jueves 2 de febrero de 2012

Águeda de Catania





Si buscáis en wikipedia os dirán que Águeda de Catania es Santa. No falta nada para que se celebre su festividad, por cierto. Además de eso, en la wiki, os contarán por qué es santa y donde nació y hasta os contarán una historia muy bonita sobre el volcán Etna. Pero, por supuesto, no es de nada de eso que yo quiero hablar.


De hecho, la wiki termina uno de sus primeros párrafos diciendo que "en el País Vasco se le atribuye una faceta sanadora". Y se refieren a la veneración a la virgen de Santa Águeda.


No sé si buscábamos redención, sanidad o perversión, pero Santa Águeda, en mi imaginario particular siempre me ha sanado el aburrimiento.


Porque en mi pueblo hay una ermita y en Febrero la gente coge unas varas enormes que golpea por el suelo, le canta canciones en euskera a la virgen y el domingo se sube en romería hasta la ermita para asistir a misa, comprar rosquillas de anis y pasar el día en comunión con la naturaleza, ya me entiendes. Pero nosotros, en aquellos años en los que rozaba la veintena, lo hacíamos más emocionante y subíamos la noche antes, a pasarla en el cobertizo que hacía las veces de refugio o acampados en La Pozorra. Noches de insomnio, bien regadas, viendo pasar los coches allá abajo en la autopista y sintiéndote al mismo tiempo insustituible y diminuto.


Pero tampoco quiero hablar de eso ahora.


Quiero hablar de que por la ventana del despacho veo como está nevando en la ciudad donde se hace la ley. Y estoy pensando que me quiero ir para casa a todo correr y que conducir de vuelta se va a parecer mucho a cuando jugábamos a aquel videojuego de Carlos Sainz donde tenías que conducir su coche por un circuito helado y nocturno donde yo no llegaba a meta ni aunque tirara de mi la grua de la Mutua.


Estoy pensando que me parece que hoy no voy a correr. Y tampoco fui ayer ni antesdeayer. Así que hemos vuelto a joder el planning que me había hecho. Pero fui el lunes a correr, y de eso, sí, de eso sí quería hablar.


¿De correr en lunes?


Pues sí, de que corrí el lunes.


De que el lunes me levanté a las seis de la mañana, me monté en el coche, me vine a currar. Me di por almorzado con medio sándwich a las doce y media de la mañana y a las tres y algo me volví a casa. A las cuatro y pico entraba por la puerta con una determinación que no había conocido hasta entonces, así que me puse las zapatillas, me abroché el pulsómetro, la dije adiós con una sonrisa y me marché a correr del tirón. Y no quería decirlo, pero sabía muy bien a dónde quería ir.


Porque últimamente la gente me estaba chinchando mucho. Nuestros amigos pormaratonianos, que también se asoman por aquí de vez en cuando, me estaban poniendo los dientes largos con todos sus planes, sus éxitos y su desarrollo. Y un pormaratoniano en concreto, el que también monta en bicicleta, si no era suficiente con lo que se leía en los blogs y twitters, me puso los dientes más largos de viva voz, de cuerpo presente, asistiendo al hat-trick de Llorente de pie junto a la barra del bar: "me he ido corriendo hasta Santa Águeda". Joputa, pensé con todo el cariño y respeto del mundo.


Lo habíamos hablado unos días antes: ¿objetivos deportivos para este año? Uno de ellos, el mismo de siempre: subir corriendo hasta Santa Águeda. Siempre fue uno de mis objetivos. No es un gran objetivo, no es un reto insuperable, pero era un reto personal, un objetivo privado, algo que me quemaba en la sesera y en los gemelos desde hace años. Porque ya lo intenté en su día con el ganador de la I Pormaratoniana y se tuvo que parar para esperarme y nos volvimos a casa. Vamos, que no llegué. Y he pasado por allí cientos de veces, a pata, camino del monte, porque la espina dorsal que une el Arroletza con el Apuko, camino del Eretza, es como un hábitat natural para este servidor. Y muchas veces me encontré con corredores que iban y venían camino de la ermita, y la envidia no era tan sana como la imagen de la virgen de Santa Águeda que guardan dentro de la ermita. Qué va. Lo tenía ahí, clavado. Y, sí, ya lo habéis adivinado, no hay suspense, ni emoción: el lunes, con dos cojones, a mi bochornoso ritmo, pero ritmo al fin y al cabo, me subí hasta Santa Águeda y me ventilé uno de mis retos deportivos para 2012 y eso que estamos a 2 de Febrero.


Volví a casa una hora y veinte minutos después de correr unos 13 kilómetros. Me di una buena vuelta antes de enfilar la primera cuesta que te sube hasta el barrio de Cruces y para cuando empecé a dejar La Paz a un costado, ya veía la media hora de cerca. Seguí el orden del tráfico, y giré por el misterioso edificio gubernamental hasta llegar al valle lleno de huertas y encontrar la primera cuesta abajo que te lleva hasta los depósitos. Todo este tramo, el primero, es lo más duro, si pasas esto, ya lo tienes todo hecho. Pero, hasta ahora, nunca lo había pasado, y sufrí, sufrí y pensé que en los depósitos me daba la vuelta y volvía a casa, pero no lo hice, y encaré la primera cuesta a sabiendas de que ya no había marcha atrás, iba a llegar hasta la ermita.


Y llegué fácil. La subida es corta y sencilla. Hay continuos descansos y las rampas más duras son cortas. Has pasado la primera, descansas un rato, y para cuando se vuelve a empinar, ves la ermita al fondo, con lo que te animas y no te duelen las piernas. Las últimas rampas duras están al final, recién pasada la entrada a la pista que sube hasta Peñas Blancas y a pocos metros de la ermita, pero no son difíciles.


Cuando llegué a la ermita, todo parecía abandonado. El día era gris pero parecía acogedor. No se oía nada. Olía a excremento de vaca. Me sentí complacido, por qué no decirlo. Corrí hasta tocar el murete de la ermita, me di media vuelta y sin parar, me puse a bajar con mejor ritmo, el puño prieto y ahogando un grito de satisfacción. Acababa de darme cuenta de que no era para tanto, pero lo había hecho, y después de tantos años de proposición incompleta, nada me iba a robar la satisfacción de haberlo hecho. Así que bajé disfrutando como un niño, dejándome llevar, respirando con profundidad, mirando el paisaje y sonriendo. Así hasta casa, de verdad.


Hacía mucho que no me sentía tan bien corriendo y después de correr.


Al fin y al cabo, siempre es agradable cumplir tus retos, y si son tuyos y son retos, nunca pueden ser pequeños. Sé que no es como subir el Everest, ni tan siquiera es mi Everest, pero aunque tampoco sea el Gorbea, quizás sí sea mi Gorbea. O puede que acabe por correr hasta la cima del Gorbea también, ¿que no?

sábado 28 de enero de 2012

Fred Hoiberg (Parte 2)



Sí, eran los Minnesota Timberwolves de Eddie Griffin, al que despedirían un año más tarde, después de fracasar en el intento de rehabilitar a un jugador que tenía tanto talento como problemas con el alcohol. Poco después, murió. Con una cogorza de aúpa, cogió el coche, y no era la primera vez. Se quedó en medio de las vías, le arrolló el tren. Ardió de tal manera que tuvieron que recurrir a su dentadura para reconocerlo. Tenía 25 años. Eran los Wolves de un Kevin Garnett que empezaba a perder la ilusión. De un Sam Cassell que aún tenía ascendente, aunque acababa de salir de una larga lesión y aquel partido no lo jugó, aunque le vi calentar, sin quitarse los sweat pants, que suena más glamoroso que si lo llamamos chandal. Los Wolves del madrileño Wally Szczerbiak con su peinado inamovible. Los Wolves del genio del playground, del jugón Latrell Sprewell. Y, también, claro, de la antigua estrella de Iowa State, Fred Hoiberg.
En el otro bando, los Portland Trail Blazers venían sin Zach Randolph. Ruben Patterson, Nick Van Exel y Damon Stoudamire eran los pilares de aquel equipo, tres exteriores para tirarse hasta las zapatillas. Joel Przybilla y Theo Ratliff reboteaban, Derek Anderson daban descanso a todos, Sebastian Telfair pasaba desapercibido y Travis Outlaw era demasiado joven para que participara de la fiesta. No había más donde rascar.
Ganaron los de casa por ocho puntos, 84-92, después de empezar perdiendo el primer cuarto. El partido fue soporífero, de bostezo absoluto, un coñazo como no está escrito. Un truño del copón, que diría Robin Food. La leche (desnatada) de aburrido. Alan se divertía más con las animadoras. Su hijo Jacob ya no se divertía con nada. Yo, doy gracias, estaba ya medio pedo porque me habían comprado un barril de plástico repleto de cerveza Miller que, por cierto, no me gustaba una mierda, pero era cerveza al fin y al cabo.
El mejor de los Blazers fue Patterson, con 25 puntos, aunque no pudo haber sido de otra forma. Entre todos los jugadores de los Blazers, tiraron 82 veces a canasta y metieron 35 de ellas. De los 82 intentos, nada más y nada menos que 59 se los cascaron entre Patterson, Stoudamire y Van Exel, para meter, al final, 26. Así que ya entendéis de qué fue la cosa. Por los Wolves, Garnett se marcó un alley-hoop que hizo vibrar a la grada y para de contar. Sprewell fue la estrella con cinco triples pero el que más sorprendió fue el malogrado Griffin. Solo metió un par de canastas y dos tiros libres, pero se cogió 18 rebotes, apuesto a que la mayoría a tiros del trío calavera de los Blazers. A la gente aquello le ilusionaba. El equipo llevaba un récord positivo cuando había pasado un tercio de la liga, pero no eran muy optimistas. Los 18 rebotes de Griffin apuntaban a que quizás el riesgo de apostar por un jugador con sus credenciales, podía resultar fundamental. En aquel mismo librillo, también se ofrecía un reportaje sobre el alero de Seton Hall. Él decía que estaba cansado de cagarla, después de haberse pasado su año de contrato con los Nets en blanco, ingresado en una clínica de rehabilitación. Kevin Garnett apostillaba diciendo que Griffin podía ser un jugador clave. John Lucas, su valedor, confesaba que creía que los Wolves podían ser la última oportunidad del jugador porque confiaba en la labor extra deportiva que Kevin McHale y Flip Saunders llevaban a cabo con los jugadores jóvenes. Eso es lo que fue, la última oportunidad. Por cierto, ni Szczerbiak ni Hoiberg, aunque lo intentaron, acertaron aquel día desde la línea de tres.
¿Y qué más recuerdo?
La calva del tío de delante. Donde podía leer mi futuro, como si fuera el fondo de una taza de té. A una oronda americana de cabellera nacarada que casi me lanza encima su bol de alitas de pollo. Que sonó “Stacey’s Mom” de Fountains of Wayne tocado por una orquesta festiva antes de empezar. Que me no me levanté cuando sonó el himno. Bueno, no al principio, luego lo hice, pero para mirar mejor hacia abajo y ver a los jugadores comportarse, sin poder encontrar otro Mahmoud Abdul Rauf. Que el marcador electrónico que colgaba del techo era tan grande como un camión con cabina frigorífica. Pasaba más tiempo mirando ahí arriba, que abajo, a la pista, y me imaginaba qué pasaría si uno de esos anclajes fallara y el invento se precipitara al vacío. Tranquilos, aún nadie me ha diagnosticado instintos asesinos. Ir al baño. Eso también lo recuerdo. Creo que fue en el tercer cuarto, cuando la Miller se me amontonaba en la vejiga y me excusé y tardé como cinco minutos en encontrar los baños y otros tantos en volver, pero no ya porque no sabía el camino, si no porque me quedé extasiado viendo una trifulca con mucho estilo entre un afro americano con el pelo cardado y de más de dos metros que andaba agarrando por las solapas a un vendedor de perritos. Le había levantado por encima del mostrador de su puesto y el gorro a franjas rojas y blancas le bailaba hacia un costado. Cuando, en un momento, y por sorpresa, los dos se giraron para mirar como yo les miraba con curiosidad, apague la tele, y dejé de ver The Wire. Me volví a mi sitio y el partido seguía en el mismo sitio. También recuerdo que Alan me preguntó si me estaba divirtiendo, y le dije que sí. Luego insistió, y ya no me callé: le dije que la experiencia merecía la pena, pero que me estaba aburriendo como una ostra (no sé cómo se dice ostra en inglés, así que probablemente usara otra expresión), que el baloncesto americano era un puto coñazo (sí sé cómo se dice coñazo en inglés, pero probablemente usara otra expresión). Se sorprendió, así que insistí otra vez en lo de que la experiencia merecía la pena.
Y nos fuimos.
Volvimos por donde habíamos venido.
Circo abandonado, parking cubierto y repleto, puentes de cristal con moqueta, vestíbulos marmóreos, y una carrerita por una calle que parecía la vieja pista de hielo de Artxanda. Calentitos en la pickup, música rock cristiana para amenizar, y vuelta a la casa de los abuelos donde nos esperaba un guisado de carne con puré de patatas, guisantes y, de postre, una tarta de chocolate que fue el único dulce casero que me gustó de mi experiencia americana. Unos meses después, repetí en la casa abandonada de Orchard, después de conducir una moto de cuatro ruedas que me ayudó a recordar lo bonito que es pasear con las dos piernas que nos van creciendo desde que nacemos. Aquel pastel, sin embargo, merecía la angustia del motor.
Al día siguiente, nos condujimos las cinco horas de viaje sin pestañear, y ya está, para cuando llegué a casa, ya casi ni me acordaba de Ruben Patterson. Pau Gasol seguía jugando en los Memphis Grizzlies. Los niños se pirraban por Dwayne Wade. Steve Nash estaba haciendo la temporada de su vida. Y Bruce Bowen era un nombre que me aprendí de golpe. Poco más. Yo seguí viendo partidos de la NBA en la tele porque no tenía nada mejor que ver que no fueran más telecomedias. Me tragué la NCAA, jugué un par de partidos con los autóctonos en el REC Center, asistí a la temporada magnífica de Casey Harriman en su año junior, creo, de High School, y me volví a mi pueblo con todo resuelto, pero sin grandes cosas que contar.
Eso sí. Once años más tarde, te encuentras con el librillo, te pones a leer sobre Eddie Griffin y Fred Hoiberg y todo parece que fue mejor de lo que era en realidad. ¿O no?


Posdata: Ah, por cierto, dos cosas que no he recordado. Una, que le compré un Stenson a quien me lo pidió en el centro comercial más grande de los Estados Unidos, y si no el segundo. Tenían un parque de atracciones en el centro. Subimos hasta el último piso para ver a las camareras pechugonas que servían en patines en un Hootie's. Me llevaron al Ikea porque aquello era nuevo y lo flipaban y desayunamos huevos revueltos en el mismo Ikea. Apasionante. Y, dos, el que está ahí, al fondo, soy yo, con Heidi, mirando el suelo de hielo y pisándolo bien, a ver si iba a quebrarse como en los dibujos animados marca Acme.



viernes 27 de enero de 2012

Fred Hoiberg (Parte 1)



Fue tal su éxito como jugador de baloncesto universitario que le llamaban el alcalde porque en las elecciones municipales de 1993 varias personas escribieron su nombre en las papeletas aunque no era candidato a la alcaldía de Ames, Iowa. En Ames, Iowa, está la cancha de los ciclones de la Universidad de Iowa State. Aún hoy en día, Hoiberg aparece entre los siete primeros en todas las categorías estadísticas en la historia de esta universidad. Era un all-around player, capaz de meter, además, las canastas decisivas para ganar un partido.
Tras su paso por la liga universitaria, fichó por Indiana Pacers, y luego por Chicago Bulls, y al final por los Minnesota Timberwolves. Todo para diez años de carrera y más de 500 partidos, especializándose en lanzar triples con eficacia.
Y aunque parezca que no, yo no quería hablar de él en concreto. Pero aparecía en el folleto. Aquel día le hacían una entrevista, le preguntaban cosas como qué habría sido de no haber podido ser jugador de baloncesto, y contestaba que, entonces, pues de golf. Y le preguntaban también que dijera algo que no supiera ningún aficionado, y contestaba que tenía un hermano gemelo y nadie lo sabía. ¿Qué folleto? El folleto. O el librillo. Y no de papel de fumar. El librillo que me dieron aquel 15 de Enero de 2005, cuando subimos hasta Minneapolis, Minnesota, para que yo perdiera mi virginidad enebeática en el Target Center.
Esta semana tocó bajar a comer a casa de la madre, y antes del café, me puse a buscar unos papeles en el viejo armario donde antes colgaba mi ropa cuando vivía con ella. Aún quedan un buen puñado de cosas que abandoné cuando me fui de allí. Entre ellas, una enorme caja de cartón de los chinos donde he ido acumulando papeles y recuerdos que no sirven ya para mucho, para poco más que vivir experiencias como ésta. Y enredando, me encontré dos cosas: el librillo del partido que el 15 de Enero de 2005 enfrentó a Minnesota Timberwolves contra los Portland Trail Blazers y las entradas para aquel partido.
Me subí ambas cosas para casa, pensando que podría escribir una entrada nostálgicas de esas que parecen gustarme tanto. Y en eso estoy, aunque si he de ser sincero, no sé donde he metido el librillo ni las entradas, y escribo de memoria.
Recuerdo que condujimos durante horas para llegar a Minneapolis el día antes del partido. Recuerdo que el día era soleado pero hacía frío y que la llegada a la marisma urbana que forman las ciudades gemelas de Minneapolis y Saint Paul era impresionante, navegando por una autopista de multiples carriles. Recuerdo dejar de mirar rascacielos para mirar a mi derecha y encontrarme con un enorme utilitario tuneado con cuatro afroamericanos enormes dentro. El coche tenía cuatro pequeños televisores en su interior, uno bajo el espejo retrovisor, otro sobre la guantera, frente al copiloto, y otros dos incrustados en la parte posterior de los asientos delanteros. En los cuatro, aunque parezca mentira, se veían imágenes de la serie de televisión Everybody Loves Raymond. Recuerdo la casa de los abuelos. Y el porche helado, la nieve sucia apilada en una esquina, salimos a jugar a tirarnos bolas de nieve. Dentro me aburría, así que me fui pronto a la cama, ansioso por que llegara el día siguiente. Por la mañana fuimos de turismo, me llevaron a visitar la cascada de Minnehaha. Por lo menos, hacía diez grados bajo cero, y no exagero. Por eso me llevaron, la cascada estaba helada, como te lo cuento, con el agua que caía convertida en una cortina de hielo. Jacob me empujaba para que me resbalara y me resbalaba y me agarraba a él y él también se resbalaba y nos caíamos juntos y nos reíamos el como el crío que era yo como si lo fuera. De allí, fuimos a un lago helado, no me preguntes cuál, pero seguro que tenía el nombre de otro personaje nativoamericano de algún poema de Longfellow o algo así. Aquello no lo olvidaré nunca. La gente, al fondo, se apilaba en un círculo donde se acumulaban casetas y agujeros hechos en el hielo por donde caían las cañas, como en Beautiful Girls, sí, pero no vi ni a Uma Thurman ni a Natalie Portman. En un costado, visitamos una exposición: arte en hielo, te lo creas o no. Y el resto era un enorme vacío blanco tan extenso como uniforme, y paseábamos sobre él, mientras Heidi me miraba como si no se creyera mi confianza en el hielo. Entonces, llegó Alan y me tentó los nervios. Me retó. No me tiró el guante porque hacía un frío del carajo, pero yo se lo cogí de todas formas. Así que lo hicimos: bajamos el coche por el camino que bajaba hasta la orilla, y pisamos fuerte el acelerador. Primero condujo él, derrapó, giró sobre el hielo como si quisiera cortarlo en círculo, volvió por el mismo camino y frenó en seco, tan en seco, que el coche se deslizo varios metros como si fuera una goitibera cuesta abajo. Y luego me tocó a mí. Fue como cerrar los ojos y olvidarte del sentido común. De ahí fuimos a comer a un restaurante malasio que estaba más escondido que el tesoro del mapa. No sé ni las cosas que pudimos comer allí, pero todo estaba riquísimo y muy picante. Eso sí, lo que más recuerdo es que me bebí dos heinekens. Dos, sí. Llevaba meses sin tomarme una. Sobremesa relajada, y bajamos hasta el downtown en la pickup de Alan. Jacob atrás, sin poder cerrar la boca, excitado. Las calles del centro estaban abandonadas. Aquello parecía un escenario perfecto para The Walking Dead. Solo algunas personas extraviadas esperaban el autobús en la marquesina, o corrían hasta su coche aparcado, o asomaban en las ventanas de los bares dejando su respiración en el vaho de los cristales. Aparcamos en una calle trasera y entramos corriendo a no sé dónde. Era el interior de uno de esos rascacielos que veíamos puntiagudos desde lejos. Estábamos en un enorme vestíbulo, repleto de marmol, espejos, luces de araña y negocios cerrados. La gente aparecía y desaparecía por los pasillos, subían y bajaban escaleras, se encontraban y charlaban, aquello parecía la plaza del pueblo. Y me lo explicaron. Todos los edificios estaban comunicados por puentes acristalados. No hacía falta salir a la calle y caminar bajo temperaturas heladoras. Podías ir de una punta a otra del centro sin salir de dentro. Y eso hicimos. Parábamos en los puentes a mirar afuera y a sacarnos fotos, y nos perdimos, volvimos al principio, y al final Alan se orientó y sin saber cómo llegamos al aparcamiento cubierto del Target Center. Parecía que íbamos caminando por los pasillos interiores de los almacenes de un centro comercial. Abrimos una puerta, y llegamos al circo. A las tripas del Target Center. Había actividad en todos los rincones: vitrinas con trofeos y recuerdos (me saqué una foto junto a una vieja chaqueta de los Minneapolis Lakers), canastas de juguete, monitores pintándole la cara a los niños, puestos de hot dogs, payasos, azafatas de publicidad, músicos... Llegamos con horas de adelanto, pero nos costó encontrar el vomitorio. Pasamos por debajo del graderío y se hizo la luz. Un circo romano. Un enorme vórtice de butacas multicolores. Un valle florido con una ridícula cancha reluciente en el centro. Las magnitudes impresionarían a cualquiera. Alan propuso que bajáramos a la cancha, donde se apilaban los pocos aficionados que ya habían llegado, y los fotógrafos, y los agentes de seguridad. Los jugadores salieron a calentar. Y ya lo escribí otra vez: Mark Madsen me guiñó un ojo. Vi a Sam Cassell tan cerca que le conté los dientes. Eddie Griffin, a su bola, se la pasaba por detrás de la espalda.

martes 24 de enero de 2012

Jim Caviezel


¿Sabías que dicen que bien podría haberse convertido en un jugador de baloncesto profesional? Con su 1'88 jugaba de exterior en el Bellevue Community School. En su segundo año, una lesión en el pie puso final a sus sueños, le transfirieron a la Universidad de Washington y cambió el baloncesto por la interpretación.
¿Qué estaba haciendo yo ayer mientras César Fernández de las Heras Caneda marcaba un gol en el descuento de las semifinales?
Ver una película de Jim Caviezel.
Dijeron que solo duraba ochenta minutos, así que me convencí de verla. Salí de casa a las 6:45 de la mañana, a las 7:50 estaba en mi puesto de trabajo. Lo abandoné a las 13:05 para comer un par de sándwiches. Regresé a las 13:35 y di por cerrada la jornada a las 20:15. A las 21:45, más o menos, entraba por la puerta de casa. Estaba hecho polvo, pero una película de ochenta minutos, con los pies sobre la mesa y hundido en el sofá lo podría soportar. La peli se titulaba Mentes en Blanco, Unknown en inglés, dirigida por Simon Brand en 2006. ¿Estuvo bien? Bueno, eran poco más de las 23:30 cuando terminó, perfecto para ir a la cama y caer como un bebé.
¿Y qué pasó mientras tanto?
Pues pasó que no me enteré de la hazaña de los héroes de Anduva. Y eso que en una de esas, antes de que comenzara la peli, mientras ella subía y bajaba canales con dejadez, pasó por uno de ellos donde estaban dando el partido y la dije, ¡espera!, déjame ver cómo van. Y vi que iban 0-1, así que le susurré, ya está, cambia. Y pensé que se acabó el sueño de los de Carlos Pouso, y que pronto iba a empezar el mío, mucho más profundo.
Me fui a la cama, mientras ellos lo celebraban en las duchas, mientras la gente, en Miranda de Ebro, lo celebraban por todo lo alto, mientras Pablo Infante, por mucho que haya tenido que ir a trabajar esta mañana, no conseguía conciliar el sueño después de tanta emoción. Seguro. Pero yo no me he enterado hasta esta madrugada.
6:00 ha sonado el despertador. 6:25 he terminado de tomarme el café y de ver la prensa. 6:30 ya estaba en el escritorio. 9:00 me tomo un descanso y decido escribir algo sobre ellos, sobre Rui Fonte, Mauricio Pochettino, Pablo Infante, César Caneda y Carlos Pouso.
Impresionante.
Es la mayor felicidad del mundo, dicen que decía Pouso. Me lo creo.
Esto es Anduva, lo pone en la puerta, dicen que decía Infante. Me lo imagino.
Qué grande es el fútbol, dicen que decía Piqué. ¿Me lo cuentas?
Me lo perdí. Pero lo puedo recuperar.
Mientras veía el resumen, y sentía las gradas repletas de Anduva flipar con el remate al primer palo de César Caneda, lo recuperaba. Lo vivía como un homenaje a todos los que nos hemos tragado, nos tragamos, y nos tragaremos, tantos y tantos partidos de categorías inferiores. La vieja Lasesarre. Los graderíos de hormigón armado. Las bufandas de lana. Los sueños que no acaban en títulos. Algo de eso me venía a la cabeza.
Sinceramente, espero que la semifinal enfrente al Mirandés con el Athletic y que la pierda el Mirandés porque soy seguidor del Athletic, pero también soy socio del Barakaldo y un aficionado de la Segunda B y de la Tercera, de esos a los que Anduva les parece un templo, de los que han visto crecer y envejecer a jugadores que nunca ganaron (ni ganarán) un FIFA World Player pero celebraban los goles como si hubieran ganado la Copa del Rey. Y Pouso y los suyos están cerca. Una felicidad inmensa, me lo puedo imaginar. Me lo imagino con un poquito de envidia sana y con cierto poso de tristeza: algún año nos tocará a nosotros. Mientras tanto, aupa Athletic y a ver si las semifinales de Copa son rojas con franjas o sin ellas.
La próxima vez, por muy cansado que esté, prometo que le van a dar por ahí a Jim Caviezel.

lunes 23 de enero de 2012

Diego Sánchez Montoya




Conocido como Dieguito, delantero de apenas 21 años del Lorca Atlético. Ayer se marcó cinco goles en el Estadio de Santo Domingo, ante el Poli Ejido. El asunto es que solo fueron cinco. Y solo cinco porque sus compañeros marcaron otros nueve para llegar hasta los catorce. 0-14. El resultado más abultado a domicilio en la historia de la Segunda B.


Pensarás que el Lorca Atlético se sale en la tabla, pero no. Dieguito y sus compañeros ocupan la decimoquinta plaza, a solo cuatro puntos del descenso. En descenso está el Poli Ejido, aunque quizás no le haga falta esperar al final de la temporada para vivir el descenso del equipo.


No hace nada que, en el mismo grupo de la Segunda B, el Spórting Villanueva extremeño fue expulsado de la competición tras el que se convirtió en el encierro más largo de un grupo de futbolistas: 55 días encerrados en un vestuario para denunciar los continuos impagos. Se barruntaba que lo mismo ocurriría con el Poli Ejido, pero, al final, se disputó el partido. Un partido un tanto surrealista, con menos de 50 espectadores en las gradas, un árbitro que se fue sin cobrar, y un amago de denuncia al comienzo del partido porque el Lorca sospechaba, y acabó por denunciar, que las fichas presentadas por el equipo no se correspondían con las fotografías. Qué recuerdos de cuando jugábamos al futbito en el colegio, y qué triste. Al final se jugó, el Lorca se quedó con diez en el minuto 26 de la primera parte, pero aún así le coló 14 goles a un equipo, el ejidense, que solo tenía siete fichas profesionales, siendo el resto jugadores del juvenil.


Hablamos de un equipo que hace solo tres temporadas descendía de Segunda, donde estuvo por un periodo de siete temporadas, soñando incluso con el ascenso en el año de Antonio Tapia y haciendo disfrutar a su hinchada con aquel 5-0 ante el Villarreal que le dio el pase a los octavos de Copa. Un equipo por el que han pasado, con mayor o menor éxito, jugadores como Mario Bermejo, Antonio de Nigris, Jorge Molina, Kike Burgos, Miguel Ángel Corona, Moisés García León, Marcelino Elena, Mikel Rico, Víctor Salas, Mariano Toedtli, Gerardo Torrado, Antonio Soldevilla o Luciano Leguizamón. Pero ése en realidad, era el Polideportivo Ejido, no el Poli Ejido 2012, que es el equipo que perdió ayer 0-14. Y es que después de reyes el equipo le dio la carta de libertad a todos sus jugadores y amenazó con la disolución. Se encontraron compradores, se refundó, se puso un nuevo nombre, no jugó la jornada por falta de jugadores pero solo una semana después se anunció que el equipo renunciaba a la categoría. Aún así, se jugó el partido contra el Lorca. Es una lástima ver a cualquier club en estas circunstancias, en las que se han visto otros antes, y parece que se verán más. La Segunda B parece agonizar: el Lemoa ya no tiene el dinero de la cementera, Villanueva del Fresno se quedó sin equipo, el Alicante también anuncia su muerte, el Spórting Mahonés seguirá el camino del Poli Ejido y el Spórting Villanueva... La situación parece muy crítica para el fútbol modesto en España, y, sinceramente, creo que la solución está lejos.

viernes 20 de enero de 2012

Jacinto Asteinza


Natural de Boroa, barrio de Amorebieta, Jacinto Asteinza, conocido como Katxin, murió en julio de 2010 a los 83 años. Durante toda su vida, se dedicó a su caserío. A las cuatro de la mañana, bajaba a mercabilbao dispuesto a colocar los productos de su huerta, a las nueve estaba de vuelta, y entonces se convertía en lo que siempre fue: un ciclista.
A finales de los años cuarenta, cuando el monje volador y su amigo Bartali comenzaban la leyenda, Asteinza debutaba con victorias en las categorías de independientes y aficionados, apuntando a una carrera de profesional que nunca ocurriría porque las necesidades le obligaron a desistir y dedicarse a conseguir parné de otra manera.
Aún así, Asteinza regresó a la bicicleta unos años más tarde y, probablemente, sea, a día de hoy, el ciclista vasco con mejor palmarés, aunque no haya tenido el reconocimiento adecuado porque todos sus logros se dieron en una categoría digamos que menor, la de veteranos. Aún así, Asteinza fue siete veces campeón de España y una vez campeón del Mundo. Fue el veterano más rápido del mundo en Austria en el año 1973. Después de varios trasbordos que le llevaron desde Hendaya hasta París y después hasta el Tirol, Asteinza se montó en su bicicleta, ganó el campeonato, y se volvió a Amorebieta para celebrarlo con una cena en el restaurante de El Cojo.
Asteinza nunca colgó la bicicleta. Todos los días salía a entrenar (no a pasear) y amaba la competición. En los años ochenta, cuando empezaron a ponerse de moda las pruebas para aficionados, Asteinza se apuntó y disputó, entre otras, la Bilbao-Bilbao, la Luchon-Bayona o la Quebrantahuesos. También se hizo el camino de Santiago en bicicleta a los setenta años. En 2006, la vida de Katxin cambió para siempre, según cuentan los que le conocían. Su hijo había heredado su pasión por el ciclismo y había salido a entrenar por las cercanías de Amorebieta. Un conductor que más tarde dio positivo lo atropelló. La muerte de su hijo dejó marcado a Asteinza que abandonó la bicicleta, aunque no del todo.
Probablemente, merezca algo más que una entrada en un blog como éste, pero yo no he podido resistirme a contar su historia, con los pocos datos que tenía, después de encontrarme, por casualidad, su nombre.
Por cierto, ya que hablamos de ciclismo, mientras Óscar Freire acaba de estrenarse allá por Australia, no puedo tampoco evitar referirme a las últimas noticias salidas en prensa que apuntan a los apuros económicos que están pasando pruebas como el Gran Premio de Llodio y el Gran Premio Miguel Indurain. No tenemos Bicicleta Vasca, pero la Vuelta a España llegará a Arrate. No tenemos Subida a Urkiola, pero la Vuelta a España llegará a Arrate. Quizás no tengamos Gran Premio Miguel Indurain, pero la Vuelta a España se marcará un encierro por Pamplona. Quizás no tengamos Gran Premio de Llodio, pero la Vuelta a España llegó el año pasado a Vitoria. ¿Nos vale? A mí no. Lo apunté el año pasado. El espectáculo del Vivero, o la entrada por Las Muñecas, la llegada a Bilbao, el Santuario visitado por la caravana de la Vuelta, pasar con las bicicletas por estafeta, que la Vuelta, este año, salga de enfrente de la casa de mis suegros, todo me parece bien. Me parece muy bien. No estuve en el Vivero, pero estuve en la Alameda de Rekalde. Ahora, ¿a costa de qué? Si desaparecen el Gran Premio Miguel Indurain, con la preciosa llegada final al monasterio de Puy, donde han ganado, entre otros (no todos en Puy que no se ha subido toda la vida, lo sé), Garzelli, Nocentini, Samu, Joaquim, Kessler o Fabien Wegmann; si desaparece el Gran Premio de Llodio, con el arbolado Altube de por medio, donde han ganado, entre otros, Julián Gorospe, Cabestany, Perdiguero, José Iván Gutiérrez, Samu, De la Fuente o Unai Etxebarria… ¿Quién será el próximo? ¿Merece la pena invertir todo el dinero público destinado a la promoción del ciclismo en que la Vuelta a España llegue al País Vasco, o necesitamos respetar, y proteger, a otras pruebas ciclistas vascas con calado histórico, prestigio y un valor distinto pero igual de importante para este deporte? ¿Son las dos compatibles? Yo pregunto, no sé si alguien podrá contestarme. Quizás, si hubiera llegado a tiempo, me lo habría sabido explicar Jacinto Asteinza, aunque lo dudo, lo suyo hubiera sido correr las pruebas, más que hablar de ellas.

miércoles 18 de enero de 2012

Will Artino



Desde que ganaron a Tulsa, no había vuelto a hablar de ellos. Y han jugado 8 partidos, con una sola derrota. Vencieron a Northwestern por 87-79, a Wichita State por 68-61, a Drake por 76 a 59, a Bradley por 92-83, a Northern Iowa por 63-60, a Illinois State por 87-79 y a Southern Illinois por 90-71. La única derrota se la endosó la Missouri State de Kyle Weems, que se fue a los 31 puntos, bien acompañado por Anthony Downing, con 26.
Con estos resultados, Creighton encabeza la Missouri Valley Conference con un registro de 6 victorias y 1 derrota, un global de 16-2, y solo le aguanta el ritmo la Wichita State de Carl Hall y Joe Ragland a quienes, además, ya ganaron en Wichita. Así que las cosas pintan bien para los arrendajos. Unos arrendajos que están haciendo una temporada espectacular. Además, por partida doble: en lo individual y en lo colectivo. Esta semana es un ejemplo de ello, porque de esos ocho partidos hay que recalcar varias victorias por asociación de talento y un partido en concreto que rompió los récords individuales del equipo y les dio visibilidad a nivel nacional. Ya habían recibido el reconocimiento de la prensa nacional a lo largo del invierno, cuando se les incluyó en las previsiones para el bracket final, y, ahora, un jugador de los de Omaha se ha ganado a pulso un reconocimiento que le sitúa frente a todos los focos de interés nacional, pero luego hablamos de ello.
Si tengo que resumir esos ocho partidos, siete victorias y una derrota, en términos estadísticos. Diría que se confirman las inercias que ya vimos a principio de temporada. El equipo se substenta en un jugador que se apoya en el rendimiento de cuatro titulares y un par de jugadores que se suman desde el banquillo. Ethan Wragge suele ser el que más aporta saliendo desde el banco (especialmente buenos fueron sus partidos ante Northwestern, 10 puntos, y Illinois State, 14), pero también, en partidos puntuales, han aportado Josh Jones (11 puntos ante Missouri State) o Avery Dingman. Nuestro principal protagonista, Will Artino, ha bajado su aportación al equipo, e incluso llegó a quedarse sin minutos en alguno de ellos, aún así, sigue contando en las rotaciones para dar minutos a los hombres interiores del equipo. Y los hombres interiores siguen siendo la base, con un Gregory Echenique que tira poco, y a penas ha superado las dobles figuras en 3 partidos pero con los rebotes sí anda más fino y raro es el día que no alcanza la decena. El otro jugador de interior, aunque juega tanto por fuera como por dentro, es la estrella del equipo, Doug McDermott, y, aunque hablaremos más tarde de él, solo comentar que sigue con su progresión: siempre rondando los 20 puntos y 10 rebotes por partido. Por fuera, el equipo encuentra su motor, y la segunda estrella del equipo. La temporada del base titular, Antoine Young, está siendo digna de alabanza. Anota solo cuando es necesario para el equipo (19 puntos ante Wichita State, 18 ante Drake o 21 ante Northern Iowa) pero ha subido su capacidad de control del equipo, destacando en las asistencias, donde también destaca uno de los nuevos, Grant Gibbs, que se ha hecho con la titularidad y con un buen rol de hombre de equipo. Ante Northwestern llegó a repartir 12 asistencias y 12 puntos y 12 asistencias le dieron su primer double-double ante Illinois State. Por último, el canadiense Jahenns Manigat ha recuperado un puesto en el cinco, y aporta puntos, rebotes, y asistencias cuando lo necesita el equipo. Su partido más completo, con 13 puntos, 4 rebotes y 5 asistencias fue ante Bradley.
Como decía, una aportación colectiva, con partidos como el de Illinois State en el que hasta seis jugadores consiguieron dobles figuras en puntos.
Pero, esta vez, y supongo que ya sabréis quién, un jugador se ha llevado un reconocimiento individual que ha ensombrecido un poco más el rendimiento colectivo del equipo. Y es que el alero Doug McDermott ha sido incluído entre los candidatos al John R. Wooden Award. Probablemente, el premio individual más prestigioso al que se puede aspirar en la NCAA. Un premio que han ganado desde Larry Bird hasta Jimmer Fredette, pasando por Danny Ainge, Ralph Sampson, Michael Jordan, Chris Mullin, Walter Berry, David Robinson, Danny Manning, Christian Laettner, Larry Johnson, Marcus Camby, Tim Duncan, Antawn Jamison, Elton Brand, Kenyon Martin, Jameer Nelson, JJ Redick, Kevin Durant, Blake Griffin... En Enero se publica una lista de 25 jugadores que han merecido la mención durante la temporada invernal (los meses de noviembre, diciembre y principios de enero) y que tienen posibilidades de ganar el premio a final de temporada.McDermott ocupa el puesto 18 de 25, por delante de Jared Sullinger, una de las estrellas de Ohio State. La lista la encabeza Harrison Barnes, el alero de North Carolina, y también se incluyen gente que ya hemos nombrado en este blog como Draymond Green, William Buford, Scott Machado, Jeremy Lamb o Anthony Davis, freshman de Kentucky que ocupa, en su primer año, la cuarta posición.
Y no es de sorprender porque la temporada del hijo del entrenador está superando todas las expectativas y ha alcanzado repercusión nacional. McDermott, en su segundo año de carrera, lidera su conferencia en anotación (24,3 pp), rebotes (8,5 rp), dobles-dobles (seis en total), porcentaje de tiro (62,1%) y porcentaje en tiros de tres (53'2%). Además, es el segundo jugador nacional en anotación y el décimoprimero en porcentaje de tiros. Además, es el jugador nacional en activo de segundo año que ha conseguido llegar antes a la cifra récord de los mil puntos.
Y, por último, lo que me he guardado para el final, McDermott, en estos ocho partidos, se marcó uno que es aún la mejor actuación individual en lo que va de temporada a nivel nacional. Y es que, ante Bradley, se marcó 44 puntos, con 18 de 23 en tiros de campo, más 8 rebotes. Nadie esta temporada ha metido más puntos en un úncio partido. Por cierto, cuelgo el vídeo de esa actuación y digo adiós ya, que la entrada me ha quedado más larga que las piernas de McDermott. Volveremos con más arrendajos, marzo ya no anda lejos: