viernes, 18 de junio de 2010

David Llorens


Todavía quedan un buen puñado de periodistas. Podría hacer una lista, pero estoy hasta los huevos de hacer listas, sonar sentencioso y proponer juicios de valor. Eso es lo que llevo haciendo todas estas madrugadas en vela, así que paso. Ya he ido deslizando algunos nombres en este blog, y quien quiera puede repasarlo, o, si no, ejercer su propio punto de vista crítico e individual y leer los periódicos con perspectiva y escepticismo, que, hoy en día, parece la única forma válida de leerlos. David Llorens es uno de ellos. Sus reportajes pueden parecer triviales pero son amenos y agudos, aunque ocupen esa última página de los viernes en un periódico deportivo nacional, que normalmente se reserva a comentarios subjetivos, reportajes tendenciosos y relleno fotográfico, cuando no a publicidad. Llorens se dedica a repasar la historia del deporte centrándose en las carreras inverosímiles de deportistas extravagantes, peculiares o repudiados. Y hoy, bajo el título de "La Raqueta Metallica" le tocaba a un personaje que simboliza al máximo lo anterior: fue y era extravagante, peculiar y, puede que no repudiado, pero no creo que en el All England les hiciera gracia su larga barba blanca y sus comentarios filosóficos.
Ahora viene la digresión personal. Yo crecí en Barakaldo, ciudad del extrarradio de Bilbao, gris, industrial, cataclísmica y denostada por un acento materialista que forma parte de su raíz pero que ha sido explotado con cicatería. Cuando yo era un chaval, quedaban los resíduos de una época de punk y heroína que tuvo su lado negativo, pero también su lado positivo, que no sé muy bien cómo explicar porque a veces lo tiño de demasiada nostalgia. Nunca fui punk del todo, pero tampoco heavy, aunque ése era mi ambiente. Hacíamos cuernos, botellón, nos subíamos al tejado de la antigua papelera por las noches y mis amigos guardaban con aprecio las camisetas de Iron Maiden. Yo todavía tengo una de Metallica, la que me compré aquel día iniciático en el que me olvidé el arrantzale en el autobús heavyorgiástico que nos llevó hasta Anoeta para ver a los Metallica en directo. Así que todo eso, tararear a My Dying Bride, saltar con Led Zeppelin en el C-Mento, robarle las baquetas a Boikot, escuchar mil veces a los colegas ensayar una versión del "Fear of the Dark" o discutir sobre si era mejor guitarrista Arellano que Ritchie Blackmore forman parte de mi educación sentimental. Por eso, esta mañana, cuando a falta de un día para mi cumpleaños, he leído la historia del padre de Lars Ulrich, famoso batería de uno de los grupos heavies más famoso de la historia, he sentido que David Llorens me estaba haciendo un regalo por adelantado.
Si tenéis un minuto y os gusta mover la cabeza con las guitarras de Sepultura, o berrear con el diabólico sonido de Deicide, bajad al bar, pediros un caf'e (¡o una puta birra, tío!) y leed la historia de Torben Ulrich, el padre del mejor batería de todos los tiempos en el hard rock... ¡qué dices joputa! ¿El mejor? No me toques los huevos, ¿y John Bonham? ¿Y Dave Lombardo? ¿Y Scott Columbus? ¿Y Bill Ward? ¿Joey Jordison? ¿Vinnie Paul Abbott? ¿E Ingo? ¿Portnoy? ¿Nicko McBrain? Lo único que queda claro es que el mejor batería heavy jugando al tennis tiene que ser Ulrich, ¿que no?

2 comentarios:

Mitxel dijo...

Aupa HC, la verdad es que no tengo ni idea de quién será el mejor batería, guitarrista...etc, así que sólo puedo decir, ZORIONAK!!!!!!

Holden Caulfield dijo...

Mila esker Kanzelase!!!