colombia, la Politécnica Timisoara, en los equipo griegos del PAS Giannina y el Veria FC y los peruanos del Universidad César Vallejo y el Alianza de Lima. Por supuesto, el Castellón termina la lista. Pero seguro que Páez no se ha cansado. Veremos como le va en Castellón de La Plana. En el primer partido de liga, debutó en el minuto 90 sustituyendo a Guzmán. Su equipo empató a cero ante el Hércules. Si no le va bien, siempre le queda volver a coger la mochila. A sus treinta años, aún le queda tiempo para jugar en África y Oceanía, o para ampliar su lista de equipos venezolanos y completar toda la liga, o quizás tenga unos objetivos aún más ambiciosos. Al menos, tendrá bien de anécdotas y sabiduría (siempre se aprende mucho viajando, si quieres) para decirles a sus hijos, nietos, o a los hijos y nietos de sus amigos, si es que no los tiene. Veremos como le va en la Segunda División.
Marco Marzano

Empezó la Vuelta a España en Holanda, con una demostración de velocidad a cargo del bueno de Fabian Cancellara. 54 kilómetros a la hora durante poco menos de cinco kilómetros y sin despeinarse. Las piernas más espectaculares del pelotón desde aquel esprinter tan estruendoso llamado Djamolidine Abdoujaparov,el califa uzbeko. Marco Marzano fue el último. El italiano de 29 años perdió más de un minuto y medio.
La fiesta acaba de empezar. Aún quedan otras dos contrarreloj, el Alto de Aitana, el Xorret del Catí, el Alto de Velefique, Navacerrada antes de La Granja, las murallas de Ávila, La Pandera o Sierra Nevada. Además de las encerronas del norte, empezando con los 600 metros de pavés de hoy y terminando con la etapa de Lieja. Los protagonistas son una incógnita. Quitando a Alejandro Valverde, todos los demás me traen dudas: la presión de Samuel Sánchez, los años de Cadel Evans, la juventud de Gesink, los kilómetros de los Schleck, la irregularidad de Antón, la ambición de Mosquera, la humildad de Tondo, la fragilidad de Zubeldia, la redención de Vinokourov y Basso, la inconsistencia de Cunego... Hay otros nombres que no salen en las principales quinielas y que siempre pueden sorprender: José Ángel Gómez Marchante, David Moncoutie, Juanjo Cobo, Tom Danielson, Roman Kreuzinger... Y alguno más con el que seguro no contaba nadie. Quizás así, la vuelta resulte más disputada y atractiva. Esperemos que haya muchos protagonismas, decenas de ataques, cambios de líderes y emoción hasta el final. El Tour de Francia dejó un sabor agridulce y el Giro está ya muy lejos. En su lucha por volver a abril, la Vuelta necesita demostrar que es una competición bien organizada y generadora de espectáculo y beneficios económicos. A falta de que los corredores lo endurezcan, soy de la opinión de que el recorrido ofrece suficientes alicientes para crear una carrera disputada y combativa.
No tengo favoritos, aunque sí deseos de que ganen ciertos corredores. Aún así, aún a pesar de cierto vínculo afectivo con determinados corredores o equipos, lo bueno del ciclismo es que siempre existe un amor incondicional por el deporte en sí. Una vez disfrutada ya la exhibición de Cancellara, y a la espera de que los anteriores ofrezcan una bonita lucha por la victoria final, esperemos que los Bennati, Ciolek, Freire, Boonen, Farrar y compañía nos den espectáculo en la volata y los grandes rodadores y aventureros como Egoi, Txurruka, Nocentini, el malagueta, Fedrigo, Joaquim, Florencio, Duque, Casar, Millar, Ballan, Szmyd, Barredo, Gárate, Gilbert, Kirchen, Albasini, Arvesen, David de la Fuente, Kroon o Herrero nos hagan disfrutar con la belleza plástica del ciclismo. A partir de ahora, los que no puedan acercarse al asfalto, a disfrutar del tornillo que le falta a Perico Delgado.
viernes, 28 de agosto de 2009
Tom Williams

Quizás lo hicieron en homenaje a Roberto Rojas, aquel portero que se cortó deliberadamente en 1989 para simular una agresión y suspender el partido de clasificación para la Copa del Mundo que su selección perdía contra Brasil por 1 a 0. ¿Qué hacía Roberto Rojas con una cuchilla escondida en el guante, por cierto?
No sabía muy bien si titular esta entrada con el nombre del jugador, Tom Williams, o con el del entrenador, Dean Richards, porque de los dos se podría hablar para explicar qué sucedió hace unos días en la Heineken Cup, algo así como la Copa de Europa de rugby. Al final, me decanté por el nombre del jugador, más que nada porque, hasta nuestra prensa, la noticia llegó con su nombre en los titulares: “Tom Williams, el tramposo”, decían, más o menos, todos los periódicos.
Tom Williams tiene 26 años, mide 1’80, pesa 90 kilos, y juega al rugby con los Harlequins. Nunca ha sido internacional. Dean Richards, su entrenador, fue un buen jugador de rugby, internacional en 48 ocasiones, que agrandó su carrera deportiva con grandes éxitos como entrenador. Sin ir más lejos, ganó dos Heineken Cup, la primera ante el Stade Francais, y la segunda ante el Munster, ambas dirigiendo al Leicester Tigers, el mismo equipo que defendió como jugador. Tras 20 años de vinculación al club, fue cesado. Se llevó tal chasco que exigió que le devolvieran todos sus trofeos, además de proponer que se le cambiara el nombre a uno de los bares que habían bautizado en su honor. De ahí, marchó al Grenoble francés, de donde también salió con escándalo de por medio tras un motín de los jugadores. En 2005, fichó por los Harlequins. Hasta hoy. Un tercer personaje sería Steph Brennan, fisioterapeuta del club.
La historia, ya bien sabida, es la siguiente: los Harlequins jugaban un partido importante para su clasificación para las semifinales de la Heineken Cup. A falta de cinco minutos, los Harlequins perdían 5-6 contra el Leinster. El equipo tenía la oportunidad, y la obligación, de anotar si quería remontar. Había un pequeño problema: ya no quedaban cambios y no tenían ningún pateador sobre el terreno de juego. Según las reglas, se puede cambiar a un jugador una vez realizadas todas las substituciones, siempre y cuando sea por una lesión importante: sangrar por encima del cuello lo es. De repente, Tom Williams empezó a sangrar por la boca. Dean Richards aprovechó la ocasión para poner a un experto pateador en el campo, el neozelandés Nick Evans. Sin embargo, falló. Renqueante por una lesión de rodilla, Evans no acertó con el disparo.
Unos días después, Sky Sports descubrió la maquinación. Tom Williams había fingido tener sangre en la boca mordiendo una cápsula de tinta roja. El The Sunday Times había publicado las imágenes. Dean Richards dijo primero que no se enteró hasta ocho días después, y que, cuando lo hizo, decidió ser fiel al club y participar en la conspiración, cubriendo a jugador y club. Más tarde, confesó su implicación y acabó siendo condenado a tres años de inhabilitación. El fisioterapeuta fue condenado a dos años y también pidió perdón públicamente. El jugador, por su parte, fue inhabilitado por un año, pero, posteriormente, tras las confesiones de Brennan y Richards y las quejas del sindicato de jugadores que consideraba la sentencia desproporcionada, vio reducida la pena a tan solo cuatro meses de inhabilitación. El club, también, fue condenado a pagar 250.000 euros de multa.
Según The Times, existe un documento que demuestra que no es la primera vez que los Harlequins hacen uso de esta triquiñuela. El rugby inglés se ha visto sorprendido por el segundo escándalo en pocos días, tras la suspensión de ocho meses a Justin Harrison por consumo de cocaína. Aún quedan datos por descubrir, y también queda que la prensa estatal se haga eco de la noticia con todos los datos. Tom Williams volverá a jugar en noviembre, quién sabe si algún otro día intentará, de nuevo, engañar comiendo cápsulas de tinta o de cualquier otra manera. Dean Richards, quien, encima, sonaba como candidato a seleccionador nacional, será, probablemente, capaz de reconducir su vida, y su carrera, de una u otra manera. Nick Evans volverá a patear. Y Brennan, en mi enfermiza cabeza, quizás se olvide de todo con un par de buenas pintas. Puede que hasta Harrison logre reformarse.
Por cierto, ¿qué fue de Roberto Rojas? Si alguien lo sabe, que nos lo cuente, quizás, conociendo el final de su historia, podamos extraer la moraleja, y así contársela a Williams, Richards, Brennan y compañía e intentar que no se vuelva a repetir.
¿Eh? Intentar, solo he dicho intentar, joder.
Tomás Guasch

Una de mis mayores tentaciones, que reprimo con asiduidad, es hablar de la prensa deportiva. Amenacé hace tiempo con hablar de Patxi Alonso, que así dicho suena más amenazante todavía, ridículamente amenazante. Alguna vez, hice un comentario, como quien no quiere, sobre alguno de los periodistas de Cuatro, o los contertulios de las cadenas locales, o las retrasmisiones futbolísticas de las cadenas privadas. Caso aparte, Pipi Estrada. Solo un par de veces, alabé la labor de alguno de ellos, generalmente de la prensa escrita. Me sigo reprimiendo, y seguiré por mucho tiempo. Primero, porque yo tampoco soy quién para hablar, o para sentar cátedra, para dejar por escrito máximas y pretender que todo el mundo esté de acuerdo. No soy periodista ni alguien muy diestro con la crítica y la glosa. Segundo, porque, hoy en día, los periodistas se retratan solos, y, además, no creo que les importe mucho lo que tú digas sobre ellos. En muchos casos, el cinismo, cinismo casi profesional, campa a sus anchas o se disfraza de otro tipo de virtudes muy relativas. Y ese cinismo no es propiedad única de la prensa deportiva. Tercero, porque no va a servir de nada. Absolutamente de nada. Igual que el cinismo, o como se quiera llamar, es una tendencia extendida y sobreentendida, el corporativismo, los poderes fácticos y la manipulación de la opinión pública ha sido tan ejercida y mejorada durante el siglo XX y lo que llevamos de XXI, que ya hasta lo trasgresor es tan efímero y relativo que todo parece perder valor. No son inventos de la izquierda más beligerante, son nociones manidas y socorridas que hasta la izquierda más beligerante usa con eficacia.
¿A qué viene todo esto?
Tomás Guasch.
En mi opinión, la prensa deportiva, tanto escrita como radiada como televisada, no solo está sobrevalorada, si no que está depauperada (sin ejercer muy bien el significado de esta palabra, solo con que sirva el ruido que hace) y prácticamente a la deriva. Salvo honradísimas excepciones, que no son pocas. Nombres propios, muchos: prácticamente todos los periodistas de Cuatro, la gran mayoría de la radio deportiva (pero no conozco lo suficiente) y un 95 por ciento de los periodistas que escriben en el 95 de la prensa deportiva. Los tantos por ciento y los adverbios de cantidad son imprecisos y caprichosos. En realidad, solo estoy expresando una opinión, una sensación personal y privada, no estoy intentando llegar a ninguna conclusión.
Tomás Guasch.
Hoy escribía, en el As, un reportaje sonrojante sobre un término que él mismo se ha inventado y que seguro que le ayuda a reírse de sus propios chistes: el villarato, que más que parecerse a un juego de palabras que pretende aludir a una tiranía política, recuerda a cierto baile latino. Según el reputado periodista deportivo y consumado humorista y malabarista de la ironía, el villarato es, o dícese, de una confabulación más de Ángel María Villar, que tiene, como siempre, al Real Madrid de víctima y al FC Barcelona de acompasado beneficiario. En este caso, los argumentos de Guasch, pobres y estirados hasta convertirlos en una gasa transparente, son el tortazo (o golpe fortuito) de Víctor Valdés a Gaizka Toquero, y el penalti (o error malicioso del árbitro) señalado por falta (o falta inexistente) de Ustaritz Aldekoaotalora a Dani Alves. Ambas jugadas sucedieron en el pasado partido de la Supercopa de España. Aunque el propio Guasch añada que “probablemente” no le habrían hecho falta al FC Barcelona que estos dos lances del juego terminaran al revés para ganar, Guasch no se amilana y reitera que está claro que el FC Barcelona juega a placer, pero juega animado por el contubernio y la connivencia de Ángel María Villar, convertido, a estas alturas, en un ser todopoderoso (algo de ello habrá) capaz de transformarse en un monstruo de mil cabezas (quizás sea verdad).
Soy seguidor del Athletic. El penalti no fue penalti, ni, por supuesto, tarjeta amarilla para Ustaritz, que bastante tenía ya con lo suyo. El árbitro se equivocó. Cometió un error, flagrante, pero error. Error. Ya está: error. Víctor Valdés golpeó a Toquero, cierto. Toquero cayó al suelo, también cierto. ¿Viste a Toquero protestar? No, le hizo un gesto a Víctor Valdés, no pasa nada, y ya está. ¿Fue agresión? El fútbol es pura poesía, cada uno lo interpreta como quiere, visto lo visto. Con todo esto, alimentemos confabulaciones, inventemos tramas y conspiraciones. ¿Qué más da? ¿Qué importa? Soy periodista deportivo: doy mi opinión. DOY MI OPINIÓN. D-O-Y-M-I-O-P-I-N-I-O-N. Lo que diga no importa, lo que importa es que es mi opinión, y tengo derecho a darla. Ése es el fundamento básico del periodismo deportivo actual. Lo importante no es informar, es hacer juicios. Valorar, juzgar, adjetivar, interpretar y disfrazarlo todo de una ética y una profesionalidad que, a menudo, resulta, a los ojos ajenos, un poco tergiversada y oblicua.
A Guasch se le ha olvidado que el villarato es lo que hizo que el Athletic se mantuviera en primera, ¿no? Villar, con su panza de sibarita, con un puro y una sonrisa maligna, dijo: “chicos, mi equipo no puede jugar en segunda, que parezca un accidente.” Y sus chicos se encargaron de ello. ¿Por qué iba Villar a maquinar, ahora, en contra del Athletic? ¡El Villarato se ha vuelto loco! Dios, Guasch, hay que investigar todo esto, cuando tengas tiempo, lo investigas a fondo, aquí hay tema.
Ya, ya sé. No hace falta que me lo expliquéis. Soy un poco ingenuo, a dios gracias, pero no llego tan lejos. Sé de qué va esto, y sí, también leo los periódicos que vienen del otro lado del río. Lo repito: no soy periodista, y no quiero hacer juicios de valor. Solo puedo hablar como lector, como radioyente y como espectador de televisión, y, ¿qué puedo decir? Pues, sencillamente, que en la época de la globalización, en la edad de las tecnologías de comunicación, en el siglo de la información, qué bien se está desinformado, ¡qué de puta madre se está sin tener ni puñetera idea de nada! ¡Qué cómodamente se vive en la ignorancia! ¡Puro, sin dejarte contaminar, sin ocio y sin cultura! ¡Sin Ocio y sin Amor! Libre, difamado, imbécil, sordo y mudo, incapaz de entender qué es un villarato, sin saber quién coño es Tomás Guasch. Qué felicidad.
Juan Antonio Flecha

Si Jonathan Castroviejo lo tiene todo por hacer, Juan Antonio Flecha, con 32 años, ya se ha labrado una digna carrera y reputación. También un palmarés, con victorias significativas, como la etapa del Tour de Francia que ganó corriendo aún para Unzué, o pruebas clásicas, algunas con ciertas dosis míticas, que tan alejadas parecían del ciclismo que por aquí se estila: el Gran Premio de Zúrich, el Giro del Lazio o el Circuito Franco-Belga. Aunque no han sido sus únicas victorias, su palmarés brilla por otros puestos honoríficos pero supuestamente menores, segundos, terceros, cuartos y quintos puestos, en pruebas como el Tour de Flandes, la Het-Volk, la Flecha-Brabançona, la Gante-Wevelgem, o la más grande de todas, la París-Roubaix, donde ha sido segundo, tercero y cuarto. Solo le queda un puesto, por lo tanto.
Pedalear desde París hasta Roubaix supone viajar tanto en el espacio como en el tiempo. La trinchera de Arenberg es un espacio abierto a la creación de mitos. Un cementerio de sueños ciclistas donde siempre brotan nuevos con cada marea. Un túnel de lodo, de más de dos kilómetros de largo, pero solo tres metros de anchura. Cuentan que lo de “el infierno del norte” se lo inventó un periodista de nombre Victor Brever, quien, en 1919, era capaz de ver en aquellos parajes la desolación de un primer intento de guerra mundial.
Después, ciclistas varios, acompañados por sus insensatas demostraciones de superación, le han dado sustancia al apodo. Los Musseuw, los Tchmil, los De Vlaemick, los Ballerini, los Moser, los Tafi, los Duclos-Lasalle, Flecha, Boonen, el propio Merckx y muchos otros, han adornado una historia que no es ficticia, pero que ha superado la realidad para convertir la prueba en una suerte de ficción dramática, una hipérbole del esfuerzo deportivo. La carrera del pavés, del adoquín y el barro de un bosque que tiene forma de pista de hielo, del velódromo triunfal donde dar la vuelta de honor, una carrera que Theo de Rooy llamó, significativamente, “una basura auténtica.” Una carrera con más historia que kilometraje: Jean Stablinski tiene la culpa de todo. Primero, trabajó en las minas del bosque, se hundía, a 500 metros bajo tierra, para perderse en la oscuridad de las entrañas del bosque. Cuando subió, pedaleó, pedaleó tanto que llegó a ser campeón del Mundo. Él es el culpable, el único minero que también ha cruzado el bosque en bicicleta, el que en 1968 le susurró el secreto a los organizadores, que no dudaron en añadirlo al recorrido. Las minas desaparecieron hace 20 años, los ciclistas siguen cruzando el bosque como si fuera el mar Rojo y Moisés viera partirse el agua en dos. La cita es de Fabian Cancellara.
Y volvemos a Flecha. Él no corre por dinero, solo por dinero. Es uno de los ciclistas que aman este deporte, que aman su tragedia y su épica, lo que le queda de romántico y legendario, de humano y de literatura. Entrevistado antes de una participación, decía: "Ojalá llueva. Las carreras heroicas hay que correrlas en las peores condiciones. Esto es una carrera para tipos duros".
Flecha perdió a su padre en un accidente de coche a los cuatro años. Pasó su infancia en Argentina, con siete años aún vivía en el número 48 de la calle Lebensohn. Una calle de adoquines que tenía que cubrir cuando regresaba con su bicicleta. La ventana de su habitación daba al pavés. Aún recuerda, cuenta, el ruido de los neumáticos contra el adoquinado. A los once años, emigró a España y se hizo catalán, en parte vasco, cuando tuvo que marchar al Kaiku para hacerse ciclista. Ahora, es internacional, un ciclista universal, de los que dan renombre mundial a un deporte vapuleado por sus propias triquiñuelas. En un pasado reportaje para el Dominical de El País, con unas fotos extraordinarias de Timm Kölln, Flecha demostraba su pundonor y los premios de una vida que se ama con plenitud: entrenando por la Cerdenya, su perfil en la bicicleta rodeado de nieve, calculando el riesgo de las manetas heladas. Al llegar a la frontera, los guardias le lanzaban un cubo de agua caliente para deshelar la bicicleta.
Su ejemplo es la estampa de un deporte que prefiere ser descubierto a tientas, bajo el barrizal de Arenberg, sobre los muros valones, en las empalizadas escondidas de los laberintos vascos, por los recodos en los que los romanos encriptaron una voraz avidez por la conquista, el viento de las mesetas castellanas, en las pérfidas líneas que el tiempo descubre en los Alpes. Un deporte que sobrevive a bocanadas, silencioso, pertinaz ante las puñaladas que le han ido asestando los que también, decían, le amaban.
Puede que Flecha nunca gane la París-Roubaix, pero la París-Roubaix le ha ganado a él, y estas historias de amor son el alimento del vínculo original, el umbral de la vida, la clave del deporte, la explicación de las pasiones que han ido tornándose en ambiciones sucedáneas, en sentidos que no guardan ninguna relación con el principio de las cosas, signifique lo que signifique todo esto. Como el lenguaje, torpe e incapaz de celebrar lo que solo se conoce tras la experiencia. Seguro que Castroviejo si no lo sabe, lo sabrá.




lunes, 24 de agosto de 2009
Jonathan Castroviejo

El ciclismo vasco está sediento de victorias. Mientras esperamos con suspense la decisión en torno a Astarloza, de la que, desgraciadamente, puede depender el futuro del equipo Euskaltel-Euskadi, aún nos queda la vuelta a España, donde el asturiano de Güeñes y el resto del equipo seguro que darán qué hablar.
A parte de los Aramendia, Intxausti, Arkaitz Durán o Igor Antón, que ya han dado resultados y darán más a corto plazo, hay dos nombres que resaltan entre las promesas más cercanas: Castroviejo y Romain Sicard. El vascofrancés, del que ya hablamos aquí, se ha destapado como un todoterreno con instinto de ganador, y ya ha firmado su primer contrato profesional con Euskaltel-Euskadi para el año que viene. Desde el pionero Thierry Elissalde, no había vuelto a haber un corredor del País Vasco Francés. El otro, es un getxotarra de 22 años con la cabeza muy bien amueblada. Desde juveniles, destacó en el pelotón. En Seguros Bilbao, durante sus años de amateur, luchó primero con Intxausti y luego solo como líder. Cuando en Euskaltel-Euskadi se interesaron por él, puso una condición: primero dos años en el Orbea, formándose como ciclista. Este año cumplía el segundo y ha deslumbrado con talento y destacado con trabajo duro, un trabajo y un talento que le han llevado a estrenar su palmarés en Francia, con sendas victorias en etapas del Tour Haut Anjou y Ronde de l'Isard, donde también hizo segundo, al igual que en la clasificación general final del Circuito Montañés. Cuando consiguió su primera victoria, por supuesto, le entrevistaron, y su respuesta fue la siguiente: "éste es el camino: trabajo y trabajo." Bueno contrarrelojista, valiente, con piernas para subir, rodar, fajarse con los grandes aventureros del pelotón, apostaría por él como futuro protagonista del ciclismo profesional. Ojalá sea así, y ojalá levante los brazos en más de una ocasión. De todas formas, como siempre, tiene lo que los buenos aficionados también admiran, y que nunca aparece en las portadas de los periódicos. Veremos la temporada que viene.
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