viernes, 27 de julio de 2012

Ivan Edeshko



Prometí una segunda entrada que conmemorara el comienzo de las Olimpiadas de 2012. Dije que tenía elegido el deporte pero que aún no la había escrito. Ya lo he hecho. Para ello, nos tenemos que remontar 40 años atrás. Viajar hasta Munich. Y zambullirnos en uno de los momentos que la ESPN clasificó en el top ten de su reportaje sobre los 100 momentos más importantes en la historia de las Olimpiadas. En concreto, ocupa la sexta posición y aún es el origen de una larga polémica que el paso del tiempo no ha logrado resolver. A lo largo de mi crónica o de mi reconstrucción de los hechos, haré comentarios y afirmaciones que necesitarían ser citadas. No lo haré, por no alargar el texto y hacerlo dinámico, pero si alguien está interesado en indagar sobre la veracidad de todo lo que se escriba en esta entrada, hay mucha información en internet, publicaciones al respecto, y varios documentales, en especial, destacando los que hace ya tiempo produjeron la ESPN y HBO. Y recordad cuál fue el título que ESPN utilizó para encabezar el sexto puesto de este acontecimiento en su clasificación histórica: "la final de básquetbol que ganaron los dos equipos."

Empezemos por el final. Las medallas de oro, plata y bronce en baloncesto tras la disputa de las Olimpiadas de Munich 1972 quedaron repartidas de la siguiente manera: el oro para la Unión Soviética, la plata para los Estados Unidos y el bronce para Cuba. Sorprende ver al baloncesto cubano tan arriba en el medallero, pero ésa no es la única curiosidad histórica de esta edición, porque las medallas de plata que los jugadores y técnicos de la selección norteamericana deberían tener en sus casas, aún están guardadas en un banco suizo en Lausana a la espera de que algún día las recojan. Kenneth Davis, capitán de los Estados Unidos en aquellas Olimpiadas, ha declarado en una ocasión que ha dejado por escrito y ante notario su deseo de que ninguno de sus herederos tenga derecho a recoger esa medalla cuando él falte. ¿Por qué? 

Incluso sin tener que descubrir el misterioso proceder de Davis, ver a la Unión Soviética por encima de los Estados Unidos en la clasificación final del baloncesto en aquellas Olimpiadas de 1972 ya era toda una sorpresa. Desde que en 1936 el baloncesto se convirtió en deporte olímpico, los Estados Unidos se habían impuesto en todas las ediciones: siete olimpiadas, siete oros. Pero aún hay más. Llegaron a aquella final de 1972 con un récord inaudito: 63 victorias consecutivas y ninguna derrota hasta aquel partido. Los últimos cuatro oros consecutivos se los habían ganado, precisamente, a la Unión Soviética. Ante aquella demostración de poder, los enfrentamientos entre la Unión Soviética y los Estados Unidos alcanzaban una resonancia cada vez más beligerante, en parte, y como era fácil de adivinar, debido a las circunstancias políticas de una época en la que los dos modelos de país se presentaban como rivales antagónicos. 

Por cierto, desde que la Unión Soviética acabara con la hegemonia dorada de los americanos en baloncesto, proclamar el fin de la primacía yankee es una afirmación un tanto relativa. Desde 1972, solo Yugoslavia en 1980 y Argentina en 2004 han conseguido el oro en unas Olimpiadas, a excepción de la edición de Seul 1988, donde la Unión Soviética de los Marciulonis, Volkov, Tikhonenko, Kurtinaitis, Sabonis, Homicius o Belostenny consiguió repetir el éxito de sus compatriotas 16 años antes y ganó el oro ante la Yugoslavia de los Petrovic, Kukoc, Paspalj, Obradovic, Zdovc, Divac o Radja. Ese año, 1988, vería probablemente uno de los pódiums con más talento de la historia del baloncesto olímpico, porque, a todos esos, deberíamos unir a los americanos que se colgaron el bronce, con jugadores como Mitch Richmond, David Robinson, Dan Majerle, Stacey Augmon, Danny Manning o Hersey Hawkins. Son cuatro victorias en diez ediciones (de 1972 a 2008), lo que deja un balance de seis oros para los Estados Unidos, un dato lo suficientemente concluyente como para afirmar que siguen reinando en esta categoría de los deportes olímpicos.

Volviendo a Munich 1972, los rusos se presentaron a las Olimpiadas con una selección que jugaba como un equipo de baloncesto profesional. Dirigidos por Vladimir Kondrashkin, en el banquillo había jugadores georgianos, kazajos, lituanos, bielorrusos, rusos y ucranianos. Hasta un chino, porque Sergei Kovalenko había nacido en 1947 en Port Arthur, bajo régimen soviético en aquellos años, pero que ahora corresponde al districto de Lüshunkou y pertenece a la República China. El jugador más destacado de aquella selección era Serguei Belov, el primer jugador internacional en ingresar en el Hall of Fame de Indiana, un exterior que hizo toda su carrera deportiva en Rusia y que aún es considerado como uno de los jugadores más importantes de la historia del baloncesto europeo. Belov ganaría otras tres medallas olímpicas con la Unión Soviética, pero todas de bronce. Gennadi Volnov, otro miembro de aquella plantilla, también tiene cuatro medallas olímpicas: fue oro en 1972, plata en 1960 y 1964 y bronce en 1980. Junto a ellos, otros jugadores importantes de aquel equipo eran Ivan Edeshko, Modestas Paulauskas o Alexander Belov, quien moriría con solo 26 años debido a una extraña enfermedad. 

Por el lado americano, el equipo nacional había llegado a la cita ya envuelto en cierta polémica. No hubo consenso a la hora de elegir al seleccionador nacional. Henry Iba era un veterano entrenador con fama de duro y conservador. Según muchos de los periodistas y especialistas de la época, el baloncesto americano estaba evolucionando hacia otro tipo de juego más dinámico y ofensivo, y las estrategias de Iba no parecían convencer a todo el mundo. Bill Walton, el mejor jugador universitario del año, no viajó a Munich, y aunque otros indicaron que las razones fueron distintas, muchos apuntaron a que Walton no tenía ganas de estar a las órdenes de Iba. Ed Ratleff, el base titular de aquella selección, declaró que se hacía incómodo dar cinco o seis pases antes de tirar, cuando aquella plantilla estaba repleta de chavales que solo querían correr. En cualquier caso, con Walton o sin él, Iba y los americanos se presentaron con el equipo nacional más joven de la historia, una selección luchadora y no exenta de talento que estaba liderada por la velocidad del hoy entrenador de los Sixers, Doug Collins, el espigado pivot Tom McMillen y otros como el ya mencionado Ken Davis, James Forbes, Kevin Joyce, Jim Brewer o Michael Bantom. Entre todos ellos, consiguieron llegar a la final sin perder ni un solo partido y convencidos de que podían y debían ganar a unos soviéticos que también habían hecho un campeonato inmaculado. 

El partido fue disputado, duro y frenético, aún cuando solo un equipo alcanzó los cincuenta puntos, y para algunos, es un resultado ficticio. Aunque el resultado final fue de 50 a 49 para los soviéticos, muchos aún defienden que no hubo más resultado justo que el 49 a 48 que campeaban en el marcador a falta de tres segundos. 

Los soviéticos dominaron la mayor parte del partido. A falta de diez minutos, los hombres de Iba perdían por diez puntos. Gracias a Doug Collins y Kevin Joyce y una gran defensa presionante que propuso Hank Iba, los americanos lograron acercarse en el marcador. A falta de 40 segundos, Jim Forbes puso a un punto a los americanos. Los rusos agotaron su tiempo de posesión y Alexander Belov se jugó un tiro un tanto desesperado aunque cercano a la canasta que Tom McMillen taponó. El balón llegó a las manos de Doug Collins con diez segundos, y el exterior americano salió corriendo como un poseso. En su bandeja final, le entraron de manera agresiva y el balón no entró. Apenas quedaban un puñado de segundos en el reloj del partido y el ahora entrenador tenía en sus manos la victoria americana tras una remontada épica. Algunas crónicas aumentan la épica con referencias al fuerte golpe que había recibido Doug Collins y del que aún no había tenido tiempo de reponerse cuando agarró el balón y no dudó para apuntar y conseguir el primer tiro libre. Cuando lanzaba el segundo, sonó una bocina a la que no hizo caso nadie y que, en realidad, daba inicio a uno de los momentos más estrambóticos de la historia del baloncesto internacional. 

Faltaban tres segundos para que terminara el partido Alzhan Zharmukhamedov tenía el balón tras la línea de fondo y no sabía qué hacer con él. Consiguió dárselo a Serguei Belov. El ruso empezó a subir la cancha, cuando el colegiado Righetto detuvo el partido a falta de un segundo por el alboroto que se estaba formando en torno a la mesa de anotadores. Sergei Bashkin, el asistente de Kondrashkin, había salido del área técnica rusa de manera alocada para solicitar que habían pedido un tiempo muerto y nadie se lo había otorgado. Algunos americanos creían haber ganado ya, otros, aún andan discutiendo si aquel tiempo muerto realmente existió. Según la normativa FIBA de la época, no se podían pedir tiempos muertos después de un segundo tiro libre. Solo se podía pedir un tiempo muerto antes de los tiros libres o entre los dos tiros libres, aunque después se podía solicitar si querías que te lo concediesen entre ambos tiros o al final del segundo. El caso es que la mesa de anotadores no comunicó la solicitud a los árbitros. Los soviéticos mantienen que solicitaron el tiempo muerto y que pidieron que se les otorgara entre ambos tiros, y muchos apuntan a que la bocina que sonó con el segundo tiro libre de Doug Collins pertenecía a una mesa de anotadores que intentaba detener aquel segundo tiro, sin éxito. Tras deliberarlo, los árbitros, ayudados por la opinión del Secretario General de la FIBA, Renato Williams Jones, quien bajó del palco para implicarse en la polémica, decidieron resolver el asunto repitiendo la jugada desde el principio. No se consideró si finalmente el tiempo muerto se pidió o no, si se pidió de manera adecuada o no, si había que sancionar a Bashkin o no por salir del área técnica. No se consideró, por ejemplo, que, al final, el tiempo muerto no se produjo, pero ambos banquillos dieron instrucciones, e incluso Kondrashkin aprovechó para sacar a cancha a Ivan Edeshko, quien encabezá esta historia porque, al final, sería uno de los protagonistas principales. Nada de eso se consideró, y se decidió que los rusos volvieran a sacar de fondo y que se iniciara con el reloj en tres segundos de tiempo útil.  

Y sacar, se volvió a sacar, pero la confusión creció hasta límites insospechados. Ivan Edeshko estaba debajo de la canasta con el balón sobre la línea y los árbiros le dieron el balón sin percatarse de que los técnicos de anotación aún porfiaban por cambiar el marcador, donde se reflejaba que quedaba cincuenta segundos de partido y no tres. Tom McMillen, con sus 2'11, defendía el saque de fondo. La idea de Kondrashkin era buscar un pase largo de Edeshko sobre Alexander Belov, que permanecía de palomero en la canasta americana, una jugada que ya habían repetido con éxito en el CSKA de Moscú. Los árbitros, ajenos a los problemas técnicos, le dieron el balón a un Edeshko que tenía encima los 2'11 de McMillen y no veía la forma de ejecutar el pase. Desesperado, le dio el balón a Modestas Paulauskas, que esperaba cerca del banquillo ruso. Apenas pasó un segundo, cuando sonó otra vez la bocina. Los americanos, ajenos a todo lo que sucedía alrededor, concentrados en el juego, comenzaron a celebrabarlo. El público saltó a la cancha y las imágenes de televisión no ayudaban a clarificar lo que sucedía. La cobertura americana se vio tan sorprendida por la rapidez en la que los árbitros pusieron el balón en juego, que aún andaban enfocando al marcador con el tiempo erróneo, cuando el pase final de Paulauskas ya se perdía en el vacío. Los soviéticos protestaban, los americanos lo festejaban, y los árbitros se volvían locos. La mesa de anotaciones intentaba explicarles que la bocina había sonado con tan solo un segundo de juego disputado para detener el juego porque el reloj aún no estaba ajustado. La confusión reinó hasta que William Jones (quien, por cierto, moriría en esa misma ciudad nueve años más tarde), ordenó que se repitieran los tres segundos desde el saque de fondo una vez más. Los americanos no salían de su asombro. Algunos querían abandonar la cancha, pero el seleccionador Iba frenó el ímpetu de sus hombres y les obligó a volver a la cancha. Se tenían que volver a repetir los tres segundos más largos de la historia del baloncesto. 

Una vez más, Ivan Edeshko cogió el balón de fondo. En esta segunda ocasión, se multiplica la polémica. Por un lado, algunos periodistas americanos insistieron después en que Edeshko tenía su pie sobre la línea blanca. Las imágenes de las cadenas americanas no mostraban una imagen adecuada, pero las soviéticas ofrecían la posibilidad de aguzar el enfoque para demostrar que Edeshko no pisaba la línea. Pero aún hay más, porque, en esta ocasión, la presión en el saque de Tom McMillen no fue tan efectiva. Según el jugador americano, Artenik Arabadijan, el otro árbitro del encuentro, le hizo un gesto solicitándole que se apartara de la línea, y, aunque ninguna regla le instaba a ello, McMillen confiesa que obedeció temeroso de que le sancionaran con una técnica. Arabadijan ha negado que él hiciera gesto alguno para que McMillen retrasara su posición. El caso es que Edeshko se vio más libre para ejecutar un lanzamiento que, durante muchos años, los periodistas soviéticos llenarían de poesía para calificarlo como el pase dorado. Un pase bien calculado que llegó a las manos de Alexander Belov, bien situado en el poste bajo. Sin mucha estética, pero evitando la defensa de los americanos, Belov dejó el balón en la canasta y los soviéticos cambiaron el color de sus medallas en tres segundos que duraron mucho más que eso, duraron tanto que aún duran. 

Duraron, de hecho, hasta bien entrada la noche de aquel día, cuando una comisión de la FIBA se reunió para tomar una decisión sobre el partido, después de una reclamación americana que recogía muchas de las incongruencias de aquel partido (algunos rumores afirmaban que el árbitro principal, Righetto, se negó a firmar el acta, pero este extremo nunca ha sido confirmado). La comisión resolvió dar la victoria a los soviéticos por un resultado de final de 3 votos contra dos. Polonia, Hungría y Cuba votaron a favor de los soviéticos, revisa en tu enciclopedia doméstica el contexto político de aquellos años, y no hace falta que te explique por qué crecieron las suspicacias entre los americanos.

Para bien o para mal, las cosas han cambiado mucho en el baloncesto internacional cuarenta años más tarde. Los americanos dejaron de reclutar sus equipos en las canchas de las universidades y la selección rusa ya no es soviética. Cuba no ha vuelto a repetir ese éxito, y ahora, otras naciones pugnan por colgarse las medallas al cuello. Eso sí, los americanos aspiran a colgarse la de oro una vez más. Y sería la 14ª medalla de oro en 18 ediciones, como para replicarle a cualquier americano que afirme que ellos son los reyes de este deporte. Pero los tiempos cambian, ya nadie bota el balón como veréis que lo botan en el vídeo que colgaré ahora. Los tiempos cambian y cambiarán más, y, quién sabe, quizás en esta edición, el baloncesto nos deje algún momento épico que obligue a la ESPN a crear una nueva clasificación histórica. Esperemos que, al menos, no tenga nada que ver con tiempos muertos con vida propia.

2 comentarios:

achasa dijo...

Pues proponer una encuesta sobre las estrella de las Olimpiadas!!! Phelps, Bolt, Cavendish, Giggs, Kobe,... buff, qué difícil, no? No tengo ni idea!

Holden Caulfield dijo...

Pues es una posibilidad, luego igual lo hago.