martes, 14 de agosto de 2012

Joel González



Esta mañana, buscando en el dial, me he topado con no sé qué radio y no sé qué programa en el que hablaban de Joel González, reciente campeón olímpico en categoría de -58 kilos. Uno de los participantes en la tertulia resaltaba como González tuvo que atender después de su victoria a los muchos niños, en gran medida de origen asiático, que le requerían fotos y autógrafos sin descanso. Según este periodista, Joel González está considerado como el mejor taekwondista de la actualidad a nivel mundial, aunque, en un país regido por la tiranía del fútbol, su figura no alcance la relevancia que debería, a tenor de sus éxitos. 
Y es que este chaval de 1'85 y 58 kilos (logrados a pulso para poder participar en su categoría, según sus propias palabras, su peso natural son los 61 kilos), nacido en Figueras hace 22 años, es el actual Campeón del Mundo en su categoría. Consiguió el título en el año 2011 en Gyeongju, Corea del Sur, y no era el primero. Dos años antes, en Copenhague, Dinamarca, consiguió su primer título mundial. Para redondear, también es bicampeón de Europa en la misma categoría, habiéndolo conseguido en las dos últimas ediciones: la primera vez en San Petersburgo 2010, la segunda, este mismo año en Manchester. 
Solo con ese bagaje se debería reconocer la categoría de sus méritos en un deporte que, históricamente, ha estado dominado por una tradición concreta. En todos los años de historia de la competición mundial de este deporte, en sus diversas categorías, Corea del Sur copa un total de 207 medallas (152 de ellas, de oro). España es la segunda potencia mundial con un total de 101 medallas (22 de ellas, de oro). Las diferencias son abrumadoras. De las 264 medallas de oro que se han disputado en todos los campeonatos mundiales de Taekwondo, 152 las ha ganado Corea del Sur. Solo otros 23 países han conseguido saborear el oro, y diecisiete de ellos, no han superado las diez medallas en todos los años transcurridos. Irán, una potencia en ciernes, y Turquía, han conseguido 10 medallas de oro. Los Estados Unidos, 13. China Taipéi, 14. Y, como decíamos, España, 22. Hay datos aún más contundentes. Porque en los últimos cuarenta años, y a espensas del próximo que se disputará en 2013 en México, Corea del Sur siempre ha sido el campeón absoluto por equipos, tanto en categoría masculina como femenina, a excepción de la victoria de China en categoría femenina en 2009, y la victoria de Irán en categoría masculina en la última edición de 2011.
Decía hoy mismo en prensa Joel González que para él sería increíble realizar el saque de honor en el Camp Nou. Probablemente, sería un homenaje mejor que el que se dieron él y Brigitte Yagüe después de ganar sus medallas y rechazar la opción de salir de fiesta después de terminar de atender a los periodistas de madrugada. En su lugar, se metieron en un McDonald's y se olvidaron de los sacrificios que tienen que hacer para mantener su peso. Lo del Camp Nou tendría más glamour, pero lo mejor que se podría hacer es reconocer el valor y el mérito de deportistas como Nicolás García Hemme, Joel González o Brigitte Yagüe que consiguen alcanzar un nivel de excelencia tan alto en deportes que, tradicionalmente, han sido minoritarios y no han contado con la debida repercusión y consideración en sus países.

domingo, 12 de agosto de 2012

Víctor Conte



Quizás demuestre muy poca elegancia por mi parte dedicarle el título de la entrada que resume el fin de las olimpiadas de Londres 2012 a Víctor Conte, antiguo dueño del laboratorio BALCO, y condenado a prisión en 2005 por una trama de dopaje que proporcionaba esteroides. En una entrevista con Martin Bashir en 2004, Conte confesó que gestionaba una trama de dopaje e implicó a deportistas de la talla de Marion Jones, Tim Montgomery, Kelli White, Dwain Chambers o Bill Romanowski. Si Conte ocupa el título de esta entrada, no es porque necesite recordar algo que ocurrió hace ya más de un lustro, si no porque, el ahora presunto escritor y preparador de boxeadores, se descolgó durante estos juegos con unas declaraciones en The Sunday Times que tuvieron eco a nivel internacional. Como siempre, sin especificar ni dar detalles, pero regalándonos el habitual titular impactante, Conte subrayó que el 60% de los participantes en las Olimpiadas lo hacen mejorando sus prestaciones con el uso de productos dopantes. 
Como decía, me siento incómodo comenzando mi resumen de las Olimpiadas con este personaje encabezando, y no lo hago porque esté de acuerdo con él o comparta sus certezas aunque solo fuera en forma de sospecha. Lo hago para ilustrar, de alguna manera, el deterioro moral que sufre el deporte cuando siempre parece ir maniatado por la sombra de la sospecha. Más allá de las marcas, de las actuaciones, de las victorias o las derrotas, el deporte contemporáneo, en su versión pragmática y comercial, o en su versión más romántica e inmaculada, parece estar siempre amenazado por el ejercicio de la suspicacia y la conspiración. Hace tiempo que los ídolos se forman para caer y que los sueños de grandeza se desvirtuaron al descubrir el truco que sacaba al conejo de la chistera. El deporte, para bien o para mal, se acompaña siempre de intereses comerciales y pasionales (políticos en algunos casos: el artículo de Koikili Lertxundi en el periódico Deia esta misma semana, si no es que ha sido hoy mismo, podría servir como invitación a ahondar en este aspecto que aquí evitaré) que lo maniatan de la misma manera que, en ocasiones, lo engrandecen y lo magnifican. Aún así, el ser humano sobrevive comiendo y vive de sueños, tomen estos la forma que tomen, y se trunquen o se vulgaricen como quiera que se puedan truncar o vulgarizar los sueños que nos hacen humanos y divinos por construcción filosófica y por inspiración física.
Se necesitará que pasen años para que el presente adquiera la perspectiva de pasado y lo que ahora son resultados se conviertan en valores mayores que los puramente indicativos. Sin embargo, a estas alturas del siglo XXI, no solo corre mucho Usain Bolt. También la perspectiva histórica que, y no sin razonamiento, ya ha convertido al jamaicano en leyenda. Él ya lo es con 25 años. Cerró su participación con un tercer oro acompañado de récord del mundo gracias a sus compatriotas. Si todos los jamaicanos corren a esa velocidad, pronto pasarán de isla a península. Bolt compartirá, cuando todo esto pase a la enciclopedia, un lugar preminente junto con Michael Phelps. El nadador norteamericano, ídolo caído antes y después de ser ídolo alzado, anunció el final de su carrera tras convertirse, estadísticamente, en el mejor deportista olímpico de todos los tiempos con 22 medallas. Los números no mienten y, a veces, meten miedo. Si Mark Spitz sonaba a respuesta en las preguntas de trivial, Michael Phelps, algún día, le dará a alguien un buen puñado de euros en algún concurso de preguntas de la televisión. Me pregunto qué pensará Phelps de todo esto cuando, dentro de cuarenta años, suba cansado las escaleras de su casa y al abrir el armario para coger la bata, vea de reojo la caja de cartón con todas las medallas apiladas. Pero ésa es solo una historia que prefiriría que más que en mi cabeza estuviera en la de David Fincher. 
En mi opinión, ninguno de los dos, con el tiempo, tendrá rival histórico que les robe protagonismo en las crónicas nostálgicas de estas Olimpiadas de 2012. Sin embargo, aún a espensas de que pasen esos años, son muchos otros los que también tendrán su espacio en los resúmenes finales de estas tres semanas infartantes de competiciones deportivas. Los británicos, a buen seguro, se quedarán con el escuálido fondista Mo Farah o con cualquiera de las 64 medallas que, finalmente, han conseguido los deportistas británicos. Cuarenta menos que los norteamericanos que encabezan el medallero por delante de los chinos con 87. En total, han sido 957 medallas repartidas entre 85 países distintos. Países como Tajikistán, Marruecos, Kuwait, Arabia Saudí, Hong Kong, Bahrein o Afganistán han ganado una medalla de bronce y Bostwana, Chipre, Gabón, Guatemala, Montenegro o Portugal una de plata. En este grupo de países unimedallistas, Algeria, Bahamas, Granada, Venezuela y Uganda suben más alto en el medallero porque la de ellos fue de oro. Precisamente el oro de Uganda ha sido uno de los últimos de las Olimpiadas. El ugandés Stephen Kiprotich ha conseguido el primer oro olímpico en maratón para su país después de que el excorredor de obstáculos se deshiciera de los keniatas en unos últimos kilómetros para enmarcar, aunque no fueran en el estadio como mandaba la tradición (y en mi opinión, una buena tradición). Pero, como decía, muchos son los protagonistas y a buen seguro que los 957 medallistas cuentan con su particular historia de superación y privaciones que daría para que David Fincher estuviera haciendo películas el resto de su vida. Sin embargo, no todos disfrutarán la notoriedad que, a buen seguro, tendrán los Usain Bolt, Michael Phelps o Mo Farah. Si mis datos son correctos, se han batido 30 récords mundiales, pero poca gente recordará, cuando pase el tiempo (y sin que pase), que la china Zhou Lulu batió el récord en levantamiento de peso en la categoría femenina de más de 75 kilos o que el bielorruso Sergei Martynov superó el récord mundial de tiro en posición tendida a 50 metros.
Seguro que, sin embargo, sí recordaremos la lesión de Asafa Powell, los músculos de Yohan Blake, el gol de Oribe Peralta, las canastas de Kevin Durant, las pedaladas de Alexander Vinokourov y Bradley Wiggins, a Elena Lashmanova, a Allyson Felix, a Sun Yang, la voltereta de Jorge Dueñas, el grito de Maider Unda, Jade Jones, Luc Abalo, los alemanes Julius Brink y Jonas Reckermann, Wojdan Shaherkani, Chris Hoy, Ryan Lochte, Gabrielle Douglas sin ser ni tan siquiera mayor de edad, Andy Murray, Venus y Serena Williams, Tiki Gelana, Oscar Pistorius, los hermanos Brownlee, Evgeniya Kanaeva, Keshorn Walcott... Y tantos y tantos otros, incluso alguno que pasará a la historia por motivos ajeno a lo meramente deportivo, como Paraskevi Papachristou y su afición por el twitter, los casos de dopaje, o el pedo de Gijs Van Hoecke, que tendrá que fijarse en la figura de Ivan Ukhov, el saltador ruso que pasó de la mofa internacional cuando compitió completamente borracho en el Super Grand Prix de Lausana en 2008, al pódium olímpico, cuatro años más tarde, tras llevarse el oro en estas Olimpiadas de Londres de 2012. Cada país tendrá su héroe, cada héroe tendrá su historia, cada historia tendrá su secreto mejor o peor guardado. Muchas de ellas se contarán. Otras ya se han contado. O se están contado. Y, dentro de cuatro años, tendremos muchas más. A pesar de lo que diga Víctor Conte, de lo que reflexione Koikili Lertxundi, de lo que escriba yo en este blog con más o menos pretensiones, seguirá habiendo oro, seguirá habiendo plata y seguirá habiendo bronce. Seguirá habiendo cobre que se robe mientras se disputen las Olimpiadas y el mundo girará de igual manera sea lo fea que sea la mascota o aunque alguien consiga superar un final tan dramático como el que hoy cerrará el ejercicio de autoestima británica con el regreso a los escenarios de las Spice Girls.

Jaroslav Kulhavy


Desconozco si el recorrido que los ingleses habían preparado en Essex para la prueba olímpica de mountain bike era difícil o no. He escuchado al comentarista decir que los corredores probaron el circuito meses antes del día de hoy, cuando se disputaba la final olímpica de la disciplina, y que, siguiendo sus sugerencias, la organización mejoró y dificultó el recorrido. 
A mí, me ha parecido una prueba emocionante y muy atractiva. Para cuando me he enganchado, ya solo quedaban cinco candidatos a la medalla. Después, me he tomado un descanso, y para cuando lo he retomado, José Antonio Hermida y Burry Stander se habían descolgado. 
La última vuelta ha sido muy disputada y apasionante. El coraje del italiano Marco Aurelio Fontana, la fuerza del suizo Nino Schurter y la elegancia del checo Jaroslav Kulhavy se han combinado para ofrecer un espectáculo fabuloso de fuerza y técnica. Vuelvo a repetir que jamás he visto una prueba de la Copa del Mundo pero, desde esa ignorancia, he disfrutado de la final olímpica con mayor emoción si cabe.
Parece que después de este título, Jaroslav Kulhavy, ganador de la Copa del Mundo en 2011, y mejor atleta checo detrás de la tenista Petra Kvitova, intentará el salto a la carretera. Según confesaba en una reciente entrevista, no tiene experiencia en esta competición, pero lo intentará equilibrar con ilusión y con los entrenamientos que realiza sobre asfalto. 
El éxito no está asegurado, pero tampoco será el primero en intentarlo, y el primero en hacerlo con éxito. Si tomamos la Copa del Mundo como referencia, Miguel Martínez, dos veces ganador de la misma, ya lo intentó con relativo éxito. El francés llegó a ganar la montaña del Tour del Mediterráneo y una etapa en el Tour de Beauce tras varias temporadas en carretera, repartidas entre equipos como Mapei, Phonak o Amore e Vita. Filip Meirhaeghe, quien reconoció el uso de EPO en 2004, ganó la Copa del Mundo dos años antes y también probó en la carretera. John Tomac, el americano que ganó la primera edición de la Copa del Mundo, intentó durante tres años tener éxito en la carretera. Y, como no, Cadel Evans, ganador de la Copa del Mundo en 1998 y 1999, es el mejor ejemplo de cómo encarar el cambio de disciplina con éxito. Si nos fuéramos a ver el palmarés del Campeonato del Mundo de cross-country encontraríamos más ejemplos, porque Michael Rasmussen fue campeón del Mundo en 1999, Ryder Hesjedal o Jerome Chiotti subcampeones y Luca Bramati o Frederik Kessiakoff consiguieron medallas de bronce. Con todos estos antecedentes, no parece que la apuesta de Jaroslav Kulhavy sea una apuesta alocada. 
Por el espectaculo de hoy, el subcampeón olímpico y actual líder de la Copa del Mundo, el suizo Nino Schurter no le va a la zaga. Era el favorito para vencer hoy, y sin duda que lo ha intentado, dando una demostración de destreza en las bajadas y de fuerza en las subidas, pero no ha sido suficiente. Fontana, por su parte, lloraba de alegría al encontrarse con un bronce que se ha merecido, igual que lo habrían ganado con merecimiento, el español José Antonio Hermida o el surafricano Burry Sander que, al final, han ocupado la cuarta y quinta plaza respectivamente. El español Carlos Coloma ha sido el siguiente en alcanzar la meta, tras dejar atrás al alemán Manuel Fumic quien ha entrado aplaudiendo al público. Un público que ha abarrotado el circuito para darle aún más brillo a uno de los momentos más espectaculares de unas Olimpiadas de 2012 que no han estado a falta de momentos brillantes precisamente.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Javier Gómez Noya



La Crónica Deportiva Sentimental se fue de vacaciones. Y de  vacaciones, Holden Caulfield ha aprovechado para emular a Javier Gómez Noya, y, aunque no haya medallas, y sí muchas distancias que salvar, me siento tan satisfecho como se puede sentir el suizo gallego. 
Crónica se marchó de la ciudad hace ya casi una semana. En coche, sin prisa, bajó hasta las tierras pardas para subir luego hasta la punta más occidental de la península. Cinco días con sus cuatro noches en el paraíso de la costa gallega. Muy cerca de la casa del medallista de plata pero no lo suficiente como para ir corriendo. Aunque, correr, corrimos. Al menos, tres mañanas, dos acompañado durante unos buenos treinta minutos. 
El primer día, mi compañera de cabalgadas me dirigió en 40 minutos a ritmo lento por el interior de la Isla de la Toja, siguiendo unos senderos que parecían adentrarse en un bosque enorme que no lo era. Dimos vueltas mientras la mañana se levantaba y los ruidos del bosque crujían bajo nuestros pies. Salimos fuera, llegamos al balneario, nos dimos la vuelta y ella tiró para el hotel. Yo, me di media vuelta, y volví a la Toja cruzando un puente que a primera hora de la mañana te ofrece una vista privilegiada del amanecer sobre el mar. Volví hasta el Balneario después de un rodeo junto al muelle del campo de golf. Tras volver a cruzar el puente, me marché por el pueblo de O Grove que aún no había despertado del todo. En total, 45 minutos más de carrera que añadí a los cuarenta anteriores, a un ritmo de 6'10 para hacer unos 7'5 km de añadido. 
El segundo día, mi compañera se quedó en cama, cansada de comer marisco y beber albariño. Yo amplié la ruta. Volví a ver amanecer sobre el puente de la Toja y cogí dirección hacia el balneario, pero no me detuve en él, lo rodeé, me acerqué a ver la ermita decorada con vieiras, crucé el hotel, busqué la orilla, llegué al puente de regreso y decidí volver a hacer lo mismo. Dos vueltas a la isla y aún no tenía suficiente cuando cruzaba el puente de vuelta y me venían de frente todos los corredores que madrugaban menos que yo. Volví a seguir el camino del puerto hasta la lonja del mercado, pero, esta vez, tiré hacia adelante. Y me encontré con el paseo marítimo de Lordelo, y de regreso, con una caminata final hasta el hotel de casi 12 kilómetros y medio en poco más de una hora y cuarto a un ritmo más bien bajo de 6 minutos y 8 segundos, quizás menos porque mi mapa no era lo que yo pensaba. 
El último día de nuestra estancia en las Rías Baixas, mi compañera se levantó con ganas y rompió todas sus expectativas, para motivarla de cara a su reto de enfrentarse a su primera carrera en las fiestas de Bilbao. Madrugamos bien pronto, buscamos el puente, rodeamos la isla de la Toja, volvimos a cruzar el puente clasicista y en lugar de parar en la rotonda, apretó los dientes y tiró hasta el hotel, donde se paró con buena respiración y la impresión de que si hubiera querido, habría dado más, pero entonces es cuando hay que parar (de correr y de escribir), según dice Haruki Murakami. Más de cuatro kilómetros a un ritmo lento pero firme que lo superó en más de media hora. Pero, lo dicho, lo que queda es la impresión de que no se debilitó en ningún momento, subió el ritmo al final, y pudo haber seguido si no fuera porque, entre otras cosas, a las doce teníamos que dejar la habitación y la maleta estaba sin hacer. Yo, sin embargo, seguí hacia adelante, y volví hasta el mercado, y seguí la costa por el paseo marítimo de Lordelo hasta rodear la ensenada y dar la vuelta en la pequeña cala que señala la sede del club remero de Mecos. Después, volver. Algo más de nueve kilómetros, para poco más de una hora de carrera, a un ritmo que mejoró después de la primera mitad pero que nunca fue rápido. 
Así nos despedimos del sur de la costa gallega, cogimos el coche, y el Crónica se marchó hasta el interior. Por evitar peajes, tuvimos un viaje repleto de postales rústicas hasta llegar a Melide. Después de un par de días de comer pulpo en La Garnacha y regar bien el organismo con ribeiro blanco y tinto, esta mañana, al final, me calcé las zapatillas y salí a correr. No he llegado a los diez kilómetros por cien metros y he superado la hora, lo que hace un ritmo muy bajo por encima de los seis, pero no mina la satisfacción. Salí de nuestra calle para cruzar el camino de Santiago donde, a pesar de ser temprano, los peregrinos ya buscaban el albergue. Crucé el mercado de ganado, alcancé la Avenida de Lalín, pasé el Gadis y seguí por la nacional todo lo que pude, pasando las aldeas de San Cosme, de Teillor, de San Martiño, de Fordelos (este creo que lo escrito mal) hasta cambiar de rumbo en el cruce de Mirce y O Villar y volver cuesta arriba hasta Melide por el mismo camino. Cuando volvía, la carretera que se empinaba, el calor que empezaba a golpear, el alquitrán que me pegaba las zapatillas al asfalto, me ha parado el ritmo, pero ya iba disfrutando de una ruta rural que no me llevaba por el camino de Santiago, pero lo rodeaba. 
Si a eso le unes que hace una semana salí con la bicicleta hasta el polígono de la Aceña y el parque más abajo y volví desde Galdames a Barakaldo, totalmente destrozado pero aún dando pedales y que, en O Grove, el hotel tenía piscina y me di unos quince largos trágicos y cómicos al mismo tiempo, ya tienes mi imitación de Javier Gómez Noya y todas las distancias que tienes que salvar. Sálvalas, pero no me vas a quitar la satisfacción: vacaciones, buen yantar, mejor beber, y ejercicio por rutas nuevas que parece que te dinaminazan las pisadas. Los tiempos no son buenos, pero como me decía hace diez días el vecino de las Asics, que también está de vacaciones en otro lugar paradisíaco, ahora hay que sumar kilómetros. Y esperemos que el verano siga así, porque el otoño y el invierno promete emociones ya tradicionales: desde Francia hasta Donosti, desde Santurtzi hasta Bilbao y desde donde sea hasta donde lleguemos para celebrar la II Pormaratoniana. 
Lo dicho, grande Javier Gómez Noya, y pocas vacaciones que le quedan ya a la Crónica. Cuando volvemos, regresamos al ritmo, por ahora, vamos dejando huella allí donde pisamos, si no, mira la foto y cuenta las letras en la arena que baña el Atlántico. Casi nada.

domingo, 29 de julio de 2012

Marianne Vos


No me voy a poner a comentar cada medalla o cada fracaso que ocurra en las Olimpiadas porque, si lo hago, me voy a volver loco. Y, no nos engañemos, poco añadiría a la mucha cobertura mediática que ya da fe de lo que ocurre en el tartán, la pileta, el tatami, el circuito o donde sea. Pero hoy, vamos, ahora mismo, acabo de leer que la holandesa Marianne Vos se ha llevado el oro en la prueba en línea de la categoría femenina en ciclismo y me apetecía dejarlo por escrito. 
Diríamos que el ciclismo cuenta con tres especialidades: la carretera, la pista y el barro del ciclocross. Por supuesto, no es nuevo, pero en los últimos años ha venido ganando protagonismo la mountain bike, con lo que podríamos añadir una cuarta. Y, sí, hay más especialidades, otras habilidades que otro tipo de ciclistas demuestran en la calle, con la BMX o en las pruebas de trial. Pero dejadme que sea reduccionista aquí, por el bien de mi entrada. Dejémoslo todo en ciclismo de carretera, en pista, el ciclocross y el ciclismo de montaña. Cada especialidad necesita sus cualidades precisas, aunque ya hemos tenido muchos casos de ciclistas que combinan categorías. Bradley Wiggins ganó medalla olímpica en pista antes de ganar el Tour. Cadel Evans ha ganado la Copa del Mundo de Mountain bike y el Campeonato del Mundo en ruta. Y Lars Boom fue el mismo año Campeón del Mundo de ciclocross y Campeón de Holanda en ruta y contrarreloj. ¿Alguien puede dar más?
Pues sí. 
Marianne Voss. 
A sus 25 años, esta niña prodigio ha puesto la guinda a su pastel de varios pisos con la medalla de oro en las Olimpiadas de Londres 2012. Aún le queda mucho por lograr, no hay duda de ello, pero con solo 25 años, su palmarés da miedo. La tarta parece sabrosa y ya lo era sin guinda. Pero lo que más gusta de la tarta es que tiene cuatro pisos de cuatro sabores distintos, porque, a saber:

Ha sido cuatro veces campeona de Holanda de ciclismo de montaña en categoría junior. Ha sido cinco veces campeona del Mundo de ciclocross en categoría absoluta y una vez de Europa. Ha sido cuatro veces campeona de Holanda en ruta y 2 veces de contrarreloj, y vuelvo a hablar de categoría senior. Ganó el Campeonato del Mundo en ruta en 2006, la Copa del Mundo en tres años distintos y ha liderado el Ránking UCI los últimos cinco años. Ha ganado cuatro veces la Flecha Valona femenina, dos veces la Emakumeen Bira, una etapa en la Grande Boucle y 2 generales finales del Giro de Italia, donde también ha ganado 13 etapas, y, en distintos años, todas los posibles premios: la mejor joven, la montaña y por puntos. También acaba de ser campeona olímpica en ruta, por supuesto. Pero no es su única medalla, porque Marianne Vos también fue medalla de oro en la prueba de puntuación en Pekín 2008 en la que Leire Olabarria consiguió el bronce. En esa misma prueba, también ha sido campeona nacional y campeona del Mundo en 2008. Y lo mismo en la categoría de scratch. 

Así que, dicho todo esto, ¿qué más se puede añadir? Poco más, que tiene 25 años, quizás. Que se le queda todo pequeño, hasta los maillots: a pesar de que en la categoría femenina hay pocas pruebas, ha llegado a ganar más de treinta carreras solo en ruta en un año. En solo cinco años, superó las 100 victorias en carretera. Y lo dicho, nació en 1987. Ahora ya es campeona del Mundo en ruta, en ciclocross y en pista. Cuando hagan el ciclocross olímpico, ya se encargará de ganarlo.

Iker Martín Urbieta



Hace tiempo, Iker se pasó por este blog y nos dejó un comentario. Yo le reconocí y le prometí que nos haríamos eco de su reto, o bien en este blog, o en el de nuestro vecino el de las asics. El caso es que el tiempo pasa muy rápido y se me pasó que el día ya había llegado. Por fortuna, fue el pormaratoniano quien se acordó y dio voz a la galopada de Iker Martín Urbieta quien, en su día, se propuso ir corriendo desde Santurtzi hasta Bilbao, pero no como las sardineras. Para hacerlo más emocionante, él se propuso hacerlo monte através. 
Ayer sábado 28 de Julio fue el gran día, y hoy domingo 29 de Julio, apuesto a que Iker está disfrutando de un merecido descanso, porque, ya lo adelanto, todo fue bien, e Iker cubrió los más de 80 kilómetros de carrera tras superar más de una decena de cimas y hacerlo con unas condiciones climatológicas poco propicias. Él mismo lo decía al llegar a Bilbao, como recoge el diario DEIA: "durante el 90% de la carrera no veíamos prácticamente nada." El frío, la niebla y la lluvia han sido sus compañeros de viaje, aunque ha tenido otros muchos acompañándole y apoyándole, y no solo durante el sábado, lo que, según contaba, le ha ayudado a no arrojar la toalla.
Todos los detalles sobre la carrera los tenéis en nuestro blog hermanado, pormaratones, y la crónica periodística de la hazaña en el diario DEIA donde, por cierto, Iker mantiene su propio blog con un curioso y adecuado título, Correr no es de cobardes. En cualquiera de los tres, podéis encontrar más información, y pinchando sobre los nombres, el enlace os llevará directamente hasta allí; lo tenéis fácil, más fácil de lo que lo ha tenido Iker Martín para cumplir su sueño de evitar el asfalto y recorrer esos caminos que para él tenían un valor añadido, un trasfondo sentimental que merecía tener eco en este humilde blog. 
Así que, zorionak Iker! y esperarémos próximos retos. Como él mismo confesaba, todo ha merecido la pena cuando un desconocido le ha felicitado al final de la carrera por lo que era todo "un ejemplo de superación". A veces, no aparecen los desconocidos que te lo reconocen, pero, salvando las distancias, todos los que corremos, aunque lo hagamos en silencio, sabemos que la única competición válida es la que mantienes de manera saludable contigo mismo. Una vez más, zorionak!!

viernes, 27 de julio de 2012

Ivan Edeshko



Prometí una segunda entrada que conmemorara el comienzo de las Olimpiadas de 2012. Dije que tenía elegido el deporte pero que aún no la había escrito. Ya lo he hecho. Para ello, nos tenemos que remontar 40 años atrás. Viajar hasta Munich. Y zambullirnos en uno de los momentos que la ESPN clasificó en el top ten de su reportaje sobre los 100 momentos más importantes en la historia de las Olimpiadas. En concreto, ocupa la sexta posición y aún es el origen de una larga polémica que el paso del tiempo no ha logrado resolver. A lo largo de mi crónica o de mi reconstrucción de los hechos, haré comentarios y afirmaciones que necesitarían ser citadas. No lo haré, por no alargar el texto y hacerlo dinámico, pero si alguien está interesado en indagar sobre la veracidad de todo lo que se escriba en esta entrada, hay mucha información en internet, publicaciones al respecto, y varios documentales, en especial, destacando los que hace ya tiempo produjeron la ESPN y HBO. Y recordad cuál fue el título que ESPN utilizó para encabezar el sexto puesto de este acontecimiento en su clasificación histórica: "la final de básquetbol que ganaron los dos equipos."

Empezemos por el final. Las medallas de oro, plata y bronce en baloncesto tras la disputa de las Olimpiadas de Munich 1972 quedaron repartidas de la siguiente manera: el oro para la Unión Soviética, la plata para los Estados Unidos y el bronce para Cuba. Sorprende ver al baloncesto cubano tan arriba en el medallero, pero ésa no es la única curiosidad histórica de esta edición, porque las medallas de plata que los jugadores y técnicos de la selección norteamericana deberían tener en sus casas, aún están guardadas en un banco suizo en Lausana a la espera de que algún día las recojan. Kenneth Davis, capitán de los Estados Unidos en aquellas Olimpiadas, ha declarado en una ocasión que ha dejado por escrito y ante notario su deseo de que ninguno de sus herederos tenga derecho a recoger esa medalla cuando él falte. ¿Por qué? 

Incluso sin tener que descubrir el misterioso proceder de Davis, ver a la Unión Soviética por encima de los Estados Unidos en la clasificación final del baloncesto en aquellas Olimpiadas de 1972 ya era toda una sorpresa. Desde que en 1936 el baloncesto se convirtió en deporte olímpico, los Estados Unidos se habían impuesto en todas las ediciones: siete olimpiadas, siete oros. Pero aún hay más. Llegaron a aquella final de 1972 con un récord inaudito: 63 victorias consecutivas y ninguna derrota hasta aquel partido. Los últimos cuatro oros consecutivos se los habían ganado, precisamente, a la Unión Soviética. Ante aquella demostración de poder, los enfrentamientos entre la Unión Soviética y los Estados Unidos alcanzaban una resonancia cada vez más beligerante, en parte, y como era fácil de adivinar, debido a las circunstancias políticas de una época en la que los dos modelos de país se presentaban como rivales antagónicos. 

Por cierto, desde que la Unión Soviética acabara con la hegemonia dorada de los americanos en baloncesto, proclamar el fin de la primacía yankee es una afirmación un tanto relativa. Desde 1972, solo Yugoslavia en 1980 y Argentina en 2004 han conseguido el oro en unas Olimpiadas, a excepción de la edición de Seul 1988, donde la Unión Soviética de los Marciulonis, Volkov, Tikhonenko, Kurtinaitis, Sabonis, Homicius o Belostenny consiguió repetir el éxito de sus compatriotas 16 años antes y ganó el oro ante la Yugoslavia de los Petrovic, Kukoc, Paspalj, Obradovic, Zdovc, Divac o Radja. Ese año, 1988, vería probablemente uno de los pódiums con más talento de la historia del baloncesto olímpico, porque, a todos esos, deberíamos unir a los americanos que se colgaron el bronce, con jugadores como Mitch Richmond, David Robinson, Dan Majerle, Stacey Augmon, Danny Manning o Hersey Hawkins. Son cuatro victorias en diez ediciones (de 1972 a 2008), lo que deja un balance de seis oros para los Estados Unidos, un dato lo suficientemente concluyente como para afirmar que siguen reinando en esta categoría de los deportes olímpicos.

Volviendo a Munich 1972, los rusos se presentaron a las Olimpiadas con una selección que jugaba como un equipo de baloncesto profesional. Dirigidos por Vladimir Kondrashkin, en el banquillo había jugadores georgianos, kazajos, lituanos, bielorrusos, rusos y ucranianos. Hasta un chino, porque Sergei Kovalenko había nacido en 1947 en Port Arthur, bajo régimen soviético en aquellos años, pero que ahora corresponde al districto de Lüshunkou y pertenece a la República China. El jugador más destacado de aquella selección era Serguei Belov, el primer jugador internacional en ingresar en el Hall of Fame de Indiana, un exterior que hizo toda su carrera deportiva en Rusia y que aún es considerado como uno de los jugadores más importantes de la historia del baloncesto europeo. Belov ganaría otras tres medallas olímpicas con la Unión Soviética, pero todas de bronce. Gennadi Volnov, otro miembro de aquella plantilla, también tiene cuatro medallas olímpicas: fue oro en 1972, plata en 1960 y 1964 y bronce en 1980. Junto a ellos, otros jugadores importantes de aquel equipo eran Ivan Edeshko, Modestas Paulauskas o Alexander Belov, quien moriría con solo 26 años debido a una extraña enfermedad. 

Por el lado americano, el equipo nacional había llegado a la cita ya envuelto en cierta polémica. No hubo consenso a la hora de elegir al seleccionador nacional. Henry Iba era un veterano entrenador con fama de duro y conservador. Según muchos de los periodistas y especialistas de la época, el baloncesto americano estaba evolucionando hacia otro tipo de juego más dinámico y ofensivo, y las estrategias de Iba no parecían convencer a todo el mundo. Bill Walton, el mejor jugador universitario del año, no viajó a Munich, y aunque otros indicaron que las razones fueron distintas, muchos apuntaron a que Walton no tenía ganas de estar a las órdenes de Iba. Ed Ratleff, el base titular de aquella selección, declaró que se hacía incómodo dar cinco o seis pases antes de tirar, cuando aquella plantilla estaba repleta de chavales que solo querían correr. En cualquier caso, con Walton o sin él, Iba y los americanos se presentaron con el equipo nacional más joven de la historia, una selección luchadora y no exenta de talento que estaba liderada por la velocidad del hoy entrenador de los Sixers, Doug Collins, el espigado pivot Tom McMillen y otros como el ya mencionado Ken Davis, James Forbes, Kevin Joyce, Jim Brewer o Michael Bantom. Entre todos ellos, consiguieron llegar a la final sin perder ni un solo partido y convencidos de que podían y debían ganar a unos soviéticos que también habían hecho un campeonato inmaculado. 

El partido fue disputado, duro y frenético, aún cuando solo un equipo alcanzó los cincuenta puntos, y para algunos, es un resultado ficticio. Aunque el resultado final fue de 50 a 49 para los soviéticos, muchos aún defienden que no hubo más resultado justo que el 49 a 48 que campeaban en el marcador a falta de tres segundos. 

Los soviéticos dominaron la mayor parte del partido. A falta de diez minutos, los hombres de Iba perdían por diez puntos. Gracias a Doug Collins y Kevin Joyce y una gran defensa presionante que propuso Hank Iba, los americanos lograron acercarse en el marcador. A falta de 40 segundos, Jim Forbes puso a un punto a los americanos. Los rusos agotaron su tiempo de posesión y Alexander Belov se jugó un tiro un tanto desesperado aunque cercano a la canasta que Tom McMillen taponó. El balón llegó a las manos de Doug Collins con diez segundos, y el exterior americano salió corriendo como un poseso. En su bandeja final, le entraron de manera agresiva y el balón no entró. Apenas quedaban un puñado de segundos en el reloj del partido y el ahora entrenador tenía en sus manos la victoria americana tras una remontada épica. Algunas crónicas aumentan la épica con referencias al fuerte golpe que había recibido Doug Collins y del que aún no había tenido tiempo de reponerse cuando agarró el balón y no dudó para apuntar y conseguir el primer tiro libre. Cuando lanzaba el segundo, sonó una bocina a la que no hizo caso nadie y que, en realidad, daba inicio a uno de los momentos más estrambóticos de la historia del baloncesto internacional. 

Faltaban tres segundos para que terminara el partido Alzhan Zharmukhamedov tenía el balón tras la línea de fondo y no sabía qué hacer con él. Consiguió dárselo a Serguei Belov. El ruso empezó a subir la cancha, cuando el colegiado Righetto detuvo el partido a falta de un segundo por el alboroto que se estaba formando en torno a la mesa de anotadores. Sergei Bashkin, el asistente de Kondrashkin, había salido del área técnica rusa de manera alocada para solicitar que habían pedido un tiempo muerto y nadie se lo había otorgado. Algunos americanos creían haber ganado ya, otros, aún andan discutiendo si aquel tiempo muerto realmente existió. Según la normativa FIBA de la época, no se podían pedir tiempos muertos después de un segundo tiro libre. Solo se podía pedir un tiempo muerto antes de los tiros libres o entre los dos tiros libres, aunque después se podía solicitar si querías que te lo concediesen entre ambos tiros o al final del segundo. El caso es que la mesa de anotadores no comunicó la solicitud a los árbitros. Los soviéticos mantienen que solicitaron el tiempo muerto y que pidieron que se les otorgara entre ambos tiros, y muchos apuntan a que la bocina que sonó con el segundo tiro libre de Doug Collins pertenecía a una mesa de anotadores que intentaba detener aquel segundo tiro, sin éxito. Tras deliberarlo, los árbitros, ayudados por la opinión del Secretario General de la FIBA, Renato Williams Jones, quien bajó del palco para implicarse en la polémica, decidieron resolver el asunto repitiendo la jugada desde el principio. No se consideró si finalmente el tiempo muerto se pidió o no, si se pidió de manera adecuada o no, si había que sancionar a Bashkin o no por salir del área técnica. No se consideró, por ejemplo, que, al final, el tiempo muerto no se produjo, pero ambos banquillos dieron instrucciones, e incluso Kondrashkin aprovechó para sacar a cancha a Ivan Edeshko, quien encabezá esta historia porque, al final, sería uno de los protagonistas principales. Nada de eso se consideró, y se decidió que los rusos volvieran a sacar de fondo y que se iniciara con el reloj en tres segundos de tiempo útil.  

Y sacar, se volvió a sacar, pero la confusión creció hasta límites insospechados. Ivan Edeshko estaba debajo de la canasta con el balón sobre la línea y los árbiros le dieron el balón sin percatarse de que los técnicos de anotación aún porfiaban por cambiar el marcador, donde se reflejaba que quedaba cincuenta segundos de partido y no tres. Tom McMillen, con sus 2'11, defendía el saque de fondo. La idea de Kondrashkin era buscar un pase largo de Edeshko sobre Alexander Belov, que permanecía de palomero en la canasta americana, una jugada que ya habían repetido con éxito en el CSKA de Moscú. Los árbitros, ajenos a los problemas técnicos, le dieron el balón a un Edeshko que tenía encima los 2'11 de McMillen y no veía la forma de ejecutar el pase. Desesperado, le dio el balón a Modestas Paulauskas, que esperaba cerca del banquillo ruso. Apenas pasó un segundo, cuando sonó otra vez la bocina. Los americanos, ajenos a todo lo que sucedía alrededor, concentrados en el juego, comenzaron a celebrabarlo. El público saltó a la cancha y las imágenes de televisión no ayudaban a clarificar lo que sucedía. La cobertura americana se vio tan sorprendida por la rapidez en la que los árbitros pusieron el balón en juego, que aún andaban enfocando al marcador con el tiempo erróneo, cuando el pase final de Paulauskas ya se perdía en el vacío. Los soviéticos protestaban, los americanos lo festejaban, y los árbitros se volvían locos. La mesa de anotaciones intentaba explicarles que la bocina había sonado con tan solo un segundo de juego disputado para detener el juego porque el reloj aún no estaba ajustado. La confusión reinó hasta que William Jones (quien, por cierto, moriría en esa misma ciudad nueve años más tarde), ordenó que se repitieran los tres segundos desde el saque de fondo una vez más. Los americanos no salían de su asombro. Algunos querían abandonar la cancha, pero el seleccionador Iba frenó el ímpetu de sus hombres y les obligó a volver a la cancha. Se tenían que volver a repetir los tres segundos más largos de la historia del baloncesto. 

Una vez más, Ivan Edeshko cogió el balón de fondo. En esta segunda ocasión, se multiplica la polémica. Por un lado, algunos periodistas americanos insistieron después en que Edeshko tenía su pie sobre la línea blanca. Las imágenes de las cadenas americanas no mostraban una imagen adecuada, pero las soviéticas ofrecían la posibilidad de aguzar el enfoque para demostrar que Edeshko no pisaba la línea. Pero aún hay más, porque, en esta ocasión, la presión en el saque de Tom McMillen no fue tan efectiva. Según el jugador americano, Artenik Arabadijan, el otro árbitro del encuentro, le hizo un gesto solicitándole que se apartara de la línea, y, aunque ninguna regla le instaba a ello, McMillen confiesa que obedeció temeroso de que le sancionaran con una técnica. Arabadijan ha negado que él hiciera gesto alguno para que McMillen retrasara su posición. El caso es que Edeshko se vio más libre para ejecutar un lanzamiento que, durante muchos años, los periodistas soviéticos llenarían de poesía para calificarlo como el pase dorado. Un pase bien calculado que llegó a las manos de Alexander Belov, bien situado en el poste bajo. Sin mucha estética, pero evitando la defensa de los americanos, Belov dejó el balón en la canasta y los soviéticos cambiaron el color de sus medallas en tres segundos que duraron mucho más que eso, duraron tanto que aún duran. 

Duraron, de hecho, hasta bien entrada la noche de aquel día, cuando una comisión de la FIBA se reunió para tomar una decisión sobre el partido, después de una reclamación americana que recogía muchas de las incongruencias de aquel partido (algunos rumores afirmaban que el árbitro principal, Righetto, se negó a firmar el acta, pero este extremo nunca ha sido confirmado). La comisión resolvió dar la victoria a los soviéticos por un resultado de final de 3 votos contra dos. Polonia, Hungría y Cuba votaron a favor de los soviéticos, revisa en tu enciclopedia doméstica el contexto político de aquellos años, y no hace falta que te explique por qué crecieron las suspicacias entre los americanos.

Para bien o para mal, las cosas han cambiado mucho en el baloncesto internacional cuarenta años más tarde. Los americanos dejaron de reclutar sus equipos en las canchas de las universidades y la selección rusa ya no es soviética. Cuba no ha vuelto a repetir ese éxito, y ahora, otras naciones pugnan por colgarse las medallas al cuello. Eso sí, los americanos aspiran a colgarse la de oro una vez más. Y sería la 14ª medalla de oro en 18 ediciones, como para replicarle a cualquier americano que afirme que ellos son los reyes de este deporte. Pero los tiempos cambian, ya nadie bota el balón como veréis que lo botan en el vídeo que colgaré ahora. Los tiempos cambian y cambiarán más, y, quién sabe, quizás en esta edición, el baloncesto nos deje algún momento épico que obligue a la ESPN a crear una nueva clasificación histórica. Esperemos que, al menos, no tenga nada que ver con tiempos muertos con vida propia.