miércoles, 23 de septiembre de 2009

Wallace Stegner


El 3 de Diciembre de 1960, Wallace Stegner escribió una carta dirigida a David E. Pesonen, por aquel entonces comisionado para el Outdoor Recreation Resources Review, algo así como una organización gubernamental que pretendía administrar y reorganizar los comités que, hasta entonces, estaban al cargo de la creación y mantenimiento de las reservas medioambientales protegidas. Aquella carte tiene aún un peso preponderante entre los investigadores de campos como la protección medioambiental o la literatura del espacio. Como Stegner explicó en una posterior introducción a la carta, veinte años más tarde y que publicó en la revista The Living Wilderness, cuando escribió aquella carta quería dsiscutir un concepto de naturaleza salvaje que no entendía a ésta como una reserva científica, como un banco de tierra, o un lugar de esparcimiento, sino como una recurso espiritual, un legado del pasado que jugaba un papel fundamental en la identidad de los ciudadanos. En aquella carta, Stegner describía a la naturaleza salvaje (entendida ésta como aquellos parajes, recursos naturales, escenarios, paisajes y horizontes que escapaban al manejo y la especulación del hombre, no a su disfrute) como fuente de "salud espiritual". Stegner decía que sin zonas vírgenes nunca podríamos volvernos a sentir únicos, individuales, verticales, piezas de un medio definido por árboles, rocas, tierras, hermanos de los animales, parte del medio natural y con derecho a pertenecer a él. "The Wilderness was working on us." La naturaleza era para Stegner una oportunidad de renovarse, de reforzar tu identidad, de sobrecogerse. Hace varios años que Stegner murió, renovado, reforzado y sobrecogido por el lugar al que siempre perteneció, universal y local como solo pueden serlo las ideas abstractas menos aprensibles.
El camino bajo que planea en dirección a la pozorra de Peñas Blancas, si quieres evitar subir por la columna vertebral del Arroletza, donde siempre parece que llueve, se convierte en una cornisa de vértigo desde la que el plano de la ciudad, abajo, parece un cadáver sobre la mesa de autopsia. El cemento crece hasta el mar. Últimamente, crece hasta el cielo. De frente, se ve el Argalario y a la izquierda, sobre el viejo pantano, las sombras de los montes de Triano. A sus pies, el valle estrecho de El Regato que parece recular, incapaz de armonizarse con la última concesión del progreso. El último día, nos llevamos con nosotros a A, doce años, gallego, no callaba, y jugaba a que todo era maravilloso. El Arroletza se le hizo cuesta arriba, como no podía ser de otra forma. Arriba, suspiró. Y yo le dije mira atrás. Y después dejamos que los demás se fueran, mientras pateabamos la tierra, susurrábamos en la niebla y nos vacilábamos sin parar. Yo sé que él eso no lo va a olvidar, y en parte, no lo olvidará porque fue allí. Solo allí. Al volver, yo me excusé: voy a correr un rato, y me tiré de cabeza, al trote, por el camino bajo que planeaba ya de vuelta de la pozorra de Peñas Blancas. Al llegar al tostadero, paré, y como me quedaba frío esperando, volví al paso sobre las zancadas que había dejado en la piedra suelta. A medio camino, decidí esperar a que A y los demás me alcanzaran. Estaba en la cornisa del vértigo. Veía el cadáver, veía el Argalario, veía el cielo y el mar y el valle allá abajo que estaban horadando para construir una nueva autopista. El puente cruza el pantano. Los túneles se unen como las heridas que se abren en una montaña barriguda que nunca se queja. Recordé lo que dijo P a J la primera vez que nos paramos a ver cómo trabajaban, desde este mismo sitio: "Mientras sea para que una ambulancia llegue a tiempo al hospital." Me callé. El sábado pasado, seguí callado mientras lo recordaba. Y cerré los ojos. Y oí que empezaba a llover. Y respiré. Y entonces llegó A y me abrazó mientras me bronqueaba por sudar tanto. "The Wilderness was working on me." Y me quedé callado.

2 comentarios:

Ricky dijo...

¡Bonita entrada! Me ha gustado mucho. La verdad es que cada vez estamos perdiendo un poco más nuestro vínculo con la naturaleza. Y creo que no sólo por la carrera de construcción, tecnología y progreso, sino también por algo tan simple como nuestro (yo me incluyo) desconocimiento del medio ambiente y la naturaleza de nuestro entorno. Incluso la más inmediata. Los propios montes de nuestro alrededor, nuestros ríos... Y claro, cuando algo no se conoce, es difícil disfrutarlo.

Por otro lado, no se quien será P, pero su reflexión me parece un buen contrapunto. Seguro que a ninguno nos gusta ver la nueva autopista por El Regato, pero también es cierto que la bendeciremos cuando esa ambulancia logre llegar a tiempo, sobre todo si vamos dentro de ella...

Lo dicho, muy buena entrada.

Un saludo.

Holden Caulfield dijo...

Zenkiu, Ricky. P (pero creo que en realidad lo dijo J, ya no me acuerdo bien) es uno de los tres, contándome a mí, que solemos subir los sábados hasta el Apuko. Otras veces, vamos más lejos o a otros sitios. Un día, hablamos con A, con J(ito), y con E, y en lugar de jugar un K, nos vamos al M, aunque luego nos zampemos un buen B y bebamos un trago de V. O mejor jugamos con tanta inicial, jugamos al Scattergories.