lunes, 21 de noviembre de 2011

Jonás Ramalho


Creía que había utilizado ya su nombre, pero no. Voy a ser breve, porque corro el riesgo de caer en lo manido y hasta lo sesgado. Lo he dicho más de una vez: uno tiene sus pasiones... Y creo que los asiduos a este blog ya saben de qué pie cojeo y es difícil que no aflore. No reconocerlo, sería estúpido. Así que he de reconocer que ayer disfruté viendo el partido de Sevilla tranquilamente en un bar. Reconozco que los elogios que el equipo de Bielsa había venido recibiendo en los últimos días, me asustaron. Me asustaron por repentinos y por apresurados. El equipo asomaba, dejaba ver, se podía intuir, pero la gente está siempre demasiado ansiosa por llegar a meta cuando aún ni han tomado la salida, y esa urgencia nunca ayuda. Pero he de reconocer que el partido de ayer lo disfruté. Las sensaciones fueron extrañamente positivas. El equipo fue muy superior al Sevilla, tuvo momentos de lucidez que hacía mucho tiempo que no se veían y supo ganar con solvencia, que no siempre se logra aunque lo merezcas. El secreto de la victoria les acercó aún más a ese recurrente y confuso espejo que es el FC Barcelona, pero esta es una opinión muy personal. A mi parecer, el secreto del éxito del Barcelona no es tanto como ataca, si no como defiende, o dónde defiende, y cómo saca provecho de eso para atacar. En Sevilla, el Athletic ahogaba al local en su propia cancha. Cuando perdían una pelota, en lugar de recular, se avalanzaban sobre el balón, y en ésas vino el segundo gol, pero hubo más ejemplos. Si robas arriba, ya no tienes que correr para llegar. La lucidez de la que hablaba vino precisamente en lo que se hace luego, después de que la has robado, en mover el balón con profundidad, dinamismo y velocidad. Y así estaba disfrutando del partido, cuando en el minuto 87 Iñigo Pérez no pudo con los calambres y, cuando parecía que se preparaba Gaizka Toquero, Bielsa reculó y sacó al campo a Jonás Ramalho.

Y aquí viene lo manido porque esta era una noticia que estaba escrita desde hace cinco años. Desde que hace ya cinco años, Caparrós le llevó a un amistoso cuando no era más que un adolescente espigado que se dejaba rascar la oreja por su colega de bancada, Iker Muniain. Desde hace cinco años se ha estado esperando el debú de este jugador en competición oficial con el primer equipo del club. Como decían hoy en los informativos, ya estuvo cerca en otras ocasiones, pero nunca fraguó. Fraguó ayer, y el joven central que ahora juega de lateral en el filial, acabó de debutar como mediocentro. Con su nuevo peinado a lo Allen Iverson y su enorme zancada, pareció abrumado cuando, tras pitar el final del partido el árbitro, aún no era capaz de reaccionar al abrazo de "su hermano" Iker Muniain.

Sigo con lo de las confesiones: aquello acabó por alegrarme el día. Ansiaba que llegara este día. Ya he dicho muchas veces que por mi ocupación laboral, que me lleva en ocasiones a tener que poner en práctica paradigmas teóricos que debaten temas como la hibridación, la globalización, la generación de roles culturales, la multiculturalidad, la etnicidad... siempre parece que me atrae la idea de ponerme crítico con mi pasión futbolística por un equipo cuyo soporte emotivo principal se basa en una tradición que parece tan ajena a las posturas más modernas que pueden desprenderse de todas esas nuevas disciplinas o categorías analíticas. Es decir, que a veces me pregunto cómo puedo ser del Athletic. Pero, tranquilos, no me vapuleís, aún, que siempre acabo por vapulearme yo mismo. En el fondo, existe esa pulsión, pero no la hago caso. La tradición (o la filosofía, como dicen algunos) en la que se basa la especialidad de este equipo tiene muchos más puntos positivos que negativos y muchas más cosas defendibles que atacables. Todo se puede discutir pero, aunque a veces dude, acabaría por defenderla sin paños calientes.

Pero los tiempos cambian, nuestra realidad social es otra y a mí me gusta ver que mi club, aunque defienda una tradición de más de cien años de historia, aunque infunda un respeto casi religioso por su pasado, aunque venere su memoria en un impulso que a veces duele, me gusta ver que se mueve adelante con los tiempos, que cambia, que se moderniza, que muta y muda y se parece al que era antes pero es completamente distinto: porque si nuestro equipo se basa en una tradición, esa tradición se basa en una ligazón, la que siempre ha unido al club con su afición, con su masa social, con el material humano que ha nutrido al club de jugadores, dirigentes y aficionados por partes iguales. Y ese material humano, además de ser aficionados, simpatizantes y socios del club, son también ciudadanos, ciudadanos que votan, curran y quieren enamorarse, y esos ciudadanos viven en una sociedad que cambia, que se parece poco a la que en 1898 vio la fundación del club. Por eso me alegró sobremanera ver al hijo de un emigrante angoleño que se casó con una vizcaína convertirse en el primer jugador vizcaíno de color que debuta con el Athletic. Del color que sea, que sean blancas y rojas las franjas y que siga creciendo la historia de este club para que cuando queramos mirar hacia atrás, miremos cada vez más cerca.

2 comentarios:

Rio Navia D dijo...

Desde la Ciudad de México, leo con emoción el artículo y expreso mi admiración tanto por el Club como por sus seguidores y, por supuesto, por el autor del blog.
Mirarán hacia atrás cada vez más cerca y cada vez mas auténticos.
Viva el Athletic Carajo!!
Mario E. González
mariogonz@infosel.net.mx

Holden Caulfield dijo...

Hola Mario. Muchas gracias por tu comentario. La verdad es que se agradece, al mismo tiempo que me asusta un poco que se lea este blog desde tan lejos. Pero, lo dicho, gracias y sí, viva el Athletic carajo!